Hoy, 2 de octubre, es el Día Internacional de la No Violencia. Al escribir mi artículo semanal de todos los viernes, quise reflexionar sobre qué entendemos realmente por violencia.
Durante muchos años, cuando escuchaba esa palabra, pensaba principalmente en golpes, guerras, asesinatos o agresiones físicas. Con el tiempo he comprendido que existen otras formas de violencia que pueden causar heridas profundas sin dejar una sola marca sobre la piel.
Hay violencia visible e invisible.
La primera la reconocemos con mayor facilidad: un golpe, una agresión sexual, el abuso de un niño, la violencia doméstica o, en su expresión más extrema contra una mujer, el femicidio.
Las cifras deberían estremecernos. Según datos recientes del Ministerio Público, entre 2023 y lo transcurrido de 2026 se han presentado en Panamá 29,416 denuncias por delitos contra la libertad e integridad sexual, correspondientes a 30,786 víctimas. Cerca de nueve de cada diez son mujeres. Solo en 2025 se registraron 8,318 víctimas, unas 23 diarias.
Pero existe también una violencia que muchas veces no sabemos reconocer porque no deja moretones y que, quizás en la mayoría de las ocasiones, ni siquiera se denuncia.
Está en la humillación, el desprecio, la intimidación, los gritos, las amenazas, el control, el aislamiento, la agresividad pasiva y la manipulación. Hoy hablamos incluso de gaslighting, que ocurre cuando una persona manipula reiteradamente a otra hasta hacerla dudar de lo que vio, sintió o vivió.
También podemos destruir con nuestras palabras. El apóstol Santiago nos recuerda algo incómodo: “Con ella bendecimos al Señor y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, creados a semejanza de Dios”.
Cuando hablamos de violencia, resulta fácil dividir el mundo entre víctimas y agresores. La vida, sin embargo, suele ser más compleja.
Hemos sido víctimas y hemos sido agresores.
Somos humanos. Nos han herido y también hemos herido. Nos han humillado y probablemente alguna vez, quizás sin intención, hemos humillado. Hemos sentido el peso de la indiferencia y también hemos mirado hacia otro lado.
No debemos pensar que la violencia verbal es siempre menor que la física. Una palabra puede destruir la autoestima, quebrar una relación y acompañar a una persona durante toda su vida. Jesús nos enseñó que la ira, el insulto y el desprecio hacia el hermano tampoco son asuntos insignificantes.
Esto no significa equiparar todas las formas de violencia. Una agresión física, un abuso sexual o un femicidio tienen consecuencias y niveles de gravedad distintos. Significa reconocer que la violencia no es únicamente un problema de los demás ni comienza necesariamente con un golpe.
Quizás el examen más difícil comienza dentro de nosotros mismos y en nuestra propia casa.
¿Cómo tratamos a nuestro cónyuge cuando estamos molestos? ¿Gritamos? ¿Humillamos? ¿Despreciamos? ¿Manipulamos? ¿Utilizamos el silencio para castigar? ¿Queremos siempre tener la razón? ¿Somos capaces de reconocer cuándo hemos hecho daño y de pedir perdón?
Santa Teresa de Calcuta lo resumió de manera extraordinariamente sencilla: “El amor comienza en casa”.
Si queremos construir una sociedad menos violenta, quizás debamos comenzar precisamente allí: con nuestro cónyuge, nuestros hijos, nuestros padres y las personas con quienes compartimos la vida.
Y quienes somos católicos tenemos la obligación de mirar nuestra propia casa.
Las recientes informaciones sobre abusos sexuales conocidos por la Arquidiócesis de Panamá son dolorosas. La Arquidiócesis ha pedido perdón y los casos examinados nos recuerdan que ninguna institución formada por seres humanos está libre del pecado, del error ni de la obligación de rendir cuentas.
Defender nuestra fe no significa defender lo indefendible.
Un sacerdote que abusa de un menor traiciona aquello que representa y contradice frontalmente el Evangelio. Debe responder ante la justicia con todo el rigor de la ley. Jesús mismo utilizó palabras durísimas cuando habló de quien escandaliza a uno de los pequeños.
Las víctimas deben ser escuchadas y los casos, investigados. Además, deben existir mecanismos eficaces para evitar que estos hechos vuelvan a suceder.
Pero buscar la verdad también exige comprender la dimensión completa del problema. El abuso sexual no es exclusivo de la Iglesia católica. Ocurre dentro de familias, escuelas, instituciones y comunidades de prácticamente todas las sociedades. Las decenas de miles de víctimas registradas recientemente en Panamá deberían impedirnos mirar este drama exclusivamente a través de una institución.
Comparar sirve para dimensionar, nunca para justificar. Un solo abuso es demasiado.
Defender nuestra fe no consiste en negar los pecados cometidos por algunos de sus miembros, sino en reconocerlos y preguntarnos qué enseña realmente esa fe.
El cristianismo coloca en el centro la dignidad de cada ser humano, especialmente la del más vulnerable. Nos habla de justicia, misericordia, verdad, reconciliación y perdón. “Bienaventurados los que trabajan por la paz”, nos dice Jesús.
San Francisco de Asís hizo de la paz y la fraternidad una forma de vida. San Óscar Romero rechazó la violencia en medio de una sociedad desgarrada por ella. San Juan Pablo II, después de sobrevivir al atentado contra su vida en 1981, perdonó al hombre que intentó asesinarlo y posteriormente fue a visitarlo a prisión.
Pero perdonar no significa justificar, olvidar ni encubrir. Tampoco significa permitir que alguien continúe haciendo daño.
Podemos perdonar y al mismo tiempo decir la verdad, exigir justicia, proteger a las víctimas y procurar que aquello no vuelva a repetirse.
Entonces, ¿qué podemos hacer para disminuir la violencia?
Debemos atrevernos también a buscar sus raíces. Detrás puede haber heridas emocionales, traumas, adicciones, dificultades para manejar la ira o patrones aprendidos desde la infancia que necesitan ser atendidos. Comprender esas causas nunca significa justificar una agresión ni disminuir la responsabilidad de quien la comete. Significa intentar romper el ciclo.
Por eso debemos perder el miedo a buscar ayuda profesional. Psicólogos, psiquiatras y terapeutas pueden ayudarnos a reconocer conductas que nosotros mismos quizás no alcanzamos a ver, comprender de dónde vienen y aprender maneras diferentes de relacionarnos.
Lo digo desde mi propia experiencia. Yo he necesitado ayuda profesional para enfrentar momentos difíciles de mi vida y sé que, sin ella, difícilmente estaría saliendo adelante. Pedir ayuda no nos hace más débiles. A veces es el primer paso para dejar de hacernos daño y dejar de hacérselo a quienes amamos.
Podemos educar a nuestros hijos en el respeto, enseñarles a manejar la ira y a resolver diferencias sin destruir al otro; escuchar a quien denuncia un abuso; romper el silencio; reconocer señales de control, manipulación y violencia emocional; y crear mecanismos efectivos de protección en nuestras escuelas, iglesias, empresas y organizaciones.
Y cuando descubramos que solos no podemos cambiar determinados comportamientos, debemos tener la humildad de buscar ayuda.
Pero quizás lo más difícil sea comenzar por nosotros mismos.
A mis 61 años he comprendido que la no violencia significa mucho más que nunca levantarle la mano a otra persona. También significa preguntarme cómo hablo cuando estoy molesto, cómo discuto, cómo ejerzo autoridad, cómo trato a mi esposa, a mis hijos, a mis amigos, a quienes trabajan conmigo y a quien piensa diferente.
¿A quién he podido herir? ¿A quién debo pedir perdón? ¿A quién necesito perdonar?
No podemos cambiar solos el mundo entero. Pero sí podemos transformar el pequeño mundo que nos rodea: nuestro matrimonio, nuestra familia, nuestro trabajo, nuestra Iglesia y nuestra comunidad.
Cristo nos dejó una regla extraordinariamente sencilla y tremendamente difícil de vivir: amar al prójimo como a nosotros mismos.
La no violencia cristiana no consiste solamente en no hacer el mal. Nos exige algo mucho mayor: hacer el bien.
San Pablo lo expresó en pocas palabras: “No te dejes vencer por el mal, antes bien vence al mal con el bien”.
Quizás no podamos acabar solos con toda la violencia del mundo. Pero sí podemos comenzar hoy disminuyendo la que nace de nosotros mismos.
Y podemos empezar por casa.
El autor es empresario, consultor y caballero de la Orden de Malta.

