¿Para qué sirve la ONU cuando las guerras en Oriente Medio siguen como si nada? A estas alturas, uno no sabe si estamos ante el organismo encargado de preservar la paz mundial o ante una gigantesca sala de reuniones con aire acondicionado, traductores simultáneos y viáticos.

Cada septiembre se repite el ritual: presidentes, primeros ministros, cancilleres y toda la fauna diplomática aterrizan en Nueva York para hablar de la paz, la democracia, los derechos humanos y el futuro de la humanidad. Después salen de la sala, se suben a sus carros oficiales y la humanidad sigue exactamente donde estaba.

Es el famoso “porque te quiero, te aporreo”, pero con corbata, protocolo y bandera.

Y no falta el paseo por la Gran Manzana. Porque una cosa es venir a salvar al mundo y otra muy distinta perderse la oportunidad de hacer un poco de shopping en Nueva York, naturalmente con cargo a los pueblos organizados en esa noble institución llamada Naciones Unidas. Para eso sí parece haber presupuesto.

Mientras tanto, en Oriente Medio las bombas no respetan resoluciones, las guerras no leen comunicados y los muertos no esperan a que termine la próxima cumbre.

Y el espectáculo tiene sus protagonistas: por un lado, el presidente de la nación más poderosa del mundo; por el otro, una mujer que hasta llegó con la particularidad de entregarle camiones blindados de oro. Uno ya no sabe si está viendo la Asamblea General de la ONU, una película de James Bond o una edición internacional de “La vida te da sorpresas”.

La pregunta incómoda es sencilla: ¿cuánto cuesta todo este espectáculo y cuánto realmente produce en paz?

Porque si las Naciones Unidas fueran una empresa privada, hace rato algún accionista estaría preguntando por los resultados.

Pero como la cuenta la pagan los pueblos, la función continúa.

Bienvenidos a Nueva York: donde se reúne el mundo para hablar de cómo arreglar el mundo… y después el mundo sigue igual.

El autor es abogado.