Hay momentos en que recuerdo mis años de estudiante de secundaria en el Instituto Nacional, en la primera mitad de la década de 1990, y vienen a mi memoria aquellas tardes en las que, al salir de clases, muchos compañeros caminábamos hacia una biblioteca para buscar información, tomar apuntes y preparar las investigaciones que los profesores nos asignaban. Internet apenas comenzaba a abrirse paso, no existían teléfonos inteligentes y la inteligencia artificial pertenecía más a la imaginación que a la vida cotidiana. Aprender requería tiempo, paciencia y esfuerzo.
La biblioteca del Instituto Nacional, que sé que muchos aguiluchos extrañamos, y las bibliotecas públicas cercanas, con sus libros y algunas enciclopedias, en ocasiones no tan nuevas, eran nuestras herramientas. Allí descubríamos que el conocimiento no estaba solamente en el aula, sino en la capacidad de investigar, comparar información y construir nuestras propias conclusiones. La educación tenía limitaciones, como cualquier sistema, pero cultivaba hábitos que hoy siguen siendo indispensables: responsabilidad, perseverancia, pensamiento crítico, respeto por el conocimiento y la satisfacción de aprender algo que había costado esfuerzo alcanzar.
Hoy Panamá es un país muy diferente. Contamos con un Canal ampliado, puertos modernos, un centro logístico reconocido internacionalmente, mejores carreteras, mayor conectividad y una economía mucho más grande que la de aquellos años. Sin embargo, surge una pregunta inevitable: ¿hemos logrado que nuestra educación evolucione al mismo ritmo que nuestro desarrollo económico? ¿Estamos formando el talento humano que necesita el Panamá que aspiramos a construir durante las próximas décadas?
Estas preguntas adquieren una importancia especial al revisar el Plan Estratégico Nacional con Visión de Estado “Panamá 2030”, elaborado para orientar el desarrollo del país más allá de los períodos presidenciales. A pocos años de alcanzar esa meta, el verdadero debate no debería centrarse únicamente en cuánto hemos avanzado, sino en qué decisiones debemos tomar para garantizar que ese desarrollo llegue a todos los panameños y pueda sostenerse en el tiempo.
El desarrollo que construimos… y el que aún nos falta
Sería injusto afirmar que Panamá no ha progresado. Durante las últimas décadas, el país consolidó una economía de servicios apoyada en el Canal, los puertos, la banca, las telecomunicaciones y la plataforma logística. Incluso después del impacto provocado por la pandemia, la economía logró recuperar su dinamismo y continuar atrayendo inversiones. Son logros que cualquier análisis serio debe reconocer.
Sin embargo, el propio PEN 2030 advertía que el crecimiento económico, por sí solo, no garantiza el desarrollo. Una nación puede aumentar su producción y seguir manteniendo profundas desigualdades territoriales, educativas y sociales. Esa continúa siendo una de las mayores contradicciones de Panamá. Mientras buena parte de la actividad económica se concentra alrededor del Canal y de los servicios internacionales, muchas comunidades del interior todavía enfrentan dificultades para generar empleo formal, atraer inversiones y ofrecer oportunidades a sus jóvenes.
Frente a esa realidad, la educación deja de ser únicamente una política social para convertirse en la principal estrategia de desarrollo económico. Ningún puerto, aeropuerto, ferrocarril o parque industrial funcionará plenamente si detrás de ellos no existe una fuerza laboral preparada para administrar tecnología, innovar y competir en un mercado global.
Durante muchos años hemos asociado el desarrollo con grandes obras de infraestructura. Son necesarias, sin duda. Pero las sociedades más exitosas demuestran que la infraestructura física solo produce riqueza sostenible cuando va acompañada de infraestructura humana. El verdadero activo estratégico de un país no son únicamente sus carreteras, sus puentes o sus puertos; es la calidad del conocimiento de su población.
Por ello preocupa que las evaluaciones educativas sigan mostrando debilidades en comprensión lectora, matemáticas y ciencias. Más preocupante aún sería acostumbrarnos a esos resultados y considerarlos normales. En una economía cada vez más digital, nuestros jóvenes necesitarán mucho más que memorizar contenidos. Deberán interpretar información, resolver problemas, trabajar en equipo, dominar herramientas tecnológicas y aprender de manera permanente.
La llegada de la inteligencia artificial acelera esa necesidad. Las nuevas generaciones difícilmente competirán con las máquinas por almacenar información; competirán por aquello que sigue siendo profundamente humano: la creatividad, el pensamiento crítico, la capacidad de innovar, la ética y el criterio para tomar decisiones. La escuela del futuro deberá enseñar menos a repetir respuestas y mucho más a formular buenas preguntas.
Esa transformación también exige revalorizar la formación técnica. Panamá necesitará ingenieros, programadores, especialistas en logística, técnicos industriales, soldadores certificados, electricistas, mecánicos, operadores de equipos de alta tecnología y profesionales bilingües. El desarrollo no dependerá exclusivamente de formar más universitarios, sino de construir un sistema educativo capaz de responder a las necesidades reales de la economía nacional.
Pero ninguna reforma educativa tendrá éxito si olvidamos a quienes la hacen posible todos los días: los docentes. Su formación permanente, el acceso a nuevas herramientas, el reconocimiento social y una carrera basada en el mérito deben convertirse en prioridades nacionales. Al mismo tiempo, es indispensable reducir las brechas entre las escuelas urbanas y rurales para que el lugar de nacimiento no determine las oportunidades de aprendizaje de un niño panameño.
Una política de Estado para las próximas generaciones
Quizá la mayor enseñanza del PEN 2030 no sea una cifra ni un indicador específico, sino una idea sencilla: el desarrollo requiere continuidad. Formar una generación toma entre 15 y 20 años; un período presidencial dura apenas cinco. Esa diferencia explica por qué muchas reformas comienzan con entusiasmo y terminan perdiéndose entre cambios de prioridades, nuevas administraciones o intereses políticos de corto plazo.
El problema, entonces, no es la falta de diagnósticos. Panamá ha producido estudios, planes y propuestas de enorme valor. El desafío consiste en convertir esas ideas en compromisos nacionales que sobrevivan a los ciclos electorales. La educación representa, probablemente, el mejor ejemplo de ello. Ningún gobierno puede transformar por sí solo un sistema educativo, pero varios gobiernos consecutivos, trabajando sobre una misma visión, sí podrían hacerlo.
Por esa razón, el siguiente paso debería ser construir un gran acuerdo nacional que coloque la educación por encima de las diferencias partidistas. Un acuerdo con metas medibles para los próximos 20 o 25 años, acompañado de indicadores públicos, evaluación permanente y recursos suficientes para garantizar su cumplimiento. No se trataría de limitar la capacidad de cada gobierno para imprimir su propio sello, sino de proteger aquellos objetivos que, como país, no podemos permitirnos abandonar cada cinco años.
Cuando salíamos de aquellas bibliotecas creíamos que simplemente estábamos cumpliendo con una tarea escolar. Con el paso del tiempo comprendimos que, en realidad, estábamos aprendiendo a pensar. Ese sigue siendo el mayor propósito de la educación y el fundamento sobre el cual se construyen las sociedades más prósperas.
Panamá ha demostrado que puede levantar grandes infraestructuras, atraer inversiones y aprovechar su privilegiada posición geográfica. El desafío de las próximas décadas será demostrar que también puede formar el capital humano capaz de convertir esas ventajas en innovación, productividad y bienestar compartido.
Porque el verdadero recurso estratégico del país no está únicamente entre dos océanos ni en las esclusas del Canal. Está en cada niño que entra a un salón de clases, en cada maestro que inspira una vocación, en cada joven que descubre el valor del conocimiento y en cada familia que entiende que educar no es un gasto, sino la inversión más importante que una nación puede hacer.
Si queremos que la visión de Panamá 2030 trascienda el papel y se convierta en una realidad, el camino comienza en las aulas. Allí se construye el país que tendremos dentro de 20 años. Allí se decide, mucho antes que en cualquier elección, el futuro de nuestra República.
El autor es productor agropecuario, miembro de Anagan y de Asoproc.

