La dialéctica es una técnica de diálogo cuyo objetivo no es debatir para ganar, sino descubrir la verdad. Funciona como un motor para generar el pensamiento crítico, transformando el conflicto de opiniones en un conocimiento nuevo, más complejo y completo, en lugar de imponer una postura. La dialéctica se remonta a la antigua Grecia y fue descrita por Platón en los diálogos socráticos, por lo que se considera a Sócrates precursor de este método de confrontación de ideas para descubrir la verdad.
Pese a la amplia y demostrada eficiencia de la dialéctica para conducir un debate que permita arribar a conclusiones lógicas y razonadas y, por ende, a resultados concretos, en la actualidad la mayoría de los parlamentos del mundo no la practican, a excepción de aquellos países de mayor desarrollo cultural que aún conservan y atesoran el prestigio, la lucidez de ideas y la tradición del debate de altura de los legisladores de antaño.
Por ejemplo, en Panamá viene a mi memoria el recuerdo de aquella época de mediados de los años 60, cuando mi padre sintonizaba la radio por las tardes para escuchar las transmisiones de la Asamblea Nacional. Siendo apenas un niño, me impresionaban la elocuencia, la mesura y la excelente claridad de expresión de los diputados de aquellos tiempos, entre los que se destacaba el Dr. Carlos Iván Zúñiga.
Su discurso, a la hora de presentar argumentos, estaba siempre impregnado de una elegancia sobria, sin jactancia ni pomposidad. En ocasiones hacía gala de su chispa y agudeza mental, poniendo un toque de dureza y mordacidad en sus respuestas, como aquella ocasión en que un ministro de Relaciones Exteriores —ingeniero de profesión— intentó menospreciar sus señalamientos, arguyendo la supuesta inclinación de los abogados por complicar los argumentos:
—Los ingenieros somos por naturaleza claros, directos, exactos, lógicos, ajenos a los rodeos y circunloquios, a diferencia de los juristas como el diputado Zúñiga, que buscan enredarlo todo —explicó el canciller en una sesión de la Asamblea Nacional.
La respuesta del Dr. Zúñiga fue apabullante:
—Le recuerdo, canciller, que Bunau-Varilla también era ingeniero.
En contraste con el anterior estilo, la realidad actual en cuanto a la calidad del debate que observamos a diario en nuestro parlamento es deprimente y vergonzosa. Abundan la chabacanería, la prepotencia, el insulto y la jactancia. Los valores se miden a ras del suelo, al punto de que escuchar a un diputado decir que se enorgullece de ser cepillo y lambón del gobierno no causa sorpresa alguna. Tampoco sorprende escuchar a otro decir que puede llegar a ser presidente de la Asamblea o del país cuando le venga en gana.
En fin, todos estos honorables padres de la patria transitan a sus anchas por el hemiciclo legislativo, ostentando sus miserias, sin atreverse a hacerse cargo de sus propias inseguridades, mucho menos a hacer valer y respetar la función para la que fueron electos.
El autor es escritor y pintor.

