El terremoto del 9 de octubre afectó seriamente a las siguientes bibliotecas públicas: BP Jacinto Velásquez R., de Soná; BP José Daniel Crespo, de Macaracas; BP José María Núñez, de Ocú; BP Fernando Guardia, de Penonomé; BP Julio J. Fábrega, de Santiago; BP Santiago Anguizola Delgado, de David; BP Abelardo Herrera, de Aguadulce; BP Hipólito Peréz Tello, de Monagrillo; BP Héctor Conte Bermúdez, de La Villa, y la PB Cristóbal Rodríguez, de Chitré.
Si bien es cierto que algunas estructuras del patrimonio material como las iglesias y los museos también fueros afectados, es importante darles igual prioridad a las bibliotecas públicas porque, en contextos de emergencia, estos recintos se revelan como espacios donde se reparan heridas desde el encuentro, desde la conversación dimensionada con el otro, desde la comunión de experiencias, porque la biblioteca es un organismo vivo de base, un hogar y refugio para todos.
La Biblioteca Pública, frente a otros equipamientos patrimoniales históricamente relevantes, pero que son más estáticos o contemplativos en su esencia, tiene un rol transformador desde la mediación cultural. Por eso Michèle Petit ha dicho que cuando una catástrofe destruye los referentes cotidianos y los paisajes familiares, el libro funciona como un “refugio simbólico”, una “guarida protectora” o un “hogar prestado” que permite a las personas tomar distancia del dolor, controlar sus miedos y recomponer sus cimientos espaciales y subjetivos.
Una vez más: no estamos restando importancia a las iglesias y los museos, porque mientras unos brindan abrigo espiritual, los otros conservan la contemplación distante del pasado, pero la biblioteca pública es una institución viva, comunitaria y volcada al presente. Por eso también es urgente su atención, porque son agentes activos que dialogan, leen, escriben y procesan comunitariamente la realidad vivida.
La Biblioteca Pública es el Spa del pensamiento, donde la comunidad encuentra un bálsamo para reconstruir sus sueños que quedaron entre los escombros. Por eso se habla de que la biblioteca es un escenario de “metáforas para la reconstrucción”. Es decir, cómo la literatura, la lectura y la oralidad permiten abordar vivencias traumáticas de manera indirecta y amable, donde el miedo o la pérdida encuentran un espacio poético de recuperación.
Aunque suene extraño, la biblioteca pública es una institución pagana y secular con base humanista que crea esperanza; su carácter laico promueve el ambiente democrático que se caracteriza por su hospitalidad incondicional donde se garantizan los derechos humanos y culturales sin proselitismo, sin distinción de razas o ideologías, ni credos religiosos. Es un terreno neutral de resguardo donde convergen libremente distintas ideas y presencias del mundo para reconstruir la cohesión social sobre bases de igualdad.
Más allá de una posición receptora, la biblioteca pública activa la agencia de los propios ciudadanos en los procesos de recuperación. A través de la narrativa oral, los talleres de creación y la mediación de lectura, la biblioteca brinda a la comunidad las herramientas para dejar de sentirse víctima inerte del desastre y poder escribir el relato de resiliencia para futuro. Es por eso por lo que necesitamos más bibliotecas públicas óptimas en todo el país, porque estos equipamientos culturales pueden ser centros de cohesión social y reconstrucción ciudadana.
En el contexto de la emergencia, las bibliotecarias y los mediadores de lectura deberían de articularse con las autoridades locales para construir espacios de acogida, hospitalidad y escucha activa desde estrategias de mediación cultural como la lectura, la escritura y la oralidad. Esto ayuda a fortalecer los lazos de convivencia y que la gente recupere la dignidad herida.
Este enfoque de intervención cultural lo podemos ejemplificar. En Penonomé, la Biblioteca Pública Fernando Guardia, pese a que sufrió daños de infraestructura, el personal de la biblioteca, en medio de la incertidumbre y el miedo, no limitó su accionar, sino que improvisó un plan de intervención de emergencia coordinado con autoridades de protección civil y otras instituciones; además del apoyo de los voluntarios de la Agencia de Cooperación Internacional de Japón (JICA).
Así la biblioteca de Penonomé desplegó su pequeña legión de mediadores, como una acción de extensión cultural hacia los albergues temporales y espacios abiertos de la comunidad. Con un pequeño arsenal de libros, realizaron lectura en voz alta, talleres de narración oral y organizaron actividades para liberar la ansiedad con dinámicas expresivas para niños, jóvenes y familias afectadas.
Las bibliotecas públicas se reafirman como equipamientos culturales cruciales en contextos de crisis porque son la posibilidad viva y democrática de acoger la vulnerabilidad, reparar el tejido social roto mediante la fuerza de la palabra e imaginar colectivamente un futuro lleno de esperanza. Los seres humanos requieren reconstruir su sentido de vida, su dignidad y su seguridad emocional con ayuda de la cultura.
Reconstruir las bibliotecas públicas es construir un futuro donde los derechos culturales son parte integral de los derechos humanos y de la salud pública como factores imprescindibles de la sociedad. Las autoridades del Ministerio de Cultura tienen una razón para invertir en las bibliotecas y mejorar sus infraestructuras, porque las bibliotecas son piedra angular para construir sociedades prósperas, inclusivas y democráticas.
El autor es escritor

