Panamá está acostumbrado a verse como un país de tránsito. Por aquí pasan mercancías, barcos, personas y capitales. Durante décadas, esa condición geográfica ha definido buena parte de nuestra identidad y de nuestro papel en el mundo. Sin embargo, existe otra posibilidad que merece mayor atención: que Panamá pueda consolidarse como un punto estratégico para movilizar ayuda hacia quienes atraviesan una emergencia en nuestra región.
Cuando hablamos de asistencia humanitaria, solemos pensar en terremotos, huracanes, inundaciones, conflictos armados o cualquier otra emergencia que obligue a movilizar ayuda con rapidez. Pero las crisis humanitarias no siempre aparecen de un momento a otro. Con frecuencia son el resultado de problemas sociales, económicos y políticos que se acumulan durante años y terminan colocando a determinadas poblaciones en condiciones de vulnerabilidad.
La pobreza, la desigualdad, el crimen organizado, los desplazamientos, las tensiones geopolíticas, la debilidad institucional y la falta de acceso a servicios básicos pueden profundizar esas situaciones. Por eso, la asistencia humanitaria no debería entenderse únicamente como una reacción frente al desastre. También requiere preparación, prevención, coordinación y capacidad para movilizar recursos cuando las circunstancias lo exigen.
Nuestra ubicación geográfica ha sido una ventaja estratégica. El Canal de Panamá convirtió al país en uno de los principales puntos de conexión del comercio mundial y favoreció el desarrollo de una infraestructura logística que incluye puertos, aeropuertos, carreteras y servicios especializados. Esa capacidad, construida principalmente en torno al comercio, puede desempeñar ahora un papel importante en otro ámbito: la respuesta humanitaria regional.
El Centro Logístico Regional de Asistencia Humanitaria, conocido como Hub Humanitario, representa una de las principales expresiones de esa capacidad. Desde Panamá se pueden recibir, almacenar y movilizar suministros destinados a poblaciones afectadas por emergencias, dentro y fuera del país. La presencia de organismos especializados también contribuye a consolidar la posición panameña como punto estratégico para la respuesta regional.
Aquí surge una pregunta que merece ser discutida: ¿está Panamá llamado a desempeñar un papel internacional más activo?
A mi juicio, sí. Pero reconocer esa posibilidad no significa asumir que el trabajo está terminado.
El verdadero valor de un centro humanitario no se mide únicamente por sus instalaciones o por la cantidad de ayuda que puede movilizar. También depende de la capacidad institucional, la preparación de los equipos, la disponibilidad de recursos y, sobre todo, de la coordinación entre gobiernos, organismos internacionales y organizaciones humanitarias.
Además, no podemos observar las crisis regionales desde una posición completamente externa. Somos parte de ellas.
La situación migratoria en el Darién es probablemente el ejemplo más evidente. Los movimientos de personas que atraviesan la frontera entre Colombia y Panamá reflejan problemas que tienen causas mucho más profundas y que involucran a varios países. Detrás de cada flujo migratorio existen condiciones económicas, políticas y sociales que no pueden resolverse únicamente mediante controles fronterizos o mecanismos de asistencia temporal.
Algo similar ocurre con otras crisis. El crimen organizado puede contribuir al desplazamiento de comunidades; los conflictos internacionales pueden afectar las cadenas de suministro; la inestabilidad política puede generar nuevos movimientos migratorios, y los fenómenos climáticos pueden transformar rápidamente una situación de vulnerabilidad en una emergencia.
Por eso, Panamá tiene la posibilidad de aportar algo más que infraestructura. Puede contribuir mediante la cooperación regional, el intercambio de capacidades, la preparación ante emergencias y la coordinación de esfuerzos. Su papel puede pasar de ser simplemente el de un territorio por el que transita la ayuda a convertirse en el de un actor que facilita y fortalece la respuesta regional.
El fortalecimiento del papel humanitario de Panamá también debería llevarnos a mirar hacia nuestro propio territorio. No podemos aspirar a ser una plataforma regional de asistencia mientras ignoramos nuestras propias vulnerabilidades. También enfrentamos desigualdad, pobreza, comunidades con necesidades insatisfechas y desafíos institucionales que requieren atención.
Esto no constituye una contradicción. Puede ser, precisamente, una oportunidad.
Un país que conoce sus propias vulnerabilidades está en mejores condiciones para comprender la dimensión humana de una emergencia. Fortalecer nuestras capacidades internas no debería verse como algo separado de nuestro papel regional, sino como parte de él.
Tenemos una ventaja que pocos países de la región pueden combinar de la misma manera: posición geográfica, conectividad e infraestructura logística. El desafío consiste en utilizar esas condiciones no solamente para facilitar el comercio, sino también para responder a las crisis que afectan a nuestros vecinos.
Durante décadas, Panamá ha entendido su posición geográfica como una ventaja para conectar mercados. Ahora corresponde preguntarnos qué más podemos hacer con esa misma posición cuando lo que está en juego no son mercancías, sino vidas humanas.
La infraestructura nos da la capacidad. La ubicación nos ofrece la oportunidad. Pero será nuestra voluntad de cooperar y responder ante las crisis de la región la que determine el verdadero alcance de ese nuevo papel.
El autor es internacionalista.


