Hay muertes que duelen por la ausencia. Y hay otras que duelen todavía más por el silencio que las rodea.

En Japón existe una palabra que estremece: kodokushi, que significa “muerte solitaria”. Se utiliza para describir a personas que mueren solas en sus viviendas y cuyo fallecimiento no es descubierto sino hasta después de un tiempo.

Los datos recientes son escalofriantes. Durante 2025, la Policía Nacional de Japón registró a 76,941 personas que vivían solas y fueron encontradas muertas en sus viviendas. Algunas llevaban días; otras, semanas o meses. Y 208 personas fueron encontradas después de haber muerto hacía más de un año.

Más de un año.

Imagínese eso.

Una persona cerró los ojos por última vez y, durante más de 365 días nadie llamó a la puerta preguntando: “¿Cómo estás?”. Nadie preguntó por qué no contestaba el teléfono. Nadie sintió su ausencia. Nadie necesitó de ella.

Y quizás esa sea una de las cosas más tristes que pueden sucedernos: no morir solos, sino vivir de tal manera que nuestra ausencia no le haga falta a nadie.

Porque uno puede tener dinero, una casa bonita, un buen carro, viajes, teléfonos inteligentes, cientos de contactos en WhatsApp y hasta miles de amigos en Facebook… y, sin embargo, no tener a quién llamar cuando llega la noche.

La soledad no siempre es estar solo. A veces es estar rodeado de gente y sentir que a nadie le importa si uno está o no está.

Afortunadamente, todavía vivimos en una parte del mundo donde la familia, los vecinos, los amigos y las reuniones improvisadas conservan buena parte de ese calor humano que tanta falta hace. Aquí todavía alguien pregunta: “¿Y usted dónde anda?”. Todavía aparece un amigo sin avisar. Todavía se llama para saber cómo sigue aquel que estuvo enfermo. Todavía alguien nos invita a comer, a jugar cartas, a ver fútbol o simplemente a conversar.

Pero tampoco debemos confiar demasiado en que siempre será así.

No esperemos llegar a los 60 o 70 años para conseguir amigos. Consigamos amigos ahora para llegar acompañados a los 60 o 70.

Los amigos no aparecen por decreto cuando llega la jubilación. Se construyen con años de llamadas, encuentros, favores, discusiones, reconciliaciones, risas y hasta molestias.

Hay que conservarlos.

Visitarlos. Llamarlos. Recordarlos. Invitarlos.

Pedirles favores. Hacerles favores. Molestarlos de vez en cuando. Preguntarles cómo están y, sobre todo, escuchar la respuesta.

También necesitamos pertenecer a algo. A un grupo de ajedrez, de lectura, de fútbol, de viajes, de jardinería, de cocina, de filatelia, de fotografía, de videojuegos, de música o simplemente al grupo de amigos que se reúne a hablar de cualquier cosa.

Tenemos que vivir ocupados, pero no atareados.

Con afán, pero sin apuros.

Con prudencia, pero sin miedo.

Con ilusiones, pero sin fanatismos.

Con sueños, pero sin pesadillas.

Y también con pausas, descansos y sonrisas.

Porque al final de la vida quizá no importe tanto cuántas cosas acumulamos, sino cuántas personas nos recuerdan con cariño.

No sabemos cuándo será nuestra última conversación, nuestro último café, nuestro último viaje, nuestra última partida de ajedrez o nuestro último abrazo.

Por eso, quizá hoy sea un buen día para llamar a ese amigo que tenemos abandonado.

Preguntarle simplemente:

“¿Cómo estás?”

Y esperar la respuesta.

Que nadie tenga que descubrir nuestra muerte un año después.

¿Hace cuánto no llamamos a aquel viejo amigo con quien alguna vez compartimos tantas cosas?

¿Cuándo fue la última vez que hablamos con esa tía anciana? ¿Con aquella prima lejana que vive en otra ciudad? ¿Con ese familiar que está en el exterior y a quien antes llamábamos con frecuencia?

Y lo peor es que no necesitamos hacer grandes cosas para evitar que alguien se sienta olvidado.

A veces basta con cinco minutos. Una llamada. Un café. Un saludo. Una visita. Un mensaje que diga: “Me acordé de ti”.

Porque la soledad no siempre pide compañía durante todo el día. A veces solamente necesita una pequeña señal que diga: “Sé que existes. Me importas. Estoy aquí”.

¿Cuántas personas notarían que mañana ya no estamos?

El autor es ingeniero retirado.