Hay cuatro palabras que pueden resumir varios años de esfuerzo: “Esta es nuestra casa”.
Pienso en lo que siente una familia cuando recibe las llaves de su primera vivienda. En ese momento de abrir la puerta y entrar juntos. Los cuartos están vacíos, pero ya cada uno imagina algo: dónde irá la cama, dónde se sentarán a comer, de qué color pintarán las paredes.
Quizás los muebles lleguen poco a poco. Quizás las cortinas tengan que esperar. La ilusión ya está allí.
Tener un techo propio donde resguardarse tiene un significado muy íntimo. Es ver el fruto del trabajo, de lo que se ahorró y de tantas cosas que se dejaron para después. Es sembrar un árbol con la esperanza de verlo crecer. Es pensar que los hijos tendrán un lugar al cual regresar. Muchas veces, la casa es lo más valioso que unos padres pueden dejarles.
El reciente terremoto me hizo pensar en todo eso. Hasta tuve una pesadilla: mi esposa y yo corríamos desesperados, buscando cómo ayudar a quienes se habían quedado sin hogar. Me duele imaginar lo que significa mirar la casa dañada y no saber si se podrá volver a dormir en ella. Pensar en las fotografías, los recuerdos y esas pequeñas cosas que, para otros, quizás no tengan valor.
También revivió en mí el sueño de ayudar a quienes llevan años esperando la oportunidad de comprar su casa. Pienso en las parejas que hacen cuentas y vuelven a hacerlas. En quienes ahorran para el abono mientras pagan alquiler. En padres que quisieran ofrecerles a sus hijos un poco más de espacio.
El Ministerio de Vivienda utiliza en su plan 2024-2029 una referencia de 180,000 viviendas de déficit habitacional. La cifra impresiona, pero más me conmueven las miles de familias detrás de ella. Quienes tenemos una casa o un apartamento propio a veces olvidamos lo privilegiados que somos.
Una de las mayores satisfacciones de mi vida ocurrió cuando llevé a mis hijos a conocer uno de nuestros proyectos de vivienda social en La Chorrera. Mi hija me dijo: “Papá, yo podría vivir en una de tus casas”.
Sus palabras se me quedaron grabadas. Me hicieron sentir que habíamos construido un lugar donde ella también podía imaginar su vida. Esa es la dignidad que quisiera para cada familia: una vivienda que pueda sentir suya y cuidar con orgullo.
Desde mi fe católica, encuentro en la subsidiariedad y la solidaridad de la doctrina social de la Iglesia una forma de acompañar ese sueño: ayudar a las familias a salir adelante con su propio esfuerzo y estar cerca de quienes necesitan más apoyo.
Me ilusiona una colaboración donde las empresas privadas desarrollen viviendas y compitan en calidad y precio; los trabajadores aporten su esfuerzo y conocimiento; los bancos faciliten el crédito; y el Estado apoye a quienes necesitan ayuda para comprar.
Ese esfuerzo también lleva sustento a muchos hogares. Está el albañil, el plomero, el electricista, el transportista que entrega materiales, la ferretería que mantiene varios empleos y la fonda que prepara el almuerzo de los obreros. La casa que una familia sueña representa trabajo para muchas otras.
Recibo con esperanza el AbonoPaTi, la exoneración del ITBI aplicable a viviendas nuevas y el nuevo régimen de intereses preferenciales. El MEF anunció una previsión de 30 millones de dólares anuales para AbonoPaTi, con la que espera apoyar unas 10,000 viviendas. Me alegra ese paso y quisiera que pudiera alcanzar a muchas más familias.
Esa esperanza necesita confianza. Que el Estado pague a los bancos los subsidios que les corresponden, y lo haga al día, ayuda a sostener el financiamiento. Detrás de esos compromisos hay miles de familias haciendo planes para mudarse.
También pienso en quienes trabajan en la informalidad y, aun teniendo suficientes ingresos, encuentran dificultades para obtener una hipoteca. Hace unos años visité a mis amigos que desarrollan vivienda social en Perú. Conocí programas que permiten a las familias demostrar su capacidad de pago ahorrando mes a mes antes de acceder a una casa. Me da esperanza saber que existen otros caminos. Allí veo una oportunidad para nuestros bancos, especialmente los estatales, cuya función social puede ir de la mano con el cuidado de los recursos que administran.
La tranquilidad requiere una casa segura, servicios que funcionen y un barrio que podamos cuidar juntos. La alegría de recibir las llaves merece durar más allá del primer día.
Quizás por eso relaciono la vivienda propia con la paz social. Pienso en conocer a los vecinos, cuidar juntos el parque y ver crecer a los niños del barrio. En sentir que uno tiene un lugar y algo que cuidar.
Al final, vuelvo a esa familia frente a su puerta. A las llaves en la mano. A todo lo que costó llegar hasta allí.
Y a la emoción de poder decir: “Estamos en nuestra casa”.
El autor es empresario.

