Una empresa pone a su «proyecto» de destrucción masiva de libros «Panamá», pero en este país nadie dice nada: un timidísimo sarpullido en algunos, pero nada más, mientras el nuevo honorario de la Casa Amarilla, callaíto se lo tenía, estaba urdiendo una marca país, otra más, que reza de la siguiente manera: «Panamá, Anfitrión del Mundo».
Dudo cada vez más de que se conozca en el gobierno lo que significan las palabras (por ejemplo, «nepotismo»), porque «anfitrión» es cosa seria y muy antigua. Quizás, como mucho, sufra este gobierno —a la vista de cómo se pasea el gobernador (perdón, embajador) de Estados Unidos por nuestro territorio— el complejo de Anfitrión, que es un asunto terrible, de una bajeza reprochable también en política.
La «marca país» nos la han hecho con los «Papers» y ahora con el «Proyecto», sumado a nuestra fama de figurar en listas opacas, la inseguridad y los mercados de la miseria con sus largas filas para consumir. La «marca país» que exportamos es la de ensimismados en una patria que es solo un sueño utópico, cíclica y cada día más desconfiada de todo y de todos, callada en el exterior mientras un bocón desde la Casa Blanca dice que el Canal, sí, ese que llamamos «nuestro», lo compramos por un dólar y que lo hemos puesto en peligro por tener aquí chinos. Y todos calladitos, no sea que se enfade el fulo trumpetista. A la cobardía, a la falta de firmeza, quieren llamarle diplomacia.
¿Cuánto nos ha costado este sueño de letras imposibles y eslogan ajeno a cualquier parecido con nuestra circunstancia? Haríamos más exportando nuestra cultura, nuestras letras, nuestra manera de narrarnos, de decirnos. ¿Anfitriones de qué, si no somos capaces de mandar seguros a nuestros hijos a la escuela y, una vez allí, nada garantiza que les enseñen bien? Pero, eso sí, para el mundo pretendemos ser perfectos anfitriones, y nuestros jubilados, saltando garrocha por culpa de estos infaustos gobernantes.
El autor es escritor.
