La educación panameña recibió el pasado miércoles 12 de agosto su enésima herida de muerte: la renuncia de la ministra. Tan mala es la educación panameña y tal el deterioro del criterio ciudadano que algunos quieren vincular la salida de la periodista con su raza, su sexo o su profesión, pero no: ha sido, sin duda, la peor gestora de la educación panameña, superándose a sí misma respecto de su gestión de hace dos gobiernos.

El nuevo ministro será peor, lo dicen sus antecedentes políticos y judiciales. Ojalá le vaya bien, eso queremos todos, pero estas heridas sistemáticas y bien calculadas, asestadas por la política a la educación desde hace tiempo, van minando a la ciudadanía para convertirla en material humano barato y con hambre, que, con saber leer y escribir, sirva de mano de obra barata para el gobernador estadounidense en nuestro país y su jefe, Pete el Guerrero, que, nunca mejor dicho, va por Panamá como «Pedro por su casa».

No exagero cuando digo que nos encontramos en horas aciagas para nuestra educación: el nivel académico es cada día peor —tanto en la educación privada como en la pública—, la comprensión lectora es casi nula, la redacción es terrible —miren las redes— y no hablemos de los nuevos escritores, de los cuales salva a poquísimos la imperiosa necesidad de leer que tiene un escritor. Es vergonzoso lo que se sigue leyendo en las escuelas y la falta de respeto del Meduca y de MiCultura por las letras panameñas.

Vendrá noviembre y nos gastaremos la plata celebrando una patria que cada día existe menos, a la que vienen a defender los de afuera, esos que dicen que compraron el Canal por un dólar. Nos quieren comprando barato, con sueldos de miseria, y empiezan por la educación: «barriga llena, corazón contento», en lugar de alimentar el criterio. «Pensar no paga», dicen; «nosotros pensamos mejor que ustedes», insisten; «además, escribimos su historia más bonito que ustedes». Y nosotros nos lo creemos desde hace tiempo.

El autor es escritor.