Cuando usted, estimado lector, leyó el título de mi artículo anterior, tal vez pensó: “Verdad que parecen de locos esos absurdos que observo diariamente”. Quizás trató de ahorrar tiempo leyendo el artículo con celeridad, pero, al culminar su lectura, posiblemente se motivó a leerlo nuevamente. De los 11 millones de bits por segundo que recibe su cerebro, menos de 100 fueron los responsables de sus deducciones finales. El resto de sus neuronas estuvieron ocupadas en actividades “rutinarias”, como leer, estar alerta, mantener la presión, etc.
Diversos estudios han demostrado que individuos de toda profesión o actividad tienen más desarrollada la parte del cerebro que utilizan con frecuencia y bastante reducidas las zonas menos activas. Por ello, me pregunto si la parálisis general de Stephen Hawking contribuyó a que tuviese más neuronas disponibles para sus famosas teorías, y ojalá mi deficiente memoria me permita realizar mejor otras tareas.
Debemos instruir al cerebro sobre lo que consideramos importante. Es mejor ensayar una actividad por 30 minutos, 6 días de la semana, que por 3 horas seguidas un solo día. ¡Ojalá los estudiantes tomen esto en cuenta para una prueba!
Pero no generalicemos tanto, porque los que no participaron en los estudios antes descritos fueron los que se retiraron de la profesión o no vivieron para contarlo; posiblemente porque no eran diestros en sus actividades. Por ello, pienso que “la práctica hace la perfección”, pero solo en quienes están genéticamente diseñados para una misión. “Zapatero a sus zapatos”.
La expresión “perezoso para pensar” tiene sus razones, porque el cerebro, a pesar de representar solo el 2 % de nuestra masa corporal, utiliza 20% de la energía disponible; por lo que no pensar tanto pareciera ser conveniente. Claro, ello sería útil para los que tienen una tarea muy particular, no para los que desean aprender y crear.
Un cerebro eficiente realiza con rapidez la edición de la información obtenida y la automatización de lo aprendido, pero el creativo cristaliza con igual rapidez una imaginación. El cerebro “poderoso” lo apreciamos en las evaluaciones de medicamentos, al observarse que algunos de los individuos tratados se curan con la administración de un supuesto medicamento que no contenía el ingrediente activo. Claro, ellos no lo sabían. ¿Qué los cura? Algunos lo llaman milagro; técnicamente se conoce como “efecto placebo”.
Nuestro cerebro es tan complejo como el de cualquier mamífero, con una diferencia sustancial, lo que “apreciamos” al vernos en un espejo; pero hay un problema: no sabemos cómo sabemos quiénes somos, por lo que algunos especialistas sostienen que esa consciencia es adquirida del exterior. Previamente cuestioné aquella tesis de que heredamos las almas provenientes de individuos fallecidos, pero sí estimo viable que nuestro “yo” sea parte de ese engranaje que llamamos Universo. Somos polvo de estrellas y ese diminuto punto azul que llamamos Tierra no puede ser 100 % independiente. Tal vez es cierto que el Universo se ve y analiza a sí mismo a través de nosotros (panpsiquismo).
Cada una de nuestras 86 mil millones de neuronas está “conectada” con aproximadamente 7 mil neuronas; pero esa conexión no es física, porque se realiza por el intercambio de químicos (neurotransmisores) que transmiten los impulsos eléctricos que genera cada neurona. El cerebro parece mostrarnos que la integración es importante para lograr objetivos complejos, pero sin descartar el individualismo.
A pesar de esas conexiones, hay evidencias que muestran que los dos hemisferios del cerebro son tan independientes que parecieran indicar que tenemos “dos yo”. Sin embargo, soy de la opinión de que ellos existen por la misma razón por la cual tenemos dos ojos, oídos, brazos, etc.
Como químico que soy, no me sorprende tanto el fenómeno de consciencia, porque una molécula de agua no tiene ninguna de las propiedades de la “sustancia” agua, como densidad, viscosidad, conductividad, etc. Si las propiedades del agua solo “emergen” de un número grande de moléculas, lo mismo podría ocurrir con la consciencia, por esos millones de neuronas y conexiones, a los que podríamos sumar el posible rol de 3.8 × 10²⁵ moléculas de agua presentes y las incertidumbres cuánticas.
Estimo oportuno mencionar el experimento de Benjamin Libet (1916-1997), quien demuestra que el cerebro toma la decisión de mover un dedo antes de que el individuo esté consciente de hacerlo. Entiendo las profundas implicaciones de dicho experimento, pero comparto la posición de los que estiman que mover un dedo es una acción demasiado mecánica para evaluar la consciencia. Prefiero creer que tenemos un cerebro y no que el cerebro nos tiene a nosotros, pero tengo que admitir que esa anticipación cerebral podría estar presente cuando nos cuestionamos: ¡No sé por qué rayos hice eso!
La actividad cognitiva debe evaluarse con experiencias nuevas. Esto lo podemos enfocar en los razonamientos de Frank Jackson (1943-presente), quien nos dice que una persona que conoce todo sobre el color rojo, pero nunca lo ha visto, algo aprendería cuando vea por primera vez una manzana roja. Por algo es tan reconfortante ver personalmente lo que solo hemos visto en fotografía.
Deseo concluir con pensamientos de Richard Feynman (1918-1988), quien nos indica que preferiría vivir con dudas que vivir con respuestas que podrían ser incorrectas, porque “desconocer” es parte de nuestra forma de vida. A ello adicionaré que prefiero cometer errores que ser objeto de sorpresas, porque los errores se corrigen con ajustes, mientras que las sorpresas exigen cambios sustanciales.
El autor es químico industrial y profesor de la Universidad de Panamá.


