Mucho tiempo antes del siglo XIX, en Japón ya se elaboraban figuras de madera que encajaban las unas dentro de las otras.

Para finales del siglo XIX, un mercader las llevó a Moscú y sirvieron de inspiración para la creación de las matrioskas, con alusiones al folclore ruso, que son la artesanía representativa de Rusia por excelencia.

Ambos pueblos les han aportado a las figuras su propio significado. Son un típico producto de un diálogo cultural. Tiene poco sentido debatir sobre quién tuvo la idea primero.

El café es originario de Abisinia, África, actual Etiopía. Para el siglo XVIII ya se conocía la bebida en Europa, y los europeos llevaron la planta al Caribe y a la Guyana. Germán Arciniegas cuenta que una misión secreta logró llevar la planta al Brasil.

Según Alfredo Castillero Calvo, en Panamá no se tomaba café de forma dominante en la primera mitad del siglo XIX. El chocolate era la bebida caliente. Ya para 1860 el café se había impuesto, y se consolidó desde finales del siglo XIX, cuando se empezó a sembrar en Chiriquí.

Es decir, si nos preguntamos cuál es la bebida caliente fundacional de Panamá, tendríamos que responder que depende. Para 1821 era el chocolate. Para 1903, el café. La cultura de un territorio cambia, evoluciona.

Más de 700 años dominaron los musulmanes los territorios de lo que hoy es España. Esa presencia duplica con creces la duración de la colonia española en América. Dentro de ese mundo multicultural, los judíos tuvieron una presencia importante.

Basta, para ilustrar esta mezcla, preguntarse qué “idea de España” tenían en el siglo XIX los creadores de la exquisita Sinagoga Española de Praga.

La muy “piadosa” Isabel la Católica expulsó de España a los españoles de religión judía en 1492, y Felipe III hizo lo propio con los españoles de origen morisco en 1609. Pero su cultura permaneció.

Lo musulmán y lo judío se mantuvieron mezclados con lo cristiano, sazonados fuertemente con lo gitano, probablemente llegado de Flandes, especialmente entre las poblaciones marginales de Andalucía, donde se fueron fusionando, a fuego lento, en un crisol de dolor, de guitarra, de lamentos, de palmadas y de poesía, hasta producir el arte flamenco de hoy, que los románticos franceses e ingleses del siglo XIX identificaron como sinónimo de España.

El flamenco es musulmán, cristiano, judío, muy gitano, y también es el baile de Preciosa, el personaje de Cervantes; es la rumba catalana de Estopa y El pañuelo, que canta Rosalía con Romeo Santos.

Ese mismo sabor se siente muy fuerte cuando Estrella Morente lo entona con letra de un tango de Gardel; medra en 19 días y 500 noches de Joaquín Sabina y pervive en el Caribe, en La Mora de Rubén Blades y en la voz de Diego el Cigala cantando salsa en La Habana.

¿Qué es el flamenco en estado puro? Alguna noción habrá, pero es difícil que algo que viene evolucionando desde hace tanto pueda ser congelado en el tiempo para satisfacer la paz mental de algunos puristas.

Encontrar esa “quintaesencia final” de un producto cultural tan ancestral es engañoso, tan engañoso e inútil como descalificar a todo fabricante de cerveza que no sea europeo o prohibir el chocolate suizo porque el cacao es de América.

El carácter híbrido y cambiante de la cultura es la regla, no la excepción. No hay culturas puras y separadas.

Lo mismo ocurre con las características étnicas y genéticas. La antropología ya hace tiempo tiene claro que no existe una “raza pura” en el sentido de genéticamente homogénea; en consecuencia, no existe una clasificación de etnias superiores e inferiores.

Las evidentes desigualdades en nivel de éxito económico o militar que han existido entre las poblaciones humanas de diversas regiones tienen explicaciones totalmente alejadas de la superioridad cultural o étnica.

Allí están, por ejemplo, las impresionantes investigaciones de Jared Diamond sobre el determinismo geográfico en la desigualdad, que habría dado una ventaja inicial a ciertas poblaciones para dominar la agricultura, domesticar animales y desarrollar resistencia a los gérmenes, lo que les permitió controlar antes tecnologías como el acero y la pólvora.

Las ideologías y las religiones son primas hermanas que muchas veces caminan a contracorriente del conocimiento. En ese contexto, tal como ha explicado Álvarez Junco, el liberalismo romántico del siglo XIX se inventó que las naciones son “realidades históricas” que han existido desde siempre y que el ideal supremo es que cada nación tenga su Estado.

Esa afirmación dudosa fue elevada hasta el paroxismo por los fanatismos religiosos y políticos del siglo XX, especialmente por el fascismo nacionalista italiano y alemán, que abrazaron, sin pudor científico, la hipótesis de que sus pueblos representan culturas y etnias superiores, destinadas a dominar a los demás. Todos sabemos en qué acabó esa estupidez.

Con tanta explicación científica y ejemplo histórico relativamente reciente, parece mentira que, en plena “sociedad de la información”, tengan tantos seguidores los neofascistas de ultraderecha, que reciclan las mismas tonterías: la supuesta superioridad de expresiones culturales basadas en el cristianismo; la “grandeza” de naciones supuestamente puras que no quieren contaminarse con “pueblos inferiores”, y el autoadjudicado derecho de “los elegidos” a masacrar y excluir a los diferentes.

Es una vergüenza. Y los que lo dejamos pasar también somos responsables. Callar no debería ser una opción.

El autor es abogado.