Anoche mi mamá me comentó que estaba rezando por la pronta mejoría de Juan, un bebé de un mes hospitalizado en cuidados intensivos del Hospital del Niño. No es la primera vez que escucho una historia así esta temporada, y me temo que tampoco será la última.

Cada año, por estas fechas, se repite la misma escena. Las salas de espera de pediatría se llenan de bebés con la respiración agitada y padres con el rostro pálido de miedo. Esta semana, el Hospital del Niño tuvo que suspender las cirugías electivas porque sus camas están copadas: 401 pacientes hospitalizados, 61 de ellos por virus respiratorio sincitial (VRS), y 23 luchando por respirar en cuidados intensivos. Como pediatra, no me sorprende y, como madre, me preocupa, porque esto lo vivimos todos los años.

Detrás de esas cifras hay 18 muertes asociadas al VRS en lo que va de la temporada. Dieciséis eran menores de cinco años. Niños que amanecieron con lo que parecía un simple resfriado y que, en cuestión de días, terminaron intubados. Las comunidades más golpeadas son, otra vez, las que menos margen tienen para perder: la comarca Ngäbe Buglé, Bocas del Toro, Chiriquí y Panamá Oeste. No es casualidad. Es la fotografía de nuestras brechas de acceso oportuno a la salud.

Hay una buena noticia: a partir del lunes 24 de agosto, el Ministerio de Salud comenzará a aplicar nirsevimab, el anticuerpo monoclonal que protege a los recién nacidos contra el VRS, priorizando las comarcas y Darién antes de extenderlo a las 15 regiones de salud. El anticuerpo es una herramienta segura, respaldada por evidencia sólida, capaz de reducir drásticamente las hospitalizaciones y las muertes. Como pediatra que ha insistido en esto por años, celebro que finalmente haya llegado al país.

Pero no puedo celebrar sin decir la verdad incómoda: llega dos años después de que los pediatras panameños lo solicitáramos insistentemente, y llega después de que 16 niños perdieran la vida solo en esta temporada. No es una victoria de la planificación; es la historia de un sistema que reacciona cuando ya no puede evitar hacerlo. Una vez más, siento que apagamos incendios en lugar de instalar detectores de humo.

Y hay otra cifra que invito a mirar con la misma atención: el país tiene miles de dosis de la vacuna contra el VRS para embarazadas almacenadas, esperando ser usadas. Aplicada entre las semanas 30 y 36 del embarazo, permite que la madre transfiera anticuerpos protectores a su bebé antes de nacer. Es gratuita y está disponible en los centros de salud y, aun así, la cobertura sigue siendo insuficiente. De poco sirve tener la herramienta si no llega al brazo de cada embarazada que la necesita. Esa tarea depende de que prioricemos la información y el acceso, y de que mis colegas ginecólogos la recomienden en cada control prenatal, porque son ellos a quienes las embarazadas más escuchan y más caso hacen.

A los padres y cuidadores les pido, una vez más, lo de siempre: lávense las manos con frecuencia, eviten llevar a los bebés a lugares muy concurridos durante estas semanas de alta circulación viral y, ante signos de dificultad para respirar, no esperen: busquen atención de inmediato. Si están embarazadas, pregunten en su centro de salud por la vacuna para proteger a sus bebés contra el VRS. Esa pregunta puede salvar una vida.

A las autoridades les pido algo distinto: que el próximo año el anticuerpo no llegue solo para responder a una emergencia y luego se nos olvide, sino que se convierta en política de Estado, con presupuesto asegurado antes de que empiece la temporada, no después de contar a los niños que perdimos. Que la próxima vez que los pediatras insistamos durante años, alguien escuche antes de que tengamos que volver a escribir una columna muy parecida.

La autora es pediatra.