Leí un artículo que circulaba por las redes cuyo autor es el destacado escritor y semiólogo Rafael Ruiloba, catedrático de la Universidad de Panamá. Se titula: La Odisea de Homero y las falsificaciones de una película exitosa. Con el permiso del profesor Ruiloba quiero comentar este artículo, después de ver la película La Odisea, de Christopher Nolan, que no deja de ser una extraordinaria producción.
La película merece una mirada apreciativa y el artículo de Ruiloba una lectura pausada reflexiva. Ruiloba sugiere que la epopeya homérica es un tapiz tejido por manos femeninas. Desde la invocación a Calíope, la musa de la épica, pasando por la imagen de su madre, Anticlea que le ruega que ascienda hacia la luz y le dice que su esposa lo espera, hasta el último reconocimiento de Penélope, el héroe no avanza ni un paso sin el consejo, la magia o la clemencia de una mujer.
El héroe mítico no es nada sin la presencia femenina: la ninfa Calipso le da refugio en la isla Ogigia; Ino le presta su velo; Nausícaa, la princesa de los feaceos, y Areté, la madre de Nausícaa, lo acogen en Esqueria; Circe le descubre el mapa del Hades; la nodriza Euriclea reconoce la cicatriz, y Atenea, omnipresente, teje cada coincidencia para que el regreso sea posible. Algunos de estos personajes femeninos no aparecen en la película. Con precisión filológica y claridad intelectual, Ruiloba numera estos encuentros.
Rafael Ruiloba observa un gesto de modernidad vacía en la adaptación cinematográfica, es decir, un cambio en la apariencia de los personajes o en la estética de la historia original: Helena de Troya, la mujer más hermosa de Grecia, prima de Penélope, que teje y desteje el sudario funerario para su suegro, Laertes, es una mujer negra. Parece que el director ha decidido elegir el color negro de la piel de Helena, tal vez para satisfacer ideas feministas o imprimir una perspectiva racial a la cinta, algo típico en la actualidad; este gesto sustituye la sabiduría práctica de las diosas.
Pongamos un grado de dificultad en la trama: Si es cierto que han suprimido a Ino, a Nausícaa, a Areté y a Eidotea, y si han reducido a Circe a una bruja de cuento medieval, donde solo hizo falta que saliera Merlín, dice Ruiloba con ironía, entonces la crítica es certera: el viaje de Odiseo se queda sin brújula.
El autor del artículo observa que los guionistas han preferido “complacer ideas feministas contemporáneas” antes que atender al feminismo originario del texto. El poema original de Homero no necesita que le añadan empoderamiento (palabra realmente tediosa) porque ya lo tiene y se refleja desde las acciones de los personajes femeninos.
Penélope es la inteligencia estratega que sostiene el reino durante veinte años. Atenea es la diosa que elige a un mortal y lo moldea con su astucia. Incluso la nodriza Euriclea, en el punto crucial de la crisis, mientras los pretendientes rondan a Penélope, y es tomada con la mano derecha de Ulises, en un gesto casi de violencia, deja un espacio donde aparecen sentimientos, ideas, personajes y memorias.
En la obra de Homero, casi todos los instantes existenciales están custodiados por mujeres: Euriclea, Penélope, la propia Atenea. Suprimirlos es como arrancar las páginas centrales del poema. Adaptar obras como esta al cine, es un verdadero desafío, sobre todo cuando son relatos épicos. Hay que recordar que el cine no es literatura; es un arte de síntesis, de edición y de imagen. Lo que falla es la dirección de la mirada: si el realizador se fija solo en la épica viril y descuida la red femenina que la sostiene, convierte a Ulises en un héroe solitario, cuando en Homero es, ante todo, un héroe acompañado y el acompañamiento es femenino.
Quiero citar un párrafo del artículo de Ruiloba que merece leerse en voz alta: “En síntesis Ulises es un héroe porque hace todo lo que las mujeres le aconsejaron. Fue salvado por diosas y mujeres. Estas fuerzas femeninas lo guiaron y lo salvaron con su sabiduría y magia. Le permitieron tener éxito para sortear la tragedia, a los lotófagos devoradores de la memoria, a los lestrigones, gigantes caníbales, a Poseidón y a sus hijos: El cíclope, Escila y Caríbdis; a las sirenas, a las debilidades de sus hombres, que liberaron a los vientos y se comieron a las vacas del dios Sol, cuando Ulises estaba rendido por el cansancio”.
Rafael Ruiloba nos deja un mensaje implícito: la musa Calíope canta la historia porque la historia no existe sin ella. El cine olvida que la épica nace de una invocación a lo femenino. Nolan, sin menospreciar la estética de su estilo cinematográfico, quiso contar el relato de Odiseo, pero debió empezar por escuchar las voces femeninas que saben que el viaje de Ulises no es un periplo de hombres, sino un diálogo constante con diosas, hechiceras y reinas que, desde la primera línea, le susurran al oído: “Canta, oh Musa, de aquel varón ingenioso que anduvo errante largo tiempo, después de haber destruido la sagrada ciudad de Troya...”
El autor es escritor.
