Panamá parece entrar en una nueva vorágine política. Ante el descrédito acumulado por los partidos tradicionales, surgen movimientos que aspiran a convertirse en nuevos partidos y que buscan en el Tribunal Electoral las adhesiones necesarias para su reconocimiento.
La renovación es saludable. La democracia necesita nuevas ideas, nuevos liderazgos y nuevas generaciones dispuestas a servir.
Pero hay una pregunta que deberíamos formular antes de celebrar la aparición de cada nueva bandera, cada nuevo color y cada nueva sigla:
¿Partidos nuevos para hacer qué?
Porque cambiar los nombres sin cambiar las prácticas puede conducirnos simplemente a reproducir, bajo nuevas siglas, aquello mismo que decimos querer sustituir.
El peligro es que volvamos a crear organizaciones alrededor de una figura política y no alrededor de un cuerpo de ideas; que nazcan sin una concepción definida del Estado, sin un código de ética exigible a sus miembros y candidatos, sin una visión de largo plazo y, sobre todo, sin explicar qué Panamá pretenden construir si algún día los ciudadanos les entregan el poder.
La hipernormalización
Existe un concepto que ayuda a comprender este fenómeno.
El antropólogo Alexei Yurchak introdujo el término “hipernormalización” al estudiar los últimos años de la Unión Soviética. En su libro Everything Was Forever, Until It Was No More: The Last Soviet Generation, publicado en 2005, analizó la paradoja de una sociedad en la cual un sistema podía parecer permanente y, al mismo tiempo, mostrar signos evidentes de agotamiento.
Las personas continuaban participando de sus ritos y utilizando su lenguaje mientras la distancia entre la realidad cotidiana y el discurso oficial se hacía cada vez mayor. Cuando finalmente llegó el derrumbe, resultó simultáneamente inesperado y comprensible.
Años después, el documentalista británico Adam Curtis tomó aquel concepto y lo convirtió en el eje de su extraordinario documental HyperNormalisation, difundido por la BBC en 2016.
Curtis llevó la reflexión más allá de la experiencia soviética. Planteó cómo, ante una realidad demasiado compleja, los sistemas políticos pueden terminar construyendo narrativas simplificadas que ofrecen la apariencia de control. Gobernantes y ciudadanos participan entonces de una representación que cada vez tiene menos relación con los problemas verdaderos.
La hipernormalización aparece cuando una sociedad sabe que algo no funciona y, sin embargo, continúa comportándose como si funcionara porque ha perdido la capacidad —o la voluntad— de imaginar una alternativa.
¿No existe algo de esto en nuestra política?
Todos sabemos lo que ocurre
Los panameños llevamos años denunciando clientelismo, nepotismo, corrupción, utilización del empleo público como recompensa política, candidatos escogidos por conveniencia electoral y organizaciones que parecen activarse fundamentalmente cuando se aproximan las elecciones.
Lo sabemos los ciudadanos.
Lo saben los empresarios.
Lo saben los trabajadores.
Lo saben los propios políticos.
Y, sin embargo, cuando termina una elección comenzamos a prepararnos para repetir aproximadamente el mismo procedimiento cinco años después.
Cambian candidatos. Cambian alianzas. Cambian lemas. Cambian colores.
Pero permanece una pregunta sin respuesta:
¿Cuál es el proyecto de país?
La democracia no consiste solamente en escoger quién gobernará. Consiste también en escoger hacia dónde queremos ir.
Y allí encuentro uno de los mayores vacíos de nuestra política.
No necesitamos una sopa de letras
El fenómeno no es exclusivamente panameño.
Perú constituye una advertencia extraordinaria para América Latina. Para sus elecciones generales de 2026 llegó a contar con 43 partidos políticos inscritos.
La multiplicación de organizaciones políticas no garantiza automáticamente una mejor democracia. Puede producir exactamente lo contrario: fragmentación, personalismo, dificultad para construir consensos y organizaciones creadas alrededor de candidatos antes que alrededor de proyectos nacionales.
Panamá debe observar esa experiencia.
Porque podríamos terminar reemplazando unos pocos partidos desacreditados por una verdadera sopa de letras electoral, sin haber resuelto el problema fundamental.
El problema no es cuántos partidos tenemos.
El problema es para qué existen.
Panamá necesita volver a imaginarse
Aquí está, a mi juicio, la discusión que deberían plantearnos las nuevas organizaciones.
Panamá posee una de las posiciones geográficas más privilegiadas del planeta.
Tenemos acceso a dos océanos. Tenemos un Canal que transformó el comercio mundial. Tenemos puertos, conectividad marítima y aérea, servicios logísticos y financieros y una ubicación excepcional entre América del Norte y América del Sur.
Tenemos miles de kilómetros de costas.
Tenemos un potencial turístico extraordinario.
Tenemos tierras capaces de producir alimentos para la exportación.
Tenemos la posibilidad de atraer industrias que encuentren en Panamá una ventaja fundamental: producir cerca de una de las plataformas de conectividad más importantes del mundo y disminuir sus costos logísticos para alcanzar los mercados internacionales.
Entonces, ¿por qué estas ventajas no ocupan el centro del pensamiento político nacional?
¿Por qué cuando aparecen nuevos movimientos escuchamos abundantemente quién los dirige, quién se incorpora, quién será candidato y con quién podrían aliarse, pero escuchamos mucho menos acerca del Panamá que pretenden construir?
Un partido que aspire a gobernar debería comenzar por responder una pregunta elemental:
¿Qué vamos a hacer con la extraordinaria geografía que heredamos?
El mar también es Panamá
Resulta particularmente sorprendente que, en un país cuya historia, economía y destino están inseparablemente ligados al mar, este aparezca tan poco en el debate político.
Panamá no puede continuar pensando su desarrollo exclusivamente desde la tierra.
Necesitamos una visión marítima y logística que integre el Canal, los puertos, las carreteras, los ferrocarriles, los aeropuertos, el cabotaje, la navegación de corta distancia, los centros logísticos, el turismo y la producción agrícola e industrial.
Pero existe una pregunta todavía más importante:
¿Cómo hacemos que nuestra posición geográfica beneficie a todo el territorio nacional?
Durante demasiado tiempo hemos contemplado la posición geográfica fundamentalmente desde la franja interoceánica.
El desafío del siglo XXI consiste en extender sus beneficios hacia las provincias y las comarcas.
Allí las infraestructuras de conectividad dejan de ser simples obras públicas para convertirse en instrumentos de transformación económica y social.
El tren y la integración del país
Un ferrocarril que avance de frontera a frontera debe analizarse dentro de esa visión.
No se trata solamente de preguntar cuántos pasajeros viajarán durante su primer año o cuántas toneladas transportará durante sus primeros meses.
La verdadera pregunta es:
¿Qué Panamá puede existir dentro de veinte o treinta años gracias a la conectividad que hoy decidamos construir?
Un ferrocarril puede acercar las provincias a los puertos, facilitar la movilización de la producción agrícola, generar centros logísticos, estimular nuevos polos de desarrollo alrededor de sus estaciones, atraer inversión y ampliar los mercados a los cuales pueden acceder nuestros productores.
Puede convertirse en una columna vertebral de integración territorial.
Y si algún día nuestra infraestructura logra conectarse eficientemente con Centroamérica y, posteriormente, con el resto del continente, la posición geográfica panameña adquirirá una dimensión que sobrepasará ampliamente la actual franja canalera.
Esto es pensar un país.
No significa que todos tengan que estar de acuerdo con cada proyecto.
Significa que quien aspire a gobernar tiene la obligación de presentar su alternativa.
De administrar problemas a construir futuro
Durante demasiado tiempo nuestra política se ha concentrado en administrar el presente.
Discutimos presupuestos.
Discutimos subsidios.
Discutimos nombramientos.
Discutimos instituciones.
Discutimos quién ocupará qué posición.
Todo eso puede ser necesario.
Pero gobernar no puede reducirse a administrar lo existente.
Gobernar también significa imaginar aquello que todavía no existe y crear las condiciones para hacerlo posible.
Los grandes países no fueron construidos exclusivamente resolviendo los problemas del día siguiente.
Fueron construidos porque, en algún momento, alguien tuvo una visión del país que podía existir dentro de veinte, treinta o cincuenta años.
Panamá necesita recuperar esa capacidad.
Antes de pedir mi firma
Por eso propongo algo muy sencillo.
Todo movimiento que solicite a un ciudadano su firma para convertirse en partido político debería acompañar esa petición con un documento público que responda, como mínimo, diez preguntas.
Primero: ¿Cuál es su visión de Panamá para los próximos veinte años?
Segundo: ¿Cuáles son los principios que orientarán sus decisiones cuando tenga que escoger entre alternativas difíciles?
Tercero: ¿Cuál es su código de ética y qué ocurrirá con el miembro, candidato o funcionario que lo viole?
Cuarto: ¿Cómo seleccionará a sus candidatos y cómo garantizará que el mérito prevalezca sobre el parentesco, el dinero y el padrinazgo?
Quinto: ¿Cuáles serán sus cinco grandes prioridades nacionales?
Sexto: ¿Qué proyectos concretos realizará para alcanzar esas prioridades?
Séptimo: ¿Cuánto costarán y de dónde saldrá el dinero?
Octavo: ¿Cuál será el cronograma de ejecución durante los cinco años de gobierno?
Noveno: ¿Quién será responsable de cada resultado?
Décimo: ¿Cuáles serán los indicadores públicos que permitirán a cualquier ciudadano comprobar si cumplió o no cumplió?
Eso es comenzar a construir un programa.
Una lista interminable de aspiraciones no lo es.
Decir que queremos mejor educación, mejor salud, más empleo, mayor seguridad, menos pobreza y menos corrupción tampoco constituye un programa. Todos queremos eso.
La diferencia entre una aspiración y una estrategia consiste en explicar qué se hará, cómo se hará, quién lo hará, cuánto costará, cómo se financiará y cuándo deberá estar terminado.
La ética antes del poder
Y agregaría una condición anterior a todas las demás.
El código de ética no puede redactarse después de ganar las elecciones.
Debe existir antes de pedir el primer voto.
Quien pretenda administrar los recursos de todos los panameños debe explicar previamente cuáles son los límites que se impondrá a sí mismo.
¿Cómo enfrentará el nepotismo?
¿Cómo evitará las “botellas”?
¿Cómo impedirá que los puestos públicos se conviertan nuevamente en moneda para pagar favores políticos?
¿Cómo financiará sus campañas?
¿Cómo hará transparentes las relaciones entre donantes, candidatos y futuros funcionarios?
¿Cómo garantizará que el Estado contrate talento y no simplemente adherentes?
Una organización que no pueda responder esas preguntas cuando está buscando el poder difícilmente las responderá cuando ya lo tenga.
El ciudadano también tiene una responsabilidad
Pero sería demasiado cómodo atribuir toda la responsabilidad a los políticos.
La democracia también exige ciudadanos exigentes.
Cada firma entregada para constituir un partido representa un pequeño acto de confianza.
Y antes de entregar esa confianza tenemos derecho a preguntar:
¿Para qué quieren ustedes llegar al poder?
No basta decir que los anteriores fracasaron.
No basta denunciar la corrupción.
No basta proclamarse independiente, nuevo, diferente o ciudadano.
Hay que decir qué se hará después.
Los cantos de sirena funcionan cuando dejamos de hacer preguntas.
Quizás haya llegado el momento de que cada panameño que encuentre frente a sí una hoja de inscripción pregunte primero:
Muéstreme el proyecto de país y después hablamos de mi firma.
Lo nuevo debe ser verdaderamente nuevo
Percibo una sociedad profundamente decepcionada con su clase política.
Pero también percibo algo que puede ser mucho más importante: una sociedad que no quiere continuar aceptando más de lo mismo.
Eso puede convertirse en frustración.
O puede convertirse en una extraordinaria oportunidad de renovación democrática.
Que nazcan partidos.
Que aparezcan nuevos dirigentes.
Que los jóvenes entren en política.
Que surjan movimientos ciudadanos.
Que compitan ideas diferentes.
Bienvenidos todos.
Pero elevemos la vara.
Panamá no necesita simplemente partidos nuevos.
Necesita una nueva manera de entender la política.
Necesitamos organizaciones construidas alrededor de ideas y no de personas; instituciones y no caudillos; ética y no clientelismo; estrategias y no improvisaciones; cronogramas y no promesas; indicadores y no discursos.
Y, sobre todo, necesitamos recuperar algo quizá todavía más importante:
la capacidad de imaginar el país que podemos llegar a ser.
Porque cambiar las siglas sin cambiar la política sería acaso la expresión más perfecta de nuestra propia hipernormalización:
saber que el sistema no funciona y, aun así, reproducirlo bajo nombres nuevos.
Panamá posee el territorio, los mares, la conectividad, la capacidad humana y una posición geográfica que muchas naciones desearían tener.
Lo que necesitamos ahora es decidir qué vamos a hacer con todo ello.
Por eso, ante cada nueva bandera política que aparezca en el horizonte, la pregunta ciudadana debería ser siempre la misma:
¿Partidos nuevos para hacer qué?
El autor es exdirector de La Prensa.


