Si en 2029 no se elige a una persona honrada, con una hoja de vida intachable —requisitos que, a mi juicio, difícilmente encontraremos entre quienes representan a los partidos políticos tradicionales—, seguirán subsistiendo en el país la falta de desarrollo humano equitativo; la pésima distribución de las enormes riquezas, que alimenta el resentimiento entre clases; la inequidad, que se traduce en diferencias sociales injustas y aplica distintos raseros según el poder político o económico; la desigualdad de oportunidades, y las brechas educativas entre los sistemas público y privado.

Necesitamos elegir a un candidato que se atreva a cambiar el statu quo imperante. Por ejemplo, que promueva un cambio constitucional que otorgue al pueblo la facultad de revocar el mandato de quien no cumpla con las directrices de la mayoría; y que modifique la forma de elegir a los magistrados de la República, los procuradores, el contralor y el director de la Caja de Seguro Social, de manera que su escogencia no dependa de los políticos.

Una transformación constitucional en la que se practique una democracia más directa, aprovechando las posibilidades que ofrecen los medios tecnológicos, y que permita superar las deficiencias de la democracia representativa, un sistema que, a mi juicio, ha demostrado ser vulnerable a la corrupción.

Eso en términos generales. Pero, de manera más específica, votaría por un candidato que se oponga al embalse de río Indio y considere que su costo social es mucho mayor que el costo económico de la opción de Bayano. Un candidato que restituya en sus puestos a los educadores que hayan sido destituidos ilegalmente. Un candidato que crea en un Estado de derecho en el que se respete la libertad sindical, reconociendo que en todos los ámbitos es necesario un contrapeso que evite el predominio de una sola parte.

Un candidato que, de una vez por todas, elimine las escuelas rancho, principalmente en las áreas más pobres de Panamá.

Una persona que tenga la capacidad y la inteligencia para garantizar a todos los ciudadanos agua potable las 24 horas del día, reconociendo que el acceso al agua es un derecho humano fundamental.

Alguien que incentive a nuestros hijos a quedarse en el país, para que no tengan que emigrar por falta de oportunidades y podamos evitar así la fuga de cerebros.

Y, en especial para mí, un ser humano que proteja la creación de Dios y que se dedique verdaderamente a conservar nuestra enorme biodiversidad, que nos proporciona oxígeno, agua y mejores condiciones ambientales. Recursos cuyo valor para el país debe ponderarse frente a la devastación de nuestros bosques y a los impactos sociales, ambientales y de salud que determinadas actividades económicas pueden dejar en las comunidades cercanas a sus instalaciones, incluso después de su abandono.

El autor es abogado.