Hay misterios que la humanidad no ha conseguido resolver, y entre ellos figura uno particularmente delicado: ¿por qué algunas parejas toleran la presencia de ciertas ex, pero sienten una antipatía inexplicable por otras?

En mi caso, el asunto tiene una particularidad estadística: mantengo correspondencia amistosa (muy escasa) con tres exnovias. No hay intenciones clandestinas, sobresaltos eróticos ni proyectos de restauración sentimental. Sin embargo, mi esposa tolera a dos y detesta a una. ¿Por qué? No lo sé. Dos han sido absueltas y una continúa cumpliendo condena sin que yo conozca exactamente el delito.

Esto demuestra que las ex no constituyen una categoría homogénea. Está la exesposa, que conserva responsabilidades familiares cuando hay hijos; la exnovia, que sobrevive como un recuerdo de juventud; la examante, cuya sola existencia despierta sospechas; y la antigua amiga, con quien el amor terminó, pero la amistad consiguió sobrevivir.

El problema comienza cuando aparece una nueva pareja. Entonces el pasado sentimental puede convertirse en un departamento de inteligencia: se investigan nombres, se interpretan mensajes y se reconstruyen cronologías. Un saludo cordial parece una prueba documental, una felicitación de cumpleaños se interpreta como una maniobra de aproximación y una conversación inocente puede terminar sometida a un interrogatorio digno de la policía científica.

Pero ¿qué amenaza representa una mujer con la que compartimos una historia sentimental si hoy solamente intercambiamos unas líneas amistosas?

La respuesta exige matices. No todas las relaciones con las ex son necesariamente inocentes. Algunas conservan sentimientos sin resolver; otras mantienen una intimidad que nunca terminó de despedirse. Hay quienes llaman amistad a una espera y quienes confunden el recuerdo con una invitación.

Sin embargo, también existen personas capaces de comprender que el afecto no desaparece automáticamente cuando termina el deseo. No todo amor frustrado debe convertirse en enemistad, ni toda relación terminada necesita una demolición emocional. A veces, dos personas descubren que ya no pueden compartir la vida, pero todavía tienen motivos para estimarse.

El matrimonio, no obstante, tiene sus paradojas. Queremos que nuestra pareja nos acepte tal como somos, aunque preferiríamos que ciertos capítulos de nuestra biografía no despertaran demasiada curiosidad. Deseamos confianza, pero no siempre sabemos cómo reaccionar cuando esa confianza incluye a personas que conocieron versiones anteriores de nosotros.

La memoria sentimental conserva nombres sin consultar al cónyuge, mientras que algunos matrimonios parecen establecer un control migratorio sobre los recuerdos. De ahí que ciertas parejas exijan eliminar contactos y clausurar amistades consideradas inconvenientes. Otras entienden que la fidelidad no consiste en borrar el pasado, sino en respetar el presente.

Entre ambas posiciones existe un territorio amplio donde cada pareja debe encontrar su propio equilibrio.

Y regreso a mi misterio doméstico: tres exnovias, tres correspondencias amistosas, dos toleradas y una detestada. ¿Qué convierte a esa mujer en una amenaza que las otras no representan? ¿Su personalidad, algún recuerdo que considero irrelevante o una antipatía espontánea? ¿O existe una intuición femenina capaz de detectar peligros que los hombres, con nuestra proverbial ingenuidad, no conseguimos percibir?

La intuición puede ser extraordinaria, pero tampoco es infalible. Los celos, por muy elegantes que se presenten, no constituyen necesariamente una forma superior de conocimiento. Al mismo tiempo, sería injusto atribuir inseguridades a mi esposa sin conocer sus verdaderas razones. Tampoco tengo derecho a exigirle que simpatice con todas las mujeres que formaron parte de mi vida.

Una cosa es que no le agrade una antigua novia y otra muy distinta que mantener una amistad con ella constituya, por sí solo, una falta conyugal. Esa diferencia merece preservarse.

Algunas personas dejan cosas buenas en nuestra vida, incluso cuando el romance fracasa. Pretender que el final de un noviazgo convierte automáticamente en indeseable todo lo que viene después equivale a incendiar una casa porque ya no queremos vivir en ella.

Las ex ocupan lugares diferentes en nuestra historia: algunas merecen distancia, otras cordialidad y unas pocas conservan una amistad que sobrevivió al naufragio de la pasión. También están aquellas cuya sola mención provoca un silencio en la mesa que ni siquiera una discusión política conseguiría producir.

Lo fundamental es distinguir entre los afectos del pasado y las obligaciones del presente. La fidelidad no consiste en carecer de antecedentes sentimentales, algo que exigiría una amnesia bastante severa, sino en actuar con honestidad con la persona que hemos elegido.

En cuanto a mí, seguiré intentando descubrir por qué dos de mis exnovias disfrutan de una tolerancia conyugal que la tercera no ha conseguido obtener. No organizaré un referéndum, ni contrataré detectives ni solicitaré un dictamen de la Corte Suprema. Hay investigaciones que, por el bien de la paz doméstica, es mejor no emprender.

Me basta con saber que mi correspondencia es amistosa y que mi matrimonio pertenece al presente. Aunque, si algún día descubro el motivo de semejante distinción, no descarto escribir una segunda columna.

Eso sí, antes de publicarla, consultaré con mi esposa.

No por censura, naturalmente.

Por prudencia matrimonial.

El autor es ingeniero retirado.