Durante años hemos hablado de brecha generacional para explicar las diferencias en nuestra relación con la tecnología. Ocurrió con las computadoras, internet, los teléfonos inteligentes y las redes sociales. Ahora, frente a la inteligencia artificial, resulta tentador repetir la misma explicación: los jóvenes se adaptarán y los mayores quedarán rezagados.

No estoy convencido de que vaya a ocurrir así.

Datos de contrataciones de LinkedIn correspondientes a algunos de los roles más comunes relacionados con la inteligencia artificial en 2025 ofrecen una fotografía interesante. La generación Z tiene una participación dominante en posiciones técnicas, como ingeniería de IA e implementación. Sin embargo, en cargos de dirección, los mileniales concentran la mayor participación y la generación X adquiere una presencia considerable.

No debería sorprendernos. Construir tecnología y dirigir su incorporación dentro de una organización requieren capacidades diferentes.

Pero detrás de esos números aparece una discusión mucho más importante que determinar qué generación está ganando la carrera de la inteligencia artificial.

Quizás estamos observando el comienzo de una nueva división del mercado laboral. Y esta vez la frontera no estará determinada necesariamente por la edad.

Durante buena parte de nuestra vida profesional funcionó una ecuación relativamente estable: educación, especialización y experiencia producían progresivamente mayor valor profesional. Una persona acumulaba conocimiento durante décadas y ese conocimiento constituía parte importante de su ventaja competitiva.

La inteligencia artificial está alterando esa ecuación.

Hoy alguien con menos experiencia, pero capaz de utilizar adecuadamente sistemas de IA, puede investigar, analizar información, programar, documentar, comparar escenarios y producir resultados a una velocidad que hace pocos años habría requerido varias personas o mucho más tiempo.

Podríamos concluir que la experiencia está perdiendo valor. Creo exactamente lo contrario.

Lo que pierde valor es la experiencia que no evoluciona.

Un profesional con veinte o treinta años de trayectoria posee algo que ningún curso acelerado proporciona fácilmente: contexto. Ha visto decisiones acertadas y equivocadas, conoce sus consecuencias, reconoce patrones, comprende las dinámicas humanas y, sobre todo, ha desarrollado criterio.

Si incorpora la inteligencia artificial a esas capacidades, no comienza desde cero. Multiplica una base de conocimiento construida durante décadas.

Por eso es equivocada la narrativa que presenta la IA exclusivamente como territorio de los jóvenes. Ser nativo digital no significa automáticamente saber utilizarla para resolver problemas complejos. De la misma manera, tener 50, 60 o más años tampoco convierte automáticamente a alguien en obsoleto.

La variable decisiva será la capacidad de adaptación.

Dos profesionales con formación, experiencia y edad similares pueden comenzar a separarse rápidamente. Uno continúa trabajando mediante los métodos que ha utilizado durante años. El otro incorpora la IA para investigar mejor, automatizar tareas, contrastar información, generar alternativas y ampliar su capacidad de análisis.

Inicialmente, la diferencia puede parecer pequeña. Con el tiempo puede convertirse en un abismo.

Esto también obliga a las organizaciones a revisar sus políticas de talento. Concentrar la inversión en IA exclusivamente en los empleados jóvenes sería desperdiciar enormes cantidades de conocimiento acumulado en profesionales experimentados que conocen procesos, clientes, regulaciones, riesgos y decisiones históricas.

No necesitamos convertir a cada trabajador en ingeniero de inteligencia artificial. Necesitamos que cada profesión descubra qué significa trabajar aumentada por ella.

Quizás, entonces, estamos formulando la pregunta equivocada al discutir qué generación dominará la inteligencia artificial.

La gran división laboral que puede producir la IA no será necesariamente entre jóvenes y mayores, ni siquiera entre personas y máquinas.

Podría ser entre quienes aprendieron a trabajar con inteligencia artificial y quienes decidieron continuar trabajando como si esta transformación no estuviera ocurriendo.

La edad no determinará de qué lado estaremos.

La decisión de adaptarnos, probablemente sí.

El autor es estratega en tecnología, innovación y transformación digital.