Seamos honestos: vivimos en un país geográficamente pequeño, donde la clase política no solo se conoce, sino que sus integrantes se conocen entre sí. Una cosa es lo que sucede frente a los medios de comunicación y las redes sociales, y otra muy distinta es lo que ocurre cuando nadie los está mirando. No es lo mismo conocer realmente a una persona que mantener contacto con ella; son cuestiones diferentes, pero en la práctica del ejercicio político panameño, tan propio, tan nuestro, ambas dinámicas se mezclan y se confunden.

En Panamá, la mayoría de los políticos, en mayor o menor medida, terminan conversando con sus adversarios. Y, en muchos casos, al ser un país tan pequeño, especialmente quienes conforman los famosos círculos cero o provienen de la política tradicional, aunque pertenezcan a partidos contrarios, comparten vínculos familiares, amistades, negocios, escuelas, espacios sociales y hasta trayectorias partidarias previas. En pocas palabras, vivimos en un país donde las apariencias importan y donde mantenerlas se ha convertido casi en una regla no escrita.

Aquí ya no hablamos de coincidir en fiestas, eventos, homenajes o reuniones. Hablamos de principios y valores.

Y cuando hablamos de principios y valores en política, no nos referimos a conceptos abstractos o frases bonitas para discursos; hablamos de la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, de la capacidad de sostener públicamente aquello que se defiende en privado y de la responsabilidad ética que implica representar a otros. Los principios y valores son, en esencia, la brújula moral que debería orientar la conducta política. Ronald Dworkin, en Law’s Empire, explicaba que la integridad es el principio que exige que las decisiones públicas encajen con los valores que se proclaman. No se trata de perfección, sino de consistencia. Cuando un político critica ciertas prácticas y luego las reproduce en silencio, rompe esa integridad y debilita su legitimidad.

Pero los principios y valores no se sostienen solo en el discurso: se sostienen en la transparencia. En Panamá, donde las élites políticas están entrelazadas, es común que los contactos con adversarios se manejen a través de amigos en común, operadores o emisarios que sirven de puente para evitar que las caras visibles aparezcan directamente vinculadas a ciertos encuentros. Es una práctica conocida: se protege la imagen pública mientras se mantiene el contacto privado. Algunos prefieren ese estilo indirecto, calculado, cuidadoso; otros exigen un estilo más frontal, más directo, más “al grano”, sin rodeos ni intermediarios. La diferencia entre uno y otro revela mucho sobre la coherencia de cada actor político.

Y aquí conviene decir algo más: el misterio se diluye cuando los protagonistas no solo anuncian por sí mismos el encuentro, sino que lo reconocen públicamente, sin esperar que otro lo haga o que la noticia salga por terceros. Cuando el político asume la conversación, la explica y la contextualiza, la sospecha pierde fuerza. Cuando demora en dar una respuesta, la sospecha crece. En política, la transparencia no elimina el costo de un encuentro, pero sí elimina el morbo que lo rodea.

Al final, todo se reduce a un asunto de coherencia política. Y, aunque cueste reconocerlo, también de principios y valores. Acercarse demasiado a aquello que uno antes criticó no solo levanta sospechas, infundadas o no, sino que alimenta el morbo, las falsedades y la desinformación. Además, la falta de reconocimiento público de esos contactos produce un rechazo evidente: lo que antes se criticaba hoy aparece, entre comillas, aceptado. Y hacerlo sin transparencia solo echa más leña al fuego.

No deben malinterpretarse mis palabras. Casi todos los políticos en Panamá, incluidos muchos que hoy levantan la bandera de la independencia, han pasado por los partidos tradicionales. Algunos fueron miembros; otros, activistas. Eso no los descalifica; al contrario, les permitió conocer a políticos de otros partidos, hacer amistades y mantener contactos internos. Lo que sí es un error es no reconocerlo.

En un país pequeño, estas redes no son casuales: son estructurales. Pierre Bourdieu, en La distinción y Sobre el Estado, explicaba que las élites se reproducen mediante capital social, vínculos familiares y habitus compartidos. En Panamá, donde las élites políticas, económicas y sociales están entrelazadas, la movilidad entre partidos es común y no necesariamente negativa. Lo que sí es negativo es fingir que esos vínculos no existen.

La coherencia política no consiste únicamente en mantener una línea discursiva o una bandera. También implica ser transparente con la trayectoria propia, con los vínculos que se tienen y con las decisiones que se toman. Porque, en un país tan pequeño como el nuestro, la falta de coherencia no solo se nota: se amplifica.

Y aquí conviene agregar algo más: la ciudadanía panameña, cansada de escándalos, filtraciones y contradicciones, observa estos movimientos con una mezcla de sospecha y resignación. Cuando un político oculta contactos, alianzas o conversaciones, no solo compromete su credibilidad personal, sino que alimenta la percepción de que “todo es lo mismo”. En un país donde la confianza pública está erosionada, la transparencia no es un gesto: es una obligación.

Conversar no es pactar. Dialogar no es traicionar. Pero darle misterio a las conversaciones sí genera dudas. El problema no es el puente, sino la sombra que se proyecta cuando se construye sin luz. Michael Walzer, en Esferas de justicia, recordaba que la vida pública exige justificar las decisiones: la política no es solo actuar, sino explicar por qué se actúa. La falta de explicación abre espacio para la sospecha. Finalmente, Maurice Duverger, en Los partidos políticos, mostró que, en sistemas donde las élites son reducidas, los vínculos internos entre actores políticos son inevitables. Lo que determina la calidad democrática no es la existencia de esos vínculos, sino la forma en que se gestionan y se comunican.

La coherencia no exige pureza; exige honestidad. En política, no es el contacto lo que destruye la credibilidad, sino la falta de transparencia sobre ese contacto. Y en un país como el nuestro, la verdad siempre termina saliendo. Por eso es mejor decirla desde el principio.

En este contexto, resulta indispensable avanzar hacia una cultura política más madura, donde los actores reconozcan públicamente sus contactos, expliquen el propósito de sus diálogos, eviten el uso sistemático de emisarios para ocultar relaciones, asuman personalmente las decisiones que toman, reconozcan sin complejos su propia trayectoria, adopten un estilo más directo y menos evasivo, eduquen a la ciudadanía en la diferencia entre diálogo y pacto y comprendan que la coherencia es un capital político que se construye con transparencia y se destruye con silencios. En un país donde casi todos se conocen, la transparencia no es solo una virtud: es una necesidad democrática.

El autor es abogado, investigador y doctor en Derecho.