Esta semana, como todos los julios de los últimos años, el Hospital del Niño está desbordado. La Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) reporta 48 pacientes, 20 de ellos por virus sincitial respiratorio (VRS). Ya van nueve bebés menores de un año fallecidos en lo que va de 2026. Y, aunque duela decirlo así, de frente y sin anestesia, esto no es una sorpresa. Es lo mismo que pasa cada temporada de lluvias, con distintos números, pero con el mismo patrón.
El VRS es un virus muy común, con el que casi todos los niños tienen contacto en sus primeros dos años de vida. En la mayoría de los casos —hasta un 80 %— se comporta como un resfriado más: congestión, tos y algo de fiebre. El problema es lo que puede hacer en los pulmones de un bebé pequeño, sobre todo en menores de seis meses, prematuros, niños con cardiopatías, enfermedades pulmonares crónicas o síndrome de Down. En ellos, el virus suele desencadenar bronquiolitis, dificultad respiratoria severa y la necesidad de una cama de cuidados intensivos que, como esta semana, no siempre está disponible.
Lo más frustrante es que no estamos ante un enemigo desconocido y que, por primera vez en décadas, el país tiene una herramienta segura y eficaz: la vacuna materna contra el VRS, que se aplica entre las semanas 30 y 36 del embarazo. La madre genera anticuerpos que atraviesan la placenta y protegen al bebé desde su primer respiro, siempre que la vacuna se haya aplicado al menos dos semanas antes del nacimiento, durante los meses de mayor circulación del virus. El Ministerio de Salud (Minsa) cuenta con dosis de esta vacuna. El problema no es la falta de vacunas, sino que muchas veces no llegan a tiempo a la embarazada porque nadie se la indica o porque el acceso no es tan sencillo como debería. Y eso, sinceramente, es lo que más me frustra.
Porque, además, hay bebés a quienes la vacuna materna no puede proteger: los prematuros que nacen antes de que la madre pueda aplicársela, los que nacen antes de que esta haga efecto y los hijos de mujeres que no pudieron vacunarse, ya sea por falta de tiempo, de información, de alguien que se la aplicara en el centro de salud o porque nadie se la indicó. Para ellos existe el anticuerpo monoclonal, que se aplica directamente al recién nacido y lo protege desde el primer día. Otros países ya lo demostraron: la estrategia mixta —vacuna materna más anticuerpo monoclonal— reduce de forma contundente las hospitalizaciones y los ingresos a cuidados intensivos. No es una teoría; es evidencia.
El ministro de Salud anunció que el país avanzará hacia esa estrategia combinada. Me alegra escucharlo, pero también me indigna, porque llevamos al menos dos años sabiendo que esto había que hacerlo y seguimos anunciando en julio, con la UCI llena, lo que debió estar funcionando antes de que empezara la temporada de lluvias.
Y aquí no hay un solo responsable. Le toca al Minsa garantizar vacunas y anticuerpos monoclonales disponibles en cada centro de salud, así como personal capacitado para aplicarlos sin que una madre tenga que peregrinar de instalación en instalación. Le toca al ginecólogo indicar la vacuna en el tercer trimestre del embarazo, como indica el ácido fólico o el hierro, sin esperar a que la paciente pregunte. Le toca al pediatra reforzar ese mensaje en la consulta prenatal. Y les toca a las madres y a los padres cumplir los controles, hacer las preguntas y exigir la vacuna si nadie se la ofrece. Proteger a un hijo desde el embarazo también es parte de traerlo a un mundo más sano.
Escribo esta columna con frustración y rabia, lo admito, como pediatra y como madre. Porque este no es un tema nuevo ni un problema estacional: se repite año tras año, con nombres y apellidos de bebés que no debieron pasar por una UCI y de otros que no salieron de ella. Sabemos qué hacer. Otros países ya lo hicieron. La pregunta que debería incomodarnos a todos —autoridades, médicos y padres— es hasta cuándo seguiremos esperando a que llegue julio para lamentarnos, en lugar de actuar antes de que empiecen las lluvias.
Nuestros bebés no tienen tiempo que perder. Ya lo sabemos todo. Lo único que falta es hacerlo.
La autora es pediatra.


