La Zona Libre de Colón no es solo un conjunto de bodegas y locales dedicados a la importación y reexportación. Es uno de los motores económicos más importantes de Panamá, una plataforma comercial estratégica para toda la región. Pero su peso histórico no la salva de una realidad que ya no se puede seguir postergando: las condiciones actuales le están quitando competitividad y comprometen su capacidad de seguir creciendo.

El desarrollo de una zona franca no se mide solo en hectáreas disponibles para levantar nuevas bodegas. Se mide en si los empresarios pueden operar con eficiencia, previsibilidad y costos que tengan sentido.

Y ahí aparece un primer problema: la especulación con los alquileres de bodegas y locales comerciales. Cuando los precios suben de forma desproporcionada frente a las condiciones reales del mercado, quienes más lo sienten son los pequeños y medianos comerciantes. Terminan cargando con costos operativos cada vez más altos, sin que sus ingresos crezcan al mismo ritmo.

A eso se suma algo básico: el agua. Un centro de actividad económica de esta magnitud no debería vivir con la incertidumbre de si va a tener o no un servicio esencial. Ninguna estrategia de expansión es suficiente si fallan los servicios que la sostienen.

El panorama se complica todavía más con el costo y la dificultad para conseguir pólizas de seguro contra incendios: primas elevadas, restricciones de cobertura y condiciones que dificultan asegurar el negocio. Todo eso encarece la operación y la vuelve menos atractiva. La seguridad de las instalaciones tiene que ser prioridad, sí, pero también hay que analizar por qué proteger una inversión en Colón cuesta lo que cuesta.

La infraestructura vial sigue siendo un capítulo pendiente. Una zona franca vive del movimiento constante de mercancías, y eso exige vías en buenas condiciones, conectividad eficiente y una logística pensada para el comercio internacional. Los congestionamientos y el deterioro vial no golpean solo a los comerciantes, sino también a transportistas, trabajadores y clientes que dependen de que las cosas se muevan.

Y falta mencionar algo que pesa cada vez más: no hay un aeropuerto operativo que atienda la conectividad aérea de Colón. En un mundo donde el tiempo vale dinero, tener alternativas de transporte y conexión internacional debería ser parte de cualquier plan serio de desarrollo regional.

Hace poco, la gerente de la Zona Libre de Colón anunció la ampliación del espacio físico hacia el área de New Field. Es una oportunidad real para ganar capacidad territorial. Pero ampliar el espacio sin resolver las condiciones estructurales que afectan a los comerciantes corre el riesgo de convertirse en una solución a medias para un problema mucho más de fondo.

Hay algo más que no se puede seguir dejando fuera de la conversación. La Zona Libre de Colón tiene que asumirse como el motor financiero de la provincia, no solo como un enclave comercial que opera puertas adentro y le da la espalda a lo que pasa a su alrededor. Cuando la actividad de la Zona Libre se traduce en empleo real, en ingresos que circulan en el comercio local, en oportunidades para la gente de Colón y no solo para quienes hacen negocios desde ahí, la provincia entera mejora sus condiciones económicas. Y una provincia con mejores condiciones económicas es una provincia donde la inseguridad deja de tener el terreno fértil en el que hoy crece. La seguridad no se resuelve solo con más policías en la calle. Se resuelve, en buena parte, con oportunidades reales para quien hoy no las tiene.

El futuro de la Zona Libre de Colón no se construye únicamente sobre su pasado glorioso ni sobre la expansión de sus límites geográficos. Necesita infraestructura, servicios confiables, reglas equilibradas, innovación y una visión comercial que vaya más allá de los mercados de siempre. Y necesita, sobre todo, entender que su suerte y la de Colón son la misma suerte.

Colón no necesita solamente más espacio para almacenar mercancías. Necesita mejores condiciones para producir oportunidades, atraer inversiones y sostener empleos, y necesita que esas oportunidades lleguen también a la calle, no solo a la bodega.

Porque crecer en metros cuadrados no significa crecer en competitividad. Y esa diferencia, tarde o temprano, va a determinar el futuro de nuestra Zona Libre.

La autora es abogada.