Panamá vive el estreno de una nueva etapa en la conducción del Ministerio de Educación. No corresponde atribuir a quien apenas comienza errores acumulados durante años, pero sí existe una oportunidad que no debería desperdiciarse: conocer lo recibido, detener la improvisación y evitar que un cambio de autoridad vuelva a significar empezar de cero.

El país lleva años esperando una educación pertinente, construida desde nuestra realidad y capaz de ofrecer resultados a niños y jóvenes. Han pasado administraciones, programas, asesorías, compras y ajustes curriculares. Sin embargo, el sistema no ha producido los resultados que necesita.

PISA 2022 dejó una señal difícil de ignorar: apenas el 16% de los estudiantes panameños de 15 años alcanzó al menos el nivel básico en matemáticas. No hace falta acumular estadísticas: seguimos teniendo una deuda seria con los aprendizajes fundamentales.

Aquí no corresponde personalizar responsabilidades, sino examinar resultados. Después de tantos diagnósticos y decisiones, el país tiene derecho a preguntarse: ¿qué ha mejorado realmente?

Cada vez que cambia una administración llegan voces que hablan al oído y ofrecen soluciones que parecen nuevas. Antes de aceptar otra fórmula, hay que mirar lo ocurrido con las anteriores. ¿Qué llegó al aula? ¿Qué se sostuvo? ¿Qué se abandonó? ¿Qué vuelve ahora con otro nombre?

Hablarle al oído a una administración que comienza no puede bastar para convertir una idea en política educativa, menos aún cuando fórmulas semejantes ya fueron ensayadas sin producir los resultados esperados. Antes de escuchar la próxima solución, hay que preguntar: ¿qué pasó con la anterior?, ¿por qué no funcionó?, ¿qué se aprendió? En educación, la influencia no puede pesar más que los resultados.

Hay que parar la improvisación.

Eso comienza por recuperar prioridades: leer comprendiendo; escribir para organizar el pensamiento; dominar las matemáticas para razonar y resolver problemas; aprender ciencias para observar, preguntar y comprobar. También hay que fortalecer la historia, la geografía, la cultura panameña, la ciudadanía, el arte y la creatividad. La escuela debe formar criterio propio y autonomía intelectual.

La tecnología puede apoyar esos aprendizajes, pero no convertirse en su centro. La Unesco advierte que muchas tecnologías educativas se adoptan sin evidencia suficiente y que el exceso de pantallas puede afectar el aprendizaje. Debe complementar, no sustituir, la enseñanza. Una computadora puede ser útil; comprarla no constituye, por sí sola, una política educativa.

En marzo de 2015, La Prensa reportó que unas 26,000 computadoras portátiles permanecían guardadas en cajas en un depósito del Meduca, sin haber sido distribuidas. No afirmamos que hoy ocurra lo mismo; precisamente por eso debe verificarse.

La revisión debe abarcar todo lo adquirido: computadoras, laboratorios, equipos científicos y audiovisuales, herramientas de talleres, plataformas, mobiliario y flota vehicular. Hay que saber dónde están, si funcionan, qué mantenimiento necesitan y si cumplen su finalidad. Reparar y aprovechar lo útil debe preceder a reemplazarlo.

Antes de comprar lo nuevo, Panamá tiene derecho a saber qué ocurrió con lo que ya pagó.

Entre 2018 y 2024 quedaron sin ejecutar B/.705.9 millones destinados a inversión educativa. En marzo de 2023 se informó que 31 centros mantenían sumas del FECE sin utilizar porque no habían presentado los informes financieros requeridos. No ejecutar no significa que el dinero haya desaparecido; obliga a identificar qué impide utilizarlo oportunamente.

Quienes administran, dirigen o supervisan recursos educativos necesitan conocimientos de gestión pública. Tener presupuesto asignado no basta: hay que saber planificar, ejecutar, sustentar y dar seguimiento. Si esas competencias no están desarrolladas, deben fortalecerse mediante capacitación específica. Cuando los fondos existen, pero no se convierten en soluciones, el estudiante paga las consecuencias.

Los diseños curriculares merecen un examen serio: no para incorporar cada tendencia del exterior, sino para definir qué necesita aprender un estudiante panameño y evitar que la sobrecarga desplace lo fundamental.

La capacitación docente exige el mismo rigor. No puede reducirse a seminarios y certificados. Hay que identificar necesidades, formar según el nivel y el contexto, acompañar la aplicación y medir qué cambió en el aula. La capacitación que no llega al estudiante termina siendo gasto; la que mejora la enseñanza es inversión.

También debemos dejar de confundir apertura al mundo con dependencia. Aprender de otros países es necesario. Copiar sus programas no lo es. Panamá tiene una realidad histórica, cultural y social que exige una educación pensada desde sus propias necesidades. Los modelos externos deben estudiarse, adaptarse, probarse y reevaluarse aquí.

El problema tampoco es la nacionalidad de quien aporta conocimiento, sino que la asesoría externa sustituya nuestra capacidad nacional. Toda cooperación importante debería dejar profesionales panameños preparados y capacidad institucional para continuar. Panamá debe aprender del mundo, pero pensar su educación desde Panamá.

La educación necesita constancia y una política seria de Estado. Los gobiernos pueden cambiar, pero los aprendizajes fundamentales no deberían hacerlo con ellos. Lo que funciona debe sostenerse; lo que no produce resultados debe replantearse.

Primero conocer. Después decidir. Primero mirar los resultados. Después escuchar las propuestas.

Panamá no necesita otra ocurrencia educativa. Necesita seriedad, continuidad, evaluación, memoria institucional y compromiso verdadero.

Un presupuesto puede reasignarse. Un equipo puede repararse. Una licitación puede repetirse. La infancia, no.

Cada año en que un niño avanza sin comprender lo que lee, sin razonar matemáticamente y sin aprender a pensar por sí mismo es un año que el sistema no puede devolverle.

Panamá ha tenido suficiente tiempo para diagnosticar, ensayar, copiar, contratar y prometer. Ahora tiene que demostrar resultados.

Porque después de tantos años, millones, programas, asesorías y tecnologías, la pregunta ya no admite evasivas:

¿Cuántas generaciones más estamos dispuestos a perder antes de dejar de improvisar y asumir, de una vez por todas, la responsabilidad de educar bien?

La autora es educadora.