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La coherencia también sostiene la democracia

La coherencia también sostiene la democracia
Sede del Tribunal Electoral en la Avenida Omar Torrijos, ciudad de Panamá. LP/Elysée Fernández

Lo que realmente preocupa de la política panameña no es la existencia de diferencias ideológicas, negociaciones parlamentarias o alianzas circunstanciales. La política exige, por naturaleza, diálogo, acuerdos y la capacidad de construir mayorías. Sin embargo, lo inquietante surge cuando la coherencia deja de ser un principio y es reemplazada por la conveniencia del momento.

Durante décadas, el autor ha procurado mantener sus principios políticos y una posición crítica frente a la corrupción, sin distinguir gobiernos, partidos o personas. No pretende atribuirse autoridad moral, sino expresar la convicción de que ningún país puede aspirar a un desarrollo sostenible cuando la ética pública se debilita y las instituciones quedan subordinadas a intereses coyunturales.

Panamá ha atravesado una de las etapas más traumáticas de su historia republicana reciente, marcada por la corrupción y el deterioro de instituciones públicas y partidos políticos que han perdido sus principios. Hoy navegan en un océano de escasa credibilidad. Este período, además de erosionar la ética pública, dio lugar a investigaciones, procesos judiciales y condenas ampliamente conocidos por la ciudadanía. Más allá de las responsabilidades individuales, que corresponde determinar a los tribunales, quedó una profunda herida en la confianza nacional.

El costo de renunciar a los principios

Por esta razón, resulta difícil comprender ciertas decisiones políticas que transmiten el mensaje de que los principios pueden modificarse según las necesidades del poder. Cuando, durante una campaña electoral, se construye un discurso basado en denuncias contra determinados actores políticos y, poco tiempo después, esos mismos actores se convierten en aliados indispensables, el problema deja de ser político para convertirse en un asunto moral e institucional.

La ciudadanía no espera que un gobernante mantenga enemistades personales ni una rigidez absoluta. La política exige pragmatismo. Sin embargo, existe una diferencia fundamental entre negociar políticas públicas y relativizar principios que previamente fueron presentados como innegociables.

Cuando quienes fueron señalados como representantes de prácticas que debían erradicarse terminan formando parte de las nuevas mayorías políticas, los ciudadanos tienen derecho a preguntarse qué ha cambiado realmente: ¿la realidad del país o el valor de las palabras?

La consecuencia más grave de estas contradicciones no es el desgaste de un gobierno, sino el deterioro progresivo de la credibilidad del sistema democrático. Cada contradicción no explicada alimenta el cinismo ciudadano. Cada alianza incompatible con el discurso previo fortalece la idea de que las campañas electorales son solo estrategias de mercadeo y no compromisos sólidos con la sociedad.

Ese es, probablemente, el mayor daño que puede sufrir una democracia: que los ciudadanos concluyan que las palabras carecen de valor y que los principios son intercambiables según las circunstancias políticas.

Reconstruir la confianza

La democracia no muere únicamente por actos abiertamente autoritarios. También se debilita cuando la coherencia deja de importar, cuando la memoria colectiva se considera irrelevante y cuando la confianza pública se sacrifica en nombre de la gobernabilidad.

La gobernabilidad es indispensable, pero sin credibilidad termina siendo frágil. Ninguna mayoría parlamentaria puede sustituir el capital más importante de un Estado democrático: la confianza de sus ciudadanos.

Panamá necesita acuerdos nacionales para enfrentar enormes desafíos económicos, sociales e institucionales. Esos acuerdos deben edificarse sobre la transparencia, la explicación pública y la coherencia. Las alianzas políticas pueden ser legítimas, pero debe mantenerse el deber de explicar con honestidad por qué aquello que ayer era inaceptable hoy se considera aceptable.

No se trata de exigir perfección a quienes gobiernan, sino de exigir consistencia. La democracia no se sostiene únicamente con votos; también necesita memoria, responsabilidad y respeto por la inteligencia de los ciudadanos.

Cuando la coherencia desaparece del ejercicio del poder, lo que se erosiona no es solo la imagen de un gobierno, sino la confianza en todo el sistema político. Y reconstruir esa confianza siempre toma mucho más tiempo que perderla.

El autor es ex ministro de Salud y Vivienda y ex director de la CSS.


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