Se trata de un extraño fruto de la planta Solanun incanum, cuyo origen o procedencia, ha sido descrito por científicos e historiadores cerca de la costa occidental del Mar Muerto, en el lugar donde probablemente existieron las míticas ciudades de Sodoma y Gomorra, bíblicamente destruidas por una lluvia de fuego y azufre desde el cielo.
La apariencia del fruto es similar al de una manzana, pero de color metálico cobrizo amarillento cuando madura, solo que, al presionarlo, estalla como un globo, dejando en la mano los pedazos de la delgada corteza y unas pocas fibras urticantes, esparciendo por el aire un fétido y sulfuroso olor, y diminutas semillas altamente tóxicas. En la actualidad este árbol puede encontrarse en las regiones del Alto Egipto, Palestina, Arabia Saudita y en algunas zonas desérticas de África. En dichos lugares, el hacer alusión a las manzanas de Sodoma, es también un modismo cultural que significa “las apariencias son engañosas; una bella fruta, pero podrida y peligrosa por dentro”.
Dada la preocupación, el entusiasmo y las expectativas, que se han generado en Panamá respecto al tema minero, ante la eventual reapertura de la mina en Donoso; no pretendo forzar una premonición alarmista con la mención de este fruto, ante la ilusión o el atractivo aparente que despierta para muchos, la explotación del cobre, sobre todo en el actual contexto económico y ante los altos niveles de desempleo existente.
Sin embargo, pese a esta realidad, me parece insoslayable el analizar con prudencia y objetividad, las importantes alertas que han sido dadas a conocer al respecto, antes de proceder a adoptar una decisión final en torno al futuro de la minería en nuestro país, especialmente por parte del gobierno central, quien, sin necesidad, se ha abrogado el derecho unilateral de decidir el futuro de nuestro país sobre este tema, bajo la premisa monárquica -el Estado soy yo- implantada en Francia por Luis XVI en 1655.
Para empezar, partamos del hecho cierto que la Ley 407 del 3 de noviembre de 2023 prohíbe otorgar, renovar o prorrogar concesiones metálicas en nuestro país.
En adición a ello, el tomo #9 del reciente informe de auditoría entregado al presidente por la comisión de ministros, confirma el importante nivel de afectación ambiental, producto del deficiente manejo geotécnico e hidrológico de las áreas expuestas durante el período de explotación de la mina. No obstante, en dicho informe técnico, se le confiere al mismo, un valor monetario general equivalente solo al 15% de los beneficios recibidos. - ¿Me pregunto cómo se midió, o cuánto vale en términos económicos, para los analistas que hicieron el estudio, la desaparición de una especie, o la pérdida de una vida humana por la contaminación provocada por la mina? -.
Reconozco, no obstante, que me sorprendió favorablemente, y me alegró mucho escuchar, tanto las palabras de los tres ministros, como del propio presidente, en torno al tema medular en el que parecen coincidir, en cuanto respetar el fallo de la corte, como en la necesidad de un cierre ordenado de la mina, y la atención fundamental al medio ambiente.
Sin embargo, hay otro aspecto medular y también determinante sobre este tema: - ¿A quién le corresponde en democracia, por ley y por derecho, tomar una decisión al respecto? Como panameño estimo que recurrir al presidencialismo tradicional -como ha sido anunciado-, para tomar esta importante decisión de reapertura o no de la mina, en lugar de realizar una consulta pública para ello; no solo se contrapone a la consolidación y al perfeccionamiento de la democracia, sino que tiende una vez más a generar una concentración exagerada del poder, con aumento resultante en las disparidades sociales y con acumulada resistencia económico-social y política, predisponiendo así, a que se susciten agitaciones desestabilizadoras y populismos regresivos, como consecuencia inmediata de una decisión unilateral como esta.
Debemos encarar esta paradoja: el perfeccionamiento de nuestra democracia exige en efecto, la dinamización de nuestra economía, pero el presidencialismo tecnocrático que se nos presenta como solución a la falta de empleo y como estímulo complaciente al sector empresarial, se revela como enemigo de la modernización con equidad, que es la que necesitamos. El “ogro filantrópico”, al que Octavio Paz se refirió una vez, en su análisis del Estado burocrático moderno, y de su versión patrimonial latinoamericana, tiene cara de presidente.
El autor es escritor y pintor.

