Robert Alexy fue una de las figuras más influyentes de la teoría y la filosofía jurídica contemporánea. Su obra articuló con excepcional profundidad la relación entre derecho, moral y razonamiento constitucional, ofreciendo un marco teórico que permite comprender el funcionamiento práctico de los derechos fundamentales en sistemas donde los jueces deben justificar decisiones ante conflictos complejos. Trascendió la rigidez del positivismo clásico y afirmó una concepción del derecho como práctica racional de argumentación.
El fallecimiento de Robert Alexy, ocurrido el 5 de septiembre de 2026 en Kiel, pocos días antes de cumplir 81 años, aparta de las aulas y de los debates a uno de los pensadores más relevantes de las últimas décadas. Nacido el 9 de septiembre de 1945 en Oldemburgo, dedicó su vida a demostrar que las normas no solo deben ser válidas formalmente, sino también justificables desde la razón práctica. Cuestionó el positivismo radical y defendió que el derecho contiene una pretensión interna de corrección y justicia.
Su Teoría de la argumentación jurídica (1978, a partir de su tesis doctoral de 1976), inspirada en la ética del discurso de Jürgen Habermas, propuso un modelo en el que las decisiones judiciales son el resultado de un discurso racional sometido a reglas de justificación. Con ello vinculó el derecho a la ética procedimental. Su Teoría de los derechos fundamentales (1985) transformó el constitucionalismo al distinguir entre reglas y principios y al desarrollar la fórmula del peso y la ley de la ponderación. Gracias a este enfoque, los derechos fundamentales pasaron a entenderse como mandatos de optimización.
Más tarde, en El concepto y la validez del derecho (1992), profundizó su no positivismo y el argumento de la injusticia inspirado en la fórmula de Radbruch: un derecho extremadamente injusto pierde validez jurídica. Estas tres obras constituyen los pilares de su sistema teórico y han sido traducidas a más de veinte idiomas.
Como profesor de la Universidad de Kiel hasta su retiro a finales de 2013 —y posteriormente Seniorprofessor—, su pensamiento alcanzó una proyección internacional extraordinaria. En 2010 recibió la Cruz de Mérito de Primera Clase de la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania y, desde 2002, fue miembro de la Academia de Ciencias de Gotinga. Recibió más de treinta doctorados honoris causa, la mayoría de ellos de universidades latinoamericanas, y su teoría de la ponderación y del principio de proporcionalidad se convirtió en herramienta fundamental de numerosos tribunales constitucionales, especialmente en América Latina, donde su influencia ha sido particularmente profunda. Formó una auténtica “escuela de Kiel” de filosofía del derecho. Resumir la vida de este distinguido académico en pocas líneas es una tarea casi imposible.
Más allá de su grandeza como filósofo del derecho, jurista, docente e investigador, prefiero recordar la dimensión humana que conocí personalmente. Como panameño, estaba acostumbrado a encontrarme con grandes juristas y docentes nacionales que, pese a su talento, cargaban con problemas de ego difíciles de ignorar. Con Alexy ocurrió exactamente lo contrario. A pesar de su prestigio internacional y su vasto conocimiento, me encontré con una persona de humildad excepcional, paciente y profundamente respetuosa con sus estudiantes.
Durante el tiempo que tuve la oportunidad de tratar con él, primero como estudiante de máster y, años más tarde, como investigador posdoctoral, se caracterizó por una forma de enseñar que nunca implicaba superioridad, sino acompañamiento. Su interés genuino era que el estudiante aprendiera, desarrollara pensamiento crítico y siguiera su propio camino. Era accesible, honesto y sereno; más que dispuesto a enseñar, estaba siempre dispuesto a ayudar y formar.
Fue un verdadero privilegio conocerlo y reencontrarme con él en Madrid, Roma, Génova y, en los últimos años, en Alemania. Siempre ofrecía un saludo sincero, una sonrisa tranquila y una actitud que reflejaba coherencia entre su obra y su vida. No solo escribió como vivió, sino que también vivió como escribió. Esa coherencia ética y humana, tan rara en el mundo académico, constituye quizá su legado más profundo.
Lamentablemente, su fallecimiento no recibió en las facultades de Derecho del país la atención que merecía. Mientras en el resto de Hispanoamérica se celebran homenajes, coloquios y relecturas de su obra, en Panamá apenas hubo pronunciamientos académicos o recordatorios que destacaran su figura. Este silencio invita a la reflexión.
Aunque diversas facultades de Derecho y Filosofía, especialmente en Europa y América, han lamentado su partida por la relevancia de su legado, en Panamá su despedida pasó casi inadvertida, salvo contadas excepciones. Esta ausencia dice mucho sobre el estado de nuestra academia y subraya la necesidad de repensar el lugar que debe ocupar la filosofía del derecho en nuestras facultades.
El autor es abogado, docente y doctor en Derecho.

