La Organización Panamericana de la Salud nació, en buena medida, por culpa de Panamá. Cuando en 1902 Theodore Roosevelt convocó a los delegados de las Américas para crear la Oficina Sanitaria Internacional, pesaban dos memorias frescas: los caídos por enfermedades tropicales en la guerra de Cuba y el fracaso francés en nuestro istmo, donde la fiebre amarilla y el paludismo diezmaron a los trabajadores de Lesseps.
Dos años después, cuando Estados Unidos inició su obra, fue el saneamiento de William Gorgas el que logró lo que las máquinas francesas no pudieron. Aquella oficina nació porque alguien entendió que la enfermedad impide el progreso de los pueblos y no respeta fronteras.
Ciento veinticuatro años después, quienes la crearon pretenden desmontarla. La solicitud presupuestaria estadounidense para 2027 propone eliminar los fondos a la OPS, calificándola junto a la OMS de organización corrupta. Lo digo con franqueza: en mis cuatro décadas dedicadas a la salud pública internacional, es de las decisiones más irresponsables que puedo concebir.
En agosto de 2025 el Ejecutivo intentó retener, mediante una maniobra presupuestaria, 45 millones de dólares destinados a la OPS. Casi un año después nada se ha consumado: el proceso sigue trabado por legisladores de ambos partidos y por la comunidad sanitaria estadounidense. Esa lentitud es la mala noticia y la buena a la vez: el desgaste ya ocurre aunque la ley no se apruebe, pero todavía hay tiempo de incidir.
El desgaste es medible. Estados Unidos aporta la mitad de las cuotas y adeuda unos 135 millones de dólares desde el año 2024. Para sobrevivir, la OPS recortó su presupuesto en 17% y reducirá sus plazas de 1,042 a unas 869. Se desmantela, a fuego lento, la primera línea de defensa sanitaria del hemisferio.
¿El pretexto? Se señala el programa brasileño Mais Médicos, mediante el cual, hace más de una década, médicos cubanos fueron reclutados para reforzar la atención sanitaria en Brasil: un acuerdo soberano entre dos Estados miembros que le pidieron a la OPS administrar los fondos. Nada más. La Organización hizo lo que sus miembros le encomendaron. Ahora, por razones políticas, se pone en riesgo toda la cooperación regional en salud.
Lo notable es que la alarma más fuerte no viene de la izquierda latinoamericana sino de Washington. Más de 100 exfuncionarios republicanos y demócratas acaban de firmar una carta abierta como Friends of PAHO. Andrew Natsios, republicano con cinco décadas de servicio público, lo resumió sin anestesia: destruir la OPS es la peor idea que circula hoy allí, porque las enfermedades no necesitan pasaporte.
Para Panamá esto no es un debate abstracto. El sarampión, que la región había eliminado en 2016, regresó con furia: 20,521 casos y 25 defunciones en dieciséis países en las primeras veinte semanas de 2026. Aquí tuvimos casos importados y rastreamos cientos de contactos. El dengue acumula más de un millón de casos sospechosos en las Américas este año; entre nosotros, diez muertes en el semestre. Y el Mundial acaba de mover millones de personas por el continente, vigilado por una OPS con menos manos.
¿Quién coordina entonces la vigilancia entre treinta y cinco países? ¿Quién negocia las vacunas que compramos mediante el Fondo Rotatorio? La OPS es lo único que queda en pie, en ausencia de USAID y CDC. Si desaparece, no habrá un vacío: habrá un espacio que otros ocuparán con gusto.
Precisamente porque el desenlace sigue abierto, esperar sentados sería un error. Panamá tiene una legitimidad que pocos poseen: aquí se demostró que sin salud pública no hay obra ni comercio. Nuestra Cancillería debería articular, con Centroamérica y el Caribe, una posición regional firme. Y deberíamos pagar puntualmente nuestras cuotas: también hay morosos entre nosotros.
Defender la OPS no es nostalgia multilateral: es defensa propia, ya que los mosquitos y los virus no leen presupuestos ni piden visa.
El autor es médico salubrista.


