Las plantas representan uno de los mayores tesoros vivos de la naturaleza panameña. Hablar y divulgar sobre las plantas en Panamá es de suma importancia por el grado de concienciación que debemos tener sobre ellas. Se estima que el 80% de la biomasa o peso de materia viva existente pertenece a las plantas. Por esa razón, nuestro planeta puede observarse desde el espacio con grandes superficies de color verde (bosques) y azul (agua), aunque otros colores, correspondientes a zonas desérticas y ciudades, ocupan cada vez más superficie. En Panamá podemos observarlo fácilmente si nos desplazamos por carretera desde Yaviza hasta Paso Canoas, recorrido que atraviesa zonas extensas de poblaciones que se entremezclan con superficies de cultivos, arbustos, pastizales, viveros, bosques y parques, entre otras superficies vegetales.
El hecho de que hoy conozcamos que existen especies de plantas en peligro de extinción nos debe preocupar como sociedad. No existe un patrimonio más importante para nosotros que la diversidad de seres vivos y, en especial, de las plantas, que son claves para nuestra vida. Perder una especie de planta es perder un posible eslabón requerido para curar una importante enfermedad o una alternativa alimenticia para la población humana que tanto lo requiere.
La importancia de las plantas para la humanidad y la vida en el planeta Tierra radica en el papel fundamental que desempeñan dentro de nuestros ecosistemas y agroecosistemas. Estos organismos vivientes están relacionados con la fotosíntesis, proceso por el cual se les conoce como “devoradoras de luz”, como lo cita en su libro de 2024 la periodista Zoë Schlanger, quien presenta un interesante punto de vista de las plantas como seres inteligentes, desde una óptica diferente a la tradicional perspectiva antropocéntrica.
Las plantas son productores primarios dentro de las cadenas alimenticias de los ecosistemas del planeta porque transforman la luz solar, el agua y el dióxido de carbono en glucosa y oxígeno, esenciales para la vida del resto de la cadena. Nuestra sociedad no puede producir de manera independiente estos productos, al menos por el momento, por lo cual somos completamente dependientes de las plantas. Las plantas, además de alimentos, nos proveen de medicinas, ornamentos y diversas materias primas para las industrias de las cuales dependemos como sociedad.
Dentro de los ecosistemas de nuestro planeta, millones de vidas dependen de las plantas, entre ellas las de microorganismos, vertebrados, invertebrados y otras plantas. Por otro lado, las plantas también dependen de animales y condiciones ambientales que permitan su polinización y desarrollo adecuado. Pero, sobre todo, en este momento dependen de las decisiones humanas que se tomen en cuanto a su protección, incluido el marco legal establecido en nuestro país para dicho fin.
En Panamá dependemos de las plantas para nuestra alimentación, como ocurre con el arroz, los frijoles y el maíz, por ejemplo. Incluso los animales de cría de los cuales nos servimos para la producción de carne, leche y otros derivados dependen de las plantas, que son materia prima básica para sus dietas alimenticias.
Son las plantas que conforman la cuenca del Canal de Panamá las que contribuyen a mantener las condiciones requeridas para el funcionamiento de esta vía interoceánica, vital para el comercio internacional. Las plantas tienen una gran versatilidad para protegerse: además de espinas y otras estructuras de protección, pueden crear sus propias armas químicas, conocidas como metabolitos secundarios, que tienen funciones como repeler artrópodos considerados plagas y atraer a sus enemigos naturales.
En un mundo que sufre un galopante cambio climático que nos afecta a todos, las plantas se transforman en nuestro mejor aliado para la resiliencia y sostenibilidad de los ecosistemas de los cuales dependemos. Es por esa razón que todos los entes públicos y privados de nuestro país tienen una gran responsabilidad social y ecológica con las plantas, porque nuestro país está pintado de verde como símbolo de soberanía y progreso.
El autor es profesor especial de la Universidad de Panamá/Centro Regional Universitario de Los Santos.

