El 14 de agosto, la agencia británica de noticias Reuters reveló el borrador de una carta del Departamento de Estado dirigida a los 35 países que en junio firmaron la Declaración de Oportunidad en IA. El mensaje es que no pueden sumarse también al marco chino y seguir siendo socios de confianza. La frase central no es diplomática: ser parte de todo es no ser parte de nada. Firmar Pax Silica —la alianza de cadenas de suministro tecnológicas que Washington lanzó en diciembre de 2025—, agrega el texto, no es una suscripción, sino un compromiso. El Departamento de Estado no comentó sobre los documentos filtrados.

Eso es una declaración en sentido estricto. Las guerras frías no empiezan con un disparo, sino con un acto de nombramiento. En Fulton, en marzo de 1946, Winston Churchill —entonces fuera del gobierno británico— no anunció política alguna. Describió una división que ya existía y, al describirla, la volvió oficial. La carta tiene la misma estructura: no crea capacidades nuevas; convierte una ambigüedad tolerada en una falta.

Los dos bloques ya estaban construidos. Pax Silica nació con siete firmantes y llegó a 25 en agosto, cubriendo desde minerales críticos hasta infraestructura de cómputo. El 16 de julio, en Shanghái, 29 países firmaron el acuerdo fundacional de la Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial, con Wang Yi —canciller chino— firmando por Pekín y António Guterres —secretario general de la ONU— presente. Entre los fundadores están Rusia, Brasil, Indonesia, Pakistán y Venezuela.

Faltaba la incompatibilidad. Hasta agosto, un país podía pertenecer a ambos, y uno lo hizo. Kazajistán entró a Pax Silica en junio, celebrado por Washington como la primera adhesión centroasiática, y en julio firmó el acuerdo de Shanghái. Ese caso precipita la carta.

El momento se explica por la asimetría. Estados Unidos controla lo escaso. Nvidia perdió el mercado chino, donde Huawei pasó de casi nada en 2023 a más de la mitad, pero el Council on Foreign Relations sostiene que sus chips Ascend siguen varias generaciones atrás. China controla la difusión. Según el informe publicado el 14 de agosto por Hugging Face —la principal plataforma global de distribución de modelos abiertos—, la familia Qwen de Alibaba superó los 3,000 millones de descargas en seis meses, frente a 418 millones de Google y 227 millones de Meta en todo 2026. Xi Jinping dedicó su discurso en Shanghái a llamar a aprovechar la oportunidad histórica del código abierto.

De ahí la lógica de la declaración. Washington no puede impedir que un modelo chino se ejecute en El Cairo, porque los pesos abiertos —los parámetros del modelo, que cualquiera puede descargar y modificar— no pasan por aduana. Lo único que puede racionar es el acceso al silicio, al financiamiento y a los modelos de frontera. La exclusividad se impone donde hay palanca, y se impone por escrito porque no surge sola.

El terreno ya está en disputa. Bloomberg informó esta semana que Huawei ofreció al Gobierno egipcio construir centros de datos para uso militar y de vigilancia con más de 1,400 chips Ascend 950, mientras Washington prepara una contraoferta. Egipto es el tipo de país al que la carta pretende obligar a decidir.

El riesgo es que la declaración obliga a ejecutarla. Kazajistán posee las reservas minerales que Pax Silica necesita para reducir su dependencia de China. Expulsarlo destruiría el objetivo que la iniciativa existe para cumplir. Un ultimátum que no se puede cobrar deja de ser amenaza y se vuelve una invitación a ponerlo a prueba.

Esa es la novedad de agosto de 2026. Durante dos años, la competencia en inteligencia artificial se describió como una carrera, categoría económica donde dos corren y ninguno prohíbe. Ya no. Hay un documento que exige lealtad exclusiva bajo advertencia de exclusión. La guerra fría de la IA no está por empezar. Fue declarada, y falta saber cuánto costará la neutralidad.

El autor es analista de datos.