Entramos al mes de la Patria. Noviembre guarda las fechas que, una y otra vez cada año, recuerdan las gestas de patriotas que hicieron la república, no en un día, ni en un año, tampoco en el fragor de una batalla o sin ellas. La Patria no se termina de hacer y en ese crecimiento hay que acompañarla con celo y firmeza, con valor y entereza, con dignidad y honor.
Ella enfrenta enemigos dentro y fuera, nacidos en ella y nacidos allende mares y montes, hombres y mujeres que buscan su enriquecimiento ilegal y cruel en sus instituciones, o arbitrario y cruento, con mentiras enunciadas repetidamente sin temores para justificar secuestros e invasiones, asalto y robo de sus propiedades y sus fronteras, de sus riquezas naturales y las que construye cada día con responsable tenacidad y visión. Las riquezas de su geografía —sus bosques, aguas y minerales— y las de su posición en el istmo, en el continente y en el mundo.
El espectáculo hoy no es para celebrar, pero sirve para recordarles a los malos panameños que el patriotismo es efímero cuando se luce la bandera de la Patria en autos o en barcos y aviones, o en astas cansadas de llevarla agotada y vilipendiada, en edificios donde cohabitan quienes la violan y maltratan cada vez que lo hacen con sus ciudadanos más humildes. Recordarles cada vez que le roban horas de descanso, estudio y aprendizaje a sus hijos más vulnerables, cuando el campesino y el indígena mueren de enfermedades por hambre o por diarrea, por neumonía o infecciones para las cuales no hay vacunas porque sus dineros van a otras arcas de elegidos, que se montan en promesas falsas cada cinco años para ser elegidos a cargos inmerecidos y en amores con el asalto al erario y abrazos a la corrupción.
Es de una insolencia intratable que una Asamblea creada para hacer leyes que favorezcan vivir en paz y comunidad se haya convertido en una para hacer legal la inmoralidad. Trasladar partidas sensibles para la salud y la educación de los ciudadanos, o para crear más de 8,300 puestos de trabajo y un gasto mensual de 13.2 millones de balboas en salarios de empleados que no caben o no existen, lo reclaman las banderas que se mecen en el cerro Ancón, en la Asamblea Nacional, en la Presidencia de la República, en las instituciones públicas, en los autos que no pagan impuestos de introducción porque se necesitan para lucir prepotencia y dar bofetadas a quienes son patriotas 365 días al año y no solamente en los primeros días del mes de noviembre de cada año.
El asalto no tiene ni siquiera necesidad de la oscuridad. Se ha hecho en el pasado, porque hay diputados que se jactan de su largo estacionamiento en la Asamblea y otros que se constituyen en sus alumnos distinguidos y sus testaferros más preciados. Crear planillas robustas numéricamente y con salarios que no pueden probar su justeza, donde la Contraloría no llega y la Procuraduría tiene el paso vedado, para que luego sus creadores sean los beneficiarios del retorno de porcentajes de esos salarios, es un mecanismo engrasado todo el año y que debiera ser paso expedito para vestirlos de rayas horizontales y gorra de iguales colores y diseños, detrás de rejas y barrotes. Lograr esto sería una forma de honrar la Patria todo el año.
La Patria reclama este mes de noviembre fortalecer sus sistemas públicos y esto solo lo logra una conducta ética y una estructura que cuide los sistemas con esa fortaleza moral. Es el momento de que los buenos funcionarios creen la confianza necesaria en la función pública, y eso comienza reparando los daños hechos a ella. Esto no se hace con solo decirlo, sino con las actuaciones de todos los días, visibles con transparencia, auditables y centradas en el bien público. La lealtad se les debe a los ciudadanos, sin ganancias calculadas y mediante un constante esfuerzo. Este debe ser el juramento a la Patria que queremos oír y no solo un ondear de banderas como quien ondea al viento, para que el viento decida su dirección y su fuerza.
El autor es médico neonatólogo y pediatra.


