El 7 de octubre de 2023 comenzó como un día de celebración. En todo Israel, las familias se reunían para Shabat y para celebrar Simjat Torá. Miles de jóvenes bailaban durante toda la noche en el festival de música Nova. A las 6:29 de la mañana, los cohetes comenzaron a atravesar el cielo. En cuestión de minutos, la celebración se convirtió en horror.
Miles de terroristas de Hamás, fuertemente armados, invadieron Israel desde Gaza. Irrumpieron en comunidades pacíficas y masacraron a más de 1,200 personas inocentes. Padres fueron asesinados delante de sus hijos, y niños delante de sus padres. Familias enteras fueron quemadas dentro de sus hogares. Hombres y mujeres fueron víctimas de una violencia sexual indescriptible. En Nova, cientos de jóvenes fueron perseguidos a través de campos abiertos mientras huían desesperadamente para salvar sus vidas.
Al caer la noche, comunidades enteras habían quedado devastadas, familias habían sido destrozadas y 251 personas - desde bebés hasta ancianos, algunos de ellos ya muertos - habían sido secuestradas y llevadas a los oscuros túneles de Gaza. Después de largos y dolorosos combates, algunos rehenes regresaron a casa con vida. Otros fueron asesinados en cautiverio. Después de 843 días de angustia, los restos del último rehén fueron llevados a Israel para recibir sepultura en enero de 2026. Por primera vez, Israel conmemora el 7 de octubre habiendo cumplido su compromiso sagrado: traer de regreso a todos y cada uno de los rehenes, vivos y muertos.
Pero estos tres años también nos han mostrado algo más: la rapidez con la que la claridad moral del mundo puede desaparecer. En distintas ciudades del mundo se celebraron manifestaciones en las que se llegó a festejar la masacre. Algunas tuvieron lugar mientras los terroristas de Hamás todavía estaban asesinando civiles en territorio israelí. En muy poco tiempo, los rehenes desaparecieron de los titulares internacionales y, finalmente, de buena parte de la conciencia mundial.
El mundo en el que vivimos hoy habría sido difícil de imaginar antes del 7 de octubre. Durante estos tres años, los judíos de la diáspora han enfrentado una hostilidad abierta en ciudades que durante generaciones fueron consideradas seguras, mientras actos de terrorismo son cada vez más justificados o legitimados. Muchos judíos evitan mostrar públicamente símbolos de su identidad por temor. Empresas judías y empresas de propiedad israelí han sido objeto de campañas de boicot. La masacre no solo desencadenó violencia contra Israel y los israelíes. También contribuyó a normalizar el odio contra los judíos en distintas partes del mundo.
Al mismo tiempo, el panorama estratégico de Oriente Medio experimentó una transformación profunda. El 7 de octubre quedó al descubierto como el primer golpe de una campaña mucho más amplia, impulsada por el régimen islamista de Irán a través de su red de organizaciones terroristas aliadas: Hamás, Hezbolá, los hutíes y diversas milicias regionales. Todos ellos terminaron formando parte del enfrentamiento contra Israel.
Israel, sin embargo, logró imponerse en cada uno de estos frentes. La desarticulación de buena parte de la infraestructura militar de Hamás, los golpes contra el liderazgo y las capacidades de Hezbolá, las operaciones contra objetivos hutíes y, junto con Estados Unidos, los severos golpes infligidos al propio régimen iraní han modificado de manera significativa el equilibrio estratégico de la región.
Estas acciones han debilitado a algunas de las principales fuerzas responsables de la inestabilidad y la violencia regional, abriendo la posibilidad de un futuro basado en la seguridad, la cooperación y una paz verdadera.
Estos tres años también han demostrado algo fundamental: la fortaleza del espíritu israelí y la resiliencia del pueblo judío. Los ciudadanos de Israel se levantaron para defender sus hogares, recibir a los desplazados, acompañar a las familias que perdieron a sus seres queridos y mantener viva la promesa de que ningún rehén sería abandonado.
Cualquier balance honesto de estos tres años debe enfrentar la raíz del conflicto: las aspiraciones de Hamás, Hezbolá, el régimen iraní y su red internacional de destruir al Estado de Israel.
Tres años después, recordar verdaderamente el 7 de octubre exige mucho más que ceremonias y palabras. Exige determinación moral: rechazar el antisemitismo, negarse a glorificar el terrorismo y distinguir entre quienes deliberadamente atacan a civiles y los utilizan como escudos humanos, y un Estado de Israel que lucha para proteger a su población.
El 7 de octubre puso a Israel a prueba. Los tres años transcurridos desde entonces han puesto a prueba al mundo: su capacidad para distinguir entre quienes intencionadamente asesinan, violan, secuestran y aterrorizan a civiles, y quienes se ven obligados a defenderse.
El 7 de octubre reveló algo aún más profundo. Cuando el asesinato, la tortura y el abuso sexual de judíos pueden ser celebrados, justificados o negados, el antisemitismo deja de ser un problema confinado a Israel. Se extiende, se fortalece y termina envenenando a sociedades mucho más allá de sus fronteras.
Tres años después, la prueba moral sigue siendo la misma: ver el mal tal como es, llamarlo por su nombre y enfrentarlo sin excusas.
El autor es embajador de Israel en Panamá.


