Tuve la suerte de recibir una buena educación, primero en una escuela militar y luego en una universidad en los Estados Unidos. Pero si me preguntan qué fue lo que realmente me formó, la respuesta honesta no son las ecuaciones diferenciales ni los análisis termodinámicos que estudié como ingeniero mecánico. Fue el hábito de enfrentar cosas difíciles y no rendirse. La misma mentalidad con que uno se prepara para un examen buscando sacar una A —esa disciplina de no conformarse con lo mínimo— es la que luego te sirve para enfrentar la vida real. Eso te prepara más que cualquier materia.

Llevo 45 años en el negocio inmobiliario y turístico de Panamá. Lo que aprendí en ese tiempo es que la diferencia entre quien prospera y quien no está en el título que cuelga en la pared. Está en la capacidad de ver una oportunidad y tener la motivación y la disciplina para ir tras ella.

Una buena educación te da la cabeza más ordenada, te enseña a razonar mejor y te prepara para superar los fracasos que la vida a veces te presenta y aprender de ellos para no repetirlos. Todo eso tiene valor. Pero no lo es todo. Son los deseos de superación y la existencia de oportunidades reales para actuar sobre esos deseos los que terminan marcando la diferencia entre quien avanza y quien se queda.

Miren el caso de Steve Jobs y Bill Gates. Ninguno terminó la universidad. No eran los mejores técnicos de su industria. Pero tuvieron algo que no se enseña en ningún salón: visión y vocación. Vieron lo que el mundo iba a necesitar antes de que el mundo mismo lo supiera y trabajaron sin parar para llegar ahí primero. Los resultados los conoce todo el mundo.

Hoy en día, ni siquiera hace falta ir a una universidad para prepararse. Los mejores profesores del mundo están disponibles gratis en una pantalla, a través de plataformas e inteligencia artificial. No hay excusa para quien quiera aprender algo.

Las oportunidades, además, pueden venir de donde uno menos espera. Tengo un amigo que asesora a emprendedores. Uno de sus casos es el de alguien que aprendió a hacer un buen popcorn, lo embolsó bien y empezó a venderlo. Hoy les surte a las tiendas de los “chinitos” en todo el país y es un empresario exitoso. Y uno se pregunta: ¿quién les hace los platanitos, las yuquitas y las mafas a esos mismos “chinitos”?

Miremos alrededor. Panamá tiene turismo, construcción, comercio, Canal, puertos, hoteles, restaurantes, tecnología, agricultura, servicios, etc. Solo el turismo derramó el año pasado más de 6,500 millones de dólares en la economía panameña, sin contar el transporte internacional. Esa es una industria enorme que necesita gente en todos los niveles. ¿Hay suficientes agricultores sembrando las cebollas que ese turista va a comer? ¿O estamos en momentos en que necesitamos importar cebollas? ¿Hay más personas dispuestas a aprender inglés para atenderlo mejor? ¿Las oportunidades están ahí o no? Son reflexiones para jóvenes en busca de trabajo.

Y, hablando de turismo, hay un detalle que muy poca gente ha convertido en negocio: la principal atracción turística de Panamá hoy en día es visitar la comunidad emberá en Bayano. El turista sofisticado que llega a este país busca cultura regional, algo auténtico. Los emberá lo están haciendo. Eso nos dice que las comarcas indígenas —comunidades que viven en la pobreza a pesar de habitar tierras extraordinarias— tienen en sus manos un activo real. La pregunta es cómo ayudarlas a aprovecharlo.

He visto cajeros de banco convertirse en gerentes generales. He visto capataces de construcción levantar rascacielos. He visto recepcionistas de front desk de hoteles llegar a ser gerentes en otros países. Y me pregunto cuántos títulos universitarios tenían algunos prácticos del Canal cuando empezaron a guiar buques post-Panamax por las esclusas. La respuesta es que muchos no tenían más que ganas, esfuerzo, determinación y la oportunidad que Panamá les puso enfrente. ¿Y cuánto ganan por su labor?

Pienso en Cuba como el espejo que muestra lo que pasa cuando las oportunidades desaparecen. En los años 50, Cuba era una de las economías más avanzadas de América Latina: tercera en PIB per cápita en la región, con más televisores, autos y teléfonos por habitante que gran parte de Europa, con una clase media sólida y La Habana como capital cultural del Caribe. Gente talentosa, educada y trabajadora. Un solo hombre cambió su destino en 1960. Hoy esa misma gente sobrevive con lo mínimo. No por falta de inteligencia. Por falta de oportunidades.

Panamá es lo opuesto. Con todos sus defectos, este país sigue ofreciendo oportunidades a quien quiera buscarlas. Puede ser un trabajo digno, un negocio pequeño, una carrera que nadie esperaba. Panamá prospera y, para prosperar, necesita gente con motivación y disposición para ubicarse dentro de ese panorama.

La fórmula no es complicada: visión para encontrar la oportunidad, pasión para atacarla y trabajo duro para sostenerla. Eso aplica igual para quien hace popcorn que para quien construye un rascacielos.

Panamá sigue siendo, para quien quiera verlo así, un país de oportunidades.

El autor es promotor de proyectos.

El autor es promotor de proyectos.