Al investigar sobre las normas antisísmicas en Panamá, y después del fuerte sismo que vivimos el 9 de octubre de 2026, creo que vale la pena recordar a quienes tuvieron esa visión hace décadas.

Panamá es un país de edificios altos. Contamos con más de 200 edificios de más de 15 pisos y con 37 rascacielos, más que ningún otro país de Latinoamérica. Esa ciudad cosmopolita que nos enorgullece fue puesta a prueba como nunca antes por un movimiento que alcanzó una magnitud de hasta 7.5. Y resistió.

Lo digo con conocimiento de causa. Soy ingeniero mecánico, no estructural, pero durante diez años ejercí mi profesión como ingeniero consultor en mi rama, trabajando codo a codo con los mejores arquitectos, ingenieros estructurales e ingenieros de otras especialidades vinculadas al diseño de edificios, tanto en Panamá como en la antigua Zona del Canal. Desde 1980 hasta la fecha me he dedicado a la promoción y construcción de edificios de altura. Son más de cinco décadas viendo de cerca cómo se conciben, se calculan y se levantan estas obras.

Por eso puedo dar fe del profesionalismo y la dedicación de quienes han diseñado los edificios de este país y de los ingenieros residentes que han velado por que lo dibujado en el plano se cumpla en la obra. He sido testigo de lo exigentes que han sido con cada detalle en proyectos de hasta 65 pisos: con el acero, con el concreto, con las fundaciones, con cada revisión. Muchas veces esa exigencia significó más tiempo, más dedicación y, en ocasiones, hasta obsesión por la perfección. Hoy sabemos que valió cada centavo y cada minuto.

Pero la razón de estas líneas es otra: reconocer a los ingenieros que hicieron posible que este sismo no terminara en tragedia. Debo recordar a Diego Pardo, Adolfo Quelquejeu, César Kiamco y Salomón Cherem, quienes desarrollaron el Código Antisísmico de Panamá en 1976, que luego se fue actualizando mediante reglamentos y nuevas versiones. También a profesionales como Víctor Levi, Víctor Cano, Juan Yinh, Martín Isaac, René Henríquez, Julio Davis, Álvaro Calvo, Ernesto Ng, George Berman, Luis Alfaro y Amador Hasselen. A cualquier otro cuyo nombre se me escape, le pido disculpas: el mérito es igualmente suyo.

Todos ellos participaron en el proceso de impulsar y desarrollar los reglamentos estructurales del país cuando todavía faltaban muchos años para vivir un evento como el de esta semana. Fue una tarea larga y poco visible, sostenida por la Sociedad Panameña de Ingenieros y Arquitectos (SPIA), por la Junta Técnica de Ingeniería y Arquitectura y por sucesivas generaciones de especialistas que fueron actualizando las normas a medida que avanzaba el conocimiento.

Vale recordar, además, con qué herramientas lo hicieron. Estas tareas se realizaron en épocas en que el ingeniero trabajaba con regla de cálculo y, ocasionalmente, con computadoras, cuando estas eran apenas herramientas de apoyo que prácticamente no eran más que calculadoras sofisticadas. No contaban con el respaldo de la inteligencia artificial de hoy, cuando las computadoras y los bancos de información digitales casi piensan por uno. Cada cálculo salía de su criterio, de su estudio, de su inteligencia y de su experiencia.

Probablemente nunca imaginaron exactamente cuándo llegaría una prueba así. Pero entendieron algo fundamental: había que construir pensando en salvar vidas. Entendieron que nada excluía a Panamá de sufrir un sismo de alta magnitud y que ese sismo podía derrumbar grandes estructuras si no se contaba con códigos antisísmicos y diseños estructurales de primer mundo.

No era una postura fácil de defender. Durante años se repitió que en Panamá no tiembla, que esas previsiones eran exageradas y que solo encarecían la construcción. Ellos insistieron, con argumentos técnicos y con paciencia, hasta que la exigencia se convirtió en norma y la norma en costumbre.

Una visión que merece nuestro agradecimiento. Hoy, viendo que los edificios modernos resistieron, que no tuvimos colapsos masivos y que, gracias a Dios, no se reportaron víctimas fatales, uno entiende el verdadero valor de aquellas decisiones. Y, sin duda, su trabajo ayudó a proteger a incontables familias panameñas que esa noche pudieron volver a sus casas.

Gracias a quienes tuvieron esa visión. Panamá hoy se los debe.

El autor es ingeniero mecánico consultor y promotor de proyectos.