La RAE define escuchar como “prestar atención a lo que se oye”. En muchos espacios de capacitación sobre comunicación se distingue entre oír y escuchar: oír se describe como percibir un sonido, mientras que escuchar implica interpretar el lenguaje y otorgar significado a ese sonido. Esto último exige un esfuerzo físico y mental de atención.

Hoy, más que nunca, se nos pide escuchar:

  • A los niños que parecen ser más “escuchados” y gratificados por la pantalla del celular, la tableta o dispositivos similares. Dejamos de escucharlos y su voz se pierde en el silencio del ensimismamiento frente a la pantalla.

  • Al adolescente que carga múltiples temas en su cabeza, incluso pensamientos intrusivos, pues ha sido víctima de acoso, pero cuyos padres, entre el trabajo y las obligaciones, no encuentran tiempo para atenderlo.

  • A la esposa o al esposo que desea hablar con su pareja, pero la rutina ha deteriorado ese espacio de conversación; incluso el uso excesivo de las redes sociales reduce el tiempo de diálogo.

  • A los trabajadores que quieren aportar a la productividad de su empresa, pero algunos supervisores y jefes “tóxicos” —según la jerga actual— no los escuchan ni les prestan atención.

  • A los supervisores y jefes que se preocupan por la salud integral de sus trabajadores, pero estos no comprenden ni atienden las acciones que se realizan en su propio beneficio.

  • Al vecino que saluda y se preocupa por la barriada, pero cuyo interés no es compartido por el resto de los residentes.

  • A algunos líderes políticos que intentan hacer las cosas bien, pero se ven sobrepasados por otros que actúan en función de intereses particulares o grupales y no del bien común.

  • A las comunidades que demandan los servicios públicos que deben recibir de las autoridades electas o designadas, quienes a veces olvidan que son servidores públicos y que se deben al pueblo.

  • A los jóvenes que no reciben el espacio que merecen, porque expertos y “todólogos” diseñan programas de empleabilidad que no responden a sus necesidades reales o crean carreras que no se alinean con las proyecciones de emprendimiento o del mercado laboral.

  • A los estudiantes de primaria y secundaria que demandan una educación que cumpla con el mandato de ser gratuita y accesible, en condiciones de equidad e igualdad; una educación que incorpore los avances de la inteligencia artificial, pero que no se divorcie del contexto sociocultural e histórico en el que viven.

  • A los estudiantes universitarios que piden profesores actualizados y comprometidos con el proceso de aprendizaje.

  • A los profesores universitarios que preparan sus clases y se mantienen en formación continua, pero encuentran jóvenes que trabajan bajo la ley del menor esfuerzo, cuyos trabajos, en ocasiones, son producto de la inteligencia artificial y no de su pensamiento crítico y su análisis.

  • A las mujeres que siguen siendo tratadas con desigualdad y falta de equidad; incluso en entrevistas laborales se les pregunta si están embarazadas, cuántos hijos tienen o piensan tener.

  • A los campesinos que viven al día y necesitan programas de apoyo para desarrollar sus actividades de subsistencia y comercializar sus productos.

  • A la casa común, que nos habla desde hace años y a la que no prestamos atención: seguimos construyendo sin planificación, eliminando áreas verdes y tirando basura donde no corresponde. El pasado 9 de octubre, “la tierra, nuestra casa común”, no habló: gritó fuerte. ¿La vamos a escuchar?

  • A Dios, que nos recuerda y nos recordó en estos últimos días: “Aquí estoy a tu lado”.

Tú que lees, ¿me escuchaste? No por mí, sino para que lo que comparto te permita reflexionar sobre si realmente estás escuchando a las personas a tu alrededor: a tu familia, a tus amigos y a otras personas importantes. Sin olvidar que tú también necesitas y mereces la oportunidad de ser escuchado.

El autor es consultor laboral.