En Panamá, casi uno de cada dos hogares habría tenido que reducir el número de comidas por falta de dinero. Si el problema es también de liquidez y falta de recursos, cabe preguntarse por qué no se exige a la empresa minera, como parte de cualquier eventual acuerdo o proceso de reapertura, un programa obligatorio, transparente y verificable de inversión social: reparación y rehabilitación de escuelas, centros de salud y hospitales a lo largo y ancho del país, incluyendo los distintos circuitos electorales.

No se trata de regalarle nada a nadie. Se trata de convertir una actividad económica de gran escala en obras concretas que la población pueda ver y utilizar: aulas reparadas, hospitales rehabilitados, centros de salud dignos y comunidades atendidas.

Y hay una ironía difícil de ignorar: el mismo sistema político que premia con votos a partidos y políticos que han enfrentado acusaciones de corrupción termina exigiéndole a la empresa privada estándares de responsabilidad que el propio Estado muchas veces no cumple.

Por eso llegó la hora de dejar de mirar desde la gradería. Si la minería vuelve a ser considerada como una fuente de ingresos para el país, el Gobierno debe sentarse a negociar, establecer condiciones claras y exigir resultados concretos: escuelas reparadas, hospitales rehabilitados, empleos y recursos que lleguen directamente a las comunidades.

La empresa minera también debe entender que la aceptación social no se construye con comunicados de prensa. Se construye con hechos, transparencia y obras que cambien la vida de la gente.

Y la sociedad civil, los empresarios, los gremios y los políticos tienen que exigir que cada dólar generado se traduzca en desarrollo verificable y no simplemente en otra discusión interminable.

Panamá no puede darse el lujo de seguir esperando. Hay niños estudiando en escuelas deterioradas, pacientes esperando atención y familias que están reduciendo sus comidas porque el dinero no alcanza.

La pregunta ya no es solamente qué hacemos con la minería. La pregunta es: ¿qué vamos a hacer con las oportunidades que todavía tenemos antes de que sea demasiado tarde?

Porque seguir haciendo lo fácil —bloquear, discutir, polarizar y no resolver— puede ser políticamente cómodo, pero para un país con necesidades urgentes puede terminar siendo el camino directo a estrellarse en el tercer año del quinquenio.

El autor es abogado.