Entré con una pregunta sencilla: “¿Puedo sustituir mantequilla por aceite de oliva en esta receta de pan de guineo?”. Una cosa llevó a la otra y, sin darme cuenta, terminé hablando sobre cómo redactar el mensaje perfecto para invitar a una amiga a degustarlo en mi casa.
Empecé buscando respuesta y estructura para una pregunta muy específica, pero algo diferente empezó a pasar: empecé a sentirme sostenida y escuchada sin juicio. Y, como un efecto dominó, recibí validación, entendimiento y permiso para aparecer como necesitara hacerlo en ese momento.
Todo esto empaquetado en una respuesta que, según lo que me indica mi monitor, tomó cuarenta y siete segundos: palabras tan empáticas y sensibles que se sienten humanas. Y me toma un momento recordar que no es un humano quien me está haciendo sentir así; es una máquina.
Hay algo particular en la arquitectura conversacional de estas herramientas: responden, anticipan y proponen. La conversación no necesariamente termina cuando recibes una respuesta, sino que se abren más preguntas, más necesidades y más inquietudes, algunas que ni siquiera vinieron de ti.
Y cuanto más humano suena ese intercambio, más fácil puede ser olvidar qué hay y qué no hay del otro lado de la pantalla.
Con su seductora manera de hablar, estas herramientas nos ofrecen un lugar bajo demanda, siempre disponible y con respuestas inmediatas. Aunque parezca superficial e inocente a primera vista, es allí donde se pueden empezar a satisfacer profundas necesidades humanas: compañía, guía, sostén, escucha, aceptación sin juicio y validación. Y así, podemos empezar a usarlas como confidentes, compañeras e incluso sustitutos relacionales.
El filósofo Zak Stein, fundador de la Coalición de Investigación Psicológica en IA, planteó una idea que me erizó la piel: si las redes sociales fueron construidas para captar nuestra atención, la inteligencia artificial puede estar entrando en un terreno todavía más íntimo, el de nuestra confianza y vulnerabilidad.
Esto nos obliga a hacernos una pregunta incómoda: ¿qué puede ocurrir cuando una herramienta tecnológica empieza a participar en espacios donde buscamos validación, conexión y pertenencia?
Una reciente encuesta de Common Sense Media reveló que alrededor del 72% de los adolescentes han usado la IA como un compañero al menos una vez y que alrededor del 52% la usa unas cuantas veces al mes.
Lo fácil sería tomar estas cifras y juzgar a las personas que la usan de esta manera. Lo fácil sería usar la vergüenza como una herramienta para “hacerles entrar en razón”. Lo fácil sería enumerar todos sus peligros y riesgos.
Afortunadamente, soy psicoterapeuta y rara vez me voy por el camino fácil.
Mi intención con el ensayo de hoy es un poco más sencilla, pero no por eso menos desafiante: activar la curiosidad.
Si las redes sociales encontraron terreno fértil en una atención ya fragmentada, quizás la IA está encontrando algo parecido en nuestros vínculos: relaciones que se sienten endebles y un sentido de pertenencia frágil, cuya existencia precede el origen de estos modelos.
Y es ahí donde quiero llevar nuestra atención.
No hacia las personas que usan la IA como compañía, guía o reemplazo en sus relaciones, sino hacia el malestar colectivo que ha creado un terreno fértil para usarla como sustituto relacional.
Hacia la epidemia de soledad, indiferencia, apatía y distancia emocional que nos está sacudiendo como humanidad. Hacia lo difícil que puede ser acceder a espacios de escucha y cuán costoso puede resultar. Hacia una deshumanización colectiva frente a la cual la arquitectura sofisticada de la IA, con su disponibilidad constante y certeza aparente, puede empezar a sentirse como medicina.
Quizás por eso me interesó tanto escribir sobre este tema. Sí, como una advertencia y una pequeña sacudida que nos invite a resistir ese vaivén conversacional que puede empezar a llenar un vacío emocional y relacional que ni siquiera sabíamos que estaba ahí.
Pero también como una llave hacia algo que ninguna máquina puede replicar por completo: lo profundamente medicinal que puede ser una conexión humana genuina.
Que alguien te escuche y que en su mirada encuentres compasión, permiso, amor y alivio. Que, al hablar sobre lo que te duele y permitirle a alguien ser testigo de eso, descubras que esa incomodidad también puede traer un alivio profundo.
Que, al atravesar esa fricción humana de tener que explicarte para que alguien te entienda y escuchar el titubeo de quien intenta descifrar cómo responderte, recuerdes algo profundamente humano: entendernos requiere esfuerzo, tiempo y paciencia.
Y que también descubras lo gratificante que puede ser convertirte en un espacio seguro para alguien más. Que, con tu simple presencia y escucha sin juicio, puedas ayudar a que alguien se sienta un poco más acompañado, un poco más visto y un poco más entendido.
Y que la vida es más linda cuando compartes ese pan de guineo con una persona de verdad, en un encuentro imperfecto y hermosamente humano.
La autora es psicoterapeuta y escritora.


