En los últimos años, los llamados péptidos han ganado popularidad en redes sociales, gimnasios y clínicas, al ser promocionados para aumentar la masa muscular, acelerar la pérdida de grasa, mejorar la recuperación, retrasar el envejecimiento o incrementar el rendimiento físico. El problema no es que los péptidos sean necesariamente malos. De hecho, existen medicamentos basados en péptidos que han transformado la medicina moderna. El problema surge cuando una molécula experimental se presenta como si fuera un tratamiento probado.
Desarrollar un medicamento es un proceso largo precisamente porque, antes de administrarlo ampliamente a las personas, necesitamos saber qué hace, qué dosis es segura, cómo se distribuye y se elimina del organismo, con qué otros medicamentos puede interactuar y cuáles pueden ser sus efectos adversos.
Normalmente, una molécula comienza con estudios de laboratorio y modelos preclínicos. Si los resultados justifican avanzar, se estudia progresivamente en seres humanos mediante ensayos clínicos: inicialmente se evalúan la seguridad y la dosificación; posteriormente, las señales de eficacia; y, finalmente, se realizan estudios más amplios que permiten determinar si sus beneficios superan sus riesgos. Solo después de revisar esta evidencia, las autoridades reguladoras pueden autorizar un medicamento para indicaciones específicas. Incluso entonces, la vigilancia de seguridad continúa.
Por eso debemos prestar especial atención a sustancias comercializadas con etiquetas como research use only o “solo para investigación”. Esta denominación significa precisamente que el producto no ha sido autorizado para uso terapéutico en personas. Utilizarlo fuera de un protocolo de investigación elimina muchas de las garantías que protegen a quienes participan en estudios clínicos: supervisión ética, criterios de inclusión, consentimiento informado, control de dosis, seguimiento de eventos adversos y trazabilidad del producto.
Además, cuando estos compuestos se adquieren por canales no regulados, pueden surgir problemas adicionales de pureza, concentración, contaminación, almacenamiento o incluso de identidad del producto.
La innovación médica es indispensable, y muchos tratamientos que hoy salvan vidas comenzaron como moléculas experimentales. Pero existe una diferencia fundamental entre investigar una intervención prometedora y utilizarla prematuramente como tratamiento.
En salud, que algo sea novedoso, popular o biológicamente plausible no significa que sea seguro ni efectivo. La verdadera innovación no consiste en saltarse la evidencia, sino en producirla.
El autor es investigador, epidemiólogo matemático, miembro del Comité Nacional de Bioética de la Investigación (CNBI) e integrante de Ciencia en Panamá.

