Eran los años 50 cuando, siendo un niño, vi en la acera de mi calle un tinaco de basura lleno de libros que alguien había tirado. Ver tantos libros juntos y precisamente en un tinaco de basura era poco común.
Por la ubicación del tinaco, supe que pertenecían a un vecino político y empresario, residente en uno de esos amplios caserones de madera, con zaguán, puerta de entrada exclusiva y amplio balcón a la calle.
Quizás don Gregorio de los Ríos estaba haciendo limpieza en su biblioteca o probablemente se preparaba para su retiro, alejado de los afanes políticos, académicos y profesionales.
Me senté en la entrada del zaguán, cuya puerta generalmente permanecía abierta, y empecé a revisar la portada de algunos libros.
Todos esos libros eran viejos, por sus portadas polvorientas, hojas amarillentas y olor a humedad.
Había algunos textos de contenido académico sobre jurisprudencia, historias, novelas en inglés y de economía. Fue un libro de portada chocolate oscuro, de unas 350 páginas, titulado Economía Política, el que me cautivó.
Tenía una introducción escrita en un lenguaje sencillo, suficiente para la comprensión de un niño de quinto o sexto grado, en cuyo interior se hablaba de necesidades básicas del hombre, de bienes y servicios, de producción y de consumo.
En aquellos tiempos, lo más cercano a estos conceptos allí expresados eran los escuchados en la asignatura de Educación para el Hogar, que se impartía en todas las escuelas públicas del país. Nos enseñaban higiene y aseo personal, comportamiento en la mesa, recetas de cocina criolla, cómo comprar y conservar los alimentos, costura y artes manuales, entre otros temas asociados a la gestión del hogar y al bienestar familiar.
El contenido de esta asignatura hoy equivale al estudio de la Economía Doméstica.
Cuán lejos estaba yo de pensar en estudiar la carrera de Economía en la Universidad de Panamá, cuando lo que más me gustaba y me divertía era el dibujo y la pintura.
A propósito del dibujo y la pintura, siempre recordaré cómo celebrábamos la Semana del Libro en Panamá durante mi época de niño y adolescente.
El Día del Libro fue instituido por Octavio Méndez Pereira (ministro de Educación), por Decreto 55 de 16 de julio de 1926, siendo presidente Rodolfo Chiari.
Más tarde, mediante decreto definitivo (1957), por iniciativa del destacado educador Dr. José Daniel Crespo, se firmó el Decreto N.º 237 del 27 de mayo de 1957 (bajo la presidencia de Ernesto de la Guardia Jr.), el cual fijó de manera permanente la celebración en la última semana de septiembre, del 22 al 29.
Don Gregorio de los Ríos fue un político delegado por el Darién en la Asamblea Constituyente que confeccionó la Constitución Política de Panamá en 1946 y, como empresario, fue el propietario y fundador del Teatro Edison, famoso en el barrio de Santa Ana por su accesibilidad popular entre los años 1945 y 1991.
Siendo estudiante de cuarto grado, algunas escuelas públicas fueron convocadas a un concurso de dibujo basado en la interpretación de cuentos. A la maestra se le ocurrió solicitarles a los mejores dibujantes del salón interpretar un cuento, una historieta o una novela escogida por ella. A un compañero y a mi persona nos asignaron Robinson Crusoe, la novela de aventuras y ficción de un marinero náufrago en una isla del Orinoco y su rescate final por piratas.
Obviamente, los dibujantes estábamos obligados a leer el cuento, la historieta o la novela, cumpliendo así con el objetivo de promover la lectura.
Nos ganamos el tercer premio intercolegial de la Semana del Libro. Como fue un trabajo de equipo entre dos dibujantes, ambos recibimos el premio, consistente en una colección de libros de cuentos. Surgió la dificultad de cómo nos repartíamos la colección de libros enumerados. Accedí a que mi compañero se llevara la colección completa para su casa, sacrificándome, pero con la satisfacción de haber recibido un premio de esta naturaleza a temprana edad, entregado en el Aula Máxima del Instituto Nacional.
Se han dicho tantas cosas buenas y malas de los libros, y para qué mencionar, entre las cosas malas, la destrucción de libros con el fin de borrar la historia y las ideas de tantos pensadores que ha tenido la humanidad. Pero algo es cierto: los libros transmiten sabiduría, son nuestros mejores amigos y consejeros que marcan nuestras vidas.
El autor es economista.


