A mis 92 años, he descubierto algo que jamás imaginé: que la inteligencia artificial podía convertirse en una divertida compañera de entretenimiento. Y lo mejor es que no se cansa, no protesta y tiene una paciencia que ya quisieran muchos seres humanos.
Todo comenzó cuando se me ocurrió pedirle que utilizara mi fotografía para crear una colección de saludos destinados a mis familiares y amigos. Aparecí deseando buenos días y buenas noches, felicitando cumpleaños, enviando bendiciones y hasta expresando condolencias.
Después quise cambiar de vestuario. Pedí una guayabera, una camisa deportiva y un suéter elegante con la bandera panameña y el símbolo de la justicia. En cuestión de segundos, tenía un guardarropa completo, sin visitar una tienda, sin pagarle al sastre y, lo más importante, ¡sin que ninguna prenda me quedara estrecha!
Pero hubo un pequeño inconveniente. La inteligencia artificial decidió rodear mi figura con una silueta blanca que me hacía parecer El Santo, aquel personaje de televisión. Tuve que decirle que no tenía intención de convertirme en protagonista de una serie. A estas alturas de mi vida, bastante tengo con interpretar mi propio personaje.
Y así, entre fotografías, ocurrencias y carcajadas, comprendí algo que merece compartirse.
La vejez no nos quita necesariamente las ganas de divertirnos. A veces somos nosotros quienes, equivocadamente, renunciamos a ellas.
Existe la creencia de que cada edad tiene sus diversiones y que, al llegar a la vejez, debemos conformarnos con recordar las que disfrutamos cuando éramos jóvenes. ¡Qué disparate! Los recuerdos son maravillosos, pero no sustituyen las experiencias que todavía podemos vivir.
La curiosidad no tiene fecha de vencimiento. Tampoco el buen humor. Podemos perder velocidad al caminar, necesitar anteojos para leer y olvidar dónde dejamos las llaves, pero eso no significa que debamos perder la capacidad de sorprendernos.
Por supuesto, la inteligencia artificial no es infalible. Se equivoca, inventa respuestas y algunas veces parece hablar con la seguridad de quien lo sabe todo, aunque no tenga la menor idea. En ese aspecto, se parece bastante a ciertos seres humanos que he conocido durante mi larga vida profesional.
Por eso conviene utilizarla con inteligencia natural, que sigue siendo indispensable.
Lo verdaderamente importante no es la tecnología en sí, sino lo que hacemos con ella. Puede ayudarnos a aprender, escribir, comunicarnos, ejercitar la mente y descubrir posibilidades que antes ni siquiera imaginábamos.
Y también puede proporcionarnos algo tan sencillo y valioso como una buena carcajada.
He llegado a una conclusión: envejecer es inevitable, pero aburrirse no es obligatorio. No podemos detener el calendario, pero sí impedir que sus páginas nos arrebaten el entusiasmo por vivir.
La juventud tiene muchas ventajas, pero la vejez también posee una extraordinaria: la libertad de tomarnos algunas cosas con menos solemnidad y de reírnos, incluso, de nosotros mismos.
La inteligencia artificial no me ha devuelto los años de juventud, pero me ha regalado nuevas maneras de disfrutar los que todavía tengo.
Y eso, créanme, ya es bastante.
Porque a estas alturas de la vida he descubierto que todavía puedo estrenar ropa sin comprarla, viajar con la imaginación y hacer nuevas travesuras sin salir de casa.
¡Y pensar que algunos creen que a nuestra edad ya no estamos para inventar!
El autor es exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia.


