La historia de la Medicina de los Estados Unidos, la simplifica Paul Starr a dos movimientos: el primero, lo que llama el advenimiento de la soberanía de la profesión y, el segundo movimiento, su transformación en una industria corporativa.
El tránsito no fue cuando la luz verde se puso roja, se hizo durante la duración de la luz amarilla. Y ocurrió y ocurre en todas partes del orbe con diferentes matices y colores, con particular elitismo y segregación. En el país de Starr, durante los siglos XVIII y XIX, el estudiante de medicina era blanco, hombre y con dinero. Era hechura del sistema, no era, como ha dicho Emma Goldberg, un bicho de la profesión médica. En Inglaterra, para ser miembro del Royal College of Physicians, había que ser graduando de las universidades de Oxford o de Cambridge.
Ese tránsito de la autoridad incuestionable del médico en el ejercicio de la profesión, basada en la confianza que su carácter y profesionalismo lograron en la sociedad, a la rendición sin batallas a un mercado controlado por instituciones privadas con intereses económicos, disfrazadas como reguladoras del profesionalismo médico, que le arrancan al médico y al paciente su autonomía y su sagrada relación. El resultado es una deshumanización de la consulta médica.
La autoridad del médico se consolida en el siglo XX con el avance de la ciencia y lo científico y la estricta estandarización de la educación médica en escuelas y hospitales, en una época donde el médico y el curandero competían por la confianza de los pacientes. A mediados del siglo pasado, Panamá da un paso más demagógico o hasta dialéctico, que consultado: “la democratización de las profesiones”, y la medicina no se exceptúa de ello. Ese paso dentro de una cultura democrática que propuso la dictadura, debe cuestionarse. Similar ocurrencia se escudriñó en los Estados Unidos., frente al descubrimiento de que las escuelas de medicina representaban lo peor del sistema educativo en el país. Goldberg nos lo recuerda con las palabras de Charles William Eliot, presidente de Harvard en 1869: “La ignorancia y la incompetencia general del graduado promedio de las facultades de medicina estadounidenses, en el momento en que recibe el título que lo libera a la comunidad, es algo horrible de contemplar”.
En esa atmósfera, aterriza un administrador de las riquezas y las pobrezas, y nace la industria que enriquece a terceros.
Como alguien ha resumido: “El diseño corporativo de la salud moderna exige agendas saturadas donde el médico dispone de escasos minutos por consulta, obligándolo a enfocarse más en llenar pantallas de datos (historiales electrónicos) que en mirar al paciente a los ojos. La eficiencia financiera ha desplazado a la empatía clínica.” Y la empatía clínica es algo del pasado, porque la industria de la Medicina, y su único interés pecuniario, devora la escolaridad médica.
Legitimar diplomas de médico es una responsabilidad académica, no democrática; ética, no instrumento de riqueza. Hubo una época en esa historia estadounidense, que el profesorado de la escuela de Medicina no tenía salario, y los estudiantes que pasaban exámenes poco rigurosos, eran quienes pagaban a sus profesores. No es muy diferente que pagar por adelantado una matrícula y se graduó. Con 2 períodos de 3-4 meses cada uno, se presentaba una tesis y el pase de estudios de latín y de filosofía, había un diplomado y la práctica médica no tenía que ser aprobada por ninguna sociedad médica. Era como tener hijos sin control de la natalidad.
Los presidentes de las universidades de Harvard y Johns Hopkins le metieron el diente a este estado de cosas. Se agregaron luego, otras escuelas. Disminuyó el número de los candidatos a estudiar medicina hasta que comenzaron a notarse las diferencias entre los egresados de unas y otras escuelas, pero no demoró el aumento de la matrícula de estudiantes en las escuelas con rigor académico. Se creó un consejo sobre educación médica, se inspeccionaron 160 escuelas, nos dice Goldberg, y 46 de ellas se calificaron de calidad inferior y 32 irrecuperables. Entonces, bajo el patrocinio de la Fundación Carneige para el Avance de la Enseñanza, llegó el educador Abraham Flexner, graduado de Johns Hopkins, y amplió la investigación que produjo el informe conocido como Flexner Report. Ese estudio reveló que “Estados Unidos estaba sobrepoblada de médicos muy mal preparados y que era preferible tener menos, pero mejores médicos”.
Volviendo a la “crisis” de la educación médica nacional, a la improvisación en la producción de médicos, a la incapacidad de producir plazas para los internados y las residencias médicas, a los pobres resultados del primer Examen de Certificación Básica en Medicina y volver una y otra vez a la fácil excusa del sistema, de optar por eliminar el internado o el año de servicio rural para resolver aquellas crisis, ¿no será más propio que aparezca un Flexner y se comiencen a cerrar algunas escuelas de Medicina?
Es necesario que se fiscalice rigurosamente el cumplimiento de las escuelas y hospitales de medicina con su compromiso de formación científica y ética, como las necesidades particulares del país para formar médicos y especialistas, por un consejo independiente de académicos; que se haga más científica la escogencia de los candidatos para estudiar medicina, incluso dándole el mayor de los énfasis a la entrevista personal con varios evaluadores; y que se garanticen lugares de atención para la salud y la enfermedad, con facilidades y recursos humanos y técnicos probados y suficientes. Quizás tengamos menos, pero mejores médicos.
El autor es neonatólogo y pediatra.


