Panamá suele proyectarse como el “Hub de las Américas”, sinónimo de éxitos, reflejada en rascacielos, un Canal eficiente y un crecimiento económico sostenido. Sin embargo, esta imagen esconde un desgaste estructural y una crisis permanente. La realidad panameña está marcada por un agotamiento institucional, social y económico que amenaza la estabilidad del país. Los constantes escándalos de corrupción han generado una dinámica perversa: los nuevos escándalos hacen olvidar los precedentes.
La corrupción en Panamá se ha convertido en un método de administración pública. El clientelismo en la Asamblea Nacional, los megaproyectos sobrevalorados y la opacidad en la administración de los recursos, muestran un Estado ineficiente. Este fenómeno ha encarecido la gestión pública, limitado la libre competencia y desviado recursos que debieron ser destinados a salud, agua potable y educación.
La impunidad ha afianzado la percepción de desigualdad ante la ley, quebrando la confianza ciudadana, erosionando las instituciones y anulando los principios republicanos de responsabilidad y justicia. El diseño republicano panameño sufre un severo desgaste, especialmente en las instituciones de control. El Órgano Judicial y el Ministerio Público son señalados por su falta de independencia, lentitud y docilidad ante el poder político de turno. La Asamblea Nacional ha pasado a ser un centro de distribución de cuotas de poder, de recursos y una caja de registro de los proyectos del Ejecutivo, condicionando la eficaz separación de poderes.
De este diagnóstico no escapa el sistema electoral panameño que padece una profunda falla: la ausencia de una segunda vuelta electoral permite la elección de funcionarios, incluyendo al Presidente, por mayoría simple a una sola vuelta. Gobernar sin mayoría se traduce en un déficit de legitimidad de origen y en una debilidad política que condiciona la gestión. El divorcio entre la clase política y la sociedad civil ha derivado en una aguda crisis de credibilidad. La ciudadanía no confía ni en partidos, ni en sindicatos. Esto explica el fenómeno de Vamos, Otro Camino y los independientes, entre otros.
El malestar acumulado por el costo de la vida, el desempleo y el deterioro de los servicios públicos genera frustración, al sentir la población que la vía institucional no responde a sus necesidades. A este diagnóstico podemos agregar el colapso del sistema educativo que representa el principal obstáculo para la reconversión productiva.
La educación pública ha sufrido un abandono caracterizado por infraestructuras deficientes, obsolescencia curricular y un enquistamiento de la gestión gremial y administrativa. Esta brecha de calidad profundiza la desigualdad, perpetuando el estancamiento social. Sin una reforma educativa dirigida a producir un ciudadano integro, responsable y comprometido, resulta inviable caminar del modelo transitista a una economía de producción de bienes con valor agregado.
Panamá ha fundamentado su desarrollo en este modelo económico transitista y de servicios: economía altamente concentrada en la franja transístmica (Panamá y Colón) enfocada en logística, servicios financieros, el Canal, las zonas francas y la construcción. Este esquema ha generado altas tasas de crecimiento, pero ha consolidado importantes desigualdades territoriales y socioeconómicas. El modelo de servicios presenta síntomas de agotamiento. No genera los empleos formales necesarios, margina al sector agropecuario y a las provincias del interior y es altamente vulnerable a los ciclos externos y al cambio climático.
La incapacidad de hacer ajustes hacia un modelo productivo, reducir la fractura social y las desigualdades ha acentuado la brecha entre el área metropolitana y el resto del país. Panamá está en una encrucijada donde los parches coyunturales resultan insuficientes. Las grietas del modelo socio-económico demandan una profunda refundación del pacto social e institucional para evitar que la crisis termine por dinamitar la estabilidad del país.
El desgaste del modelo pone de manifiesto que el crecimiento del PIB no equivale a desarrollo nacional. Para superar este obstáculo, el país requiere una transición estratégica hacia un modelo productivo de bienes con alto valor agregado, estructurado bajo los siguientes pilares: Soberanía y Seguridad Alimentaria que modernice el agro y lo integre al desarrollo nacional. Agroindustria y Escalamiento de Valor que permita procesar la materia prima y transformar la producción agrícola, generando cadenas de valor. Política Industrial Tecnificada que permita el desarrollo de una industria sostenible que convierta a Panamá en un país productor. Vocación Exportadora Diversificada que rompa la monocultura de exportación de servicios y aumente la oferta exportadora y los ingresos del Estado.
Reorientar la matriz productiva hacia la industria y el agro no significa desmantelar el sector servicios, sino conectarlo con el resto del territorio. Convertir la logística en una palanca para exportar lo que Panamá produce —y no solo lo que transporta— es el camino para generar empleo formal masivo, reducir la brecha de desigualdad regional y construir una economía verdaderamente resiliente.
El autor es abogado.


