En el papel, nosotros supuestamente somos una república. Sin embargo, la pregunta es si nos comportamos como tal. No estoy tan seguro de ello. Ya Cicerón había dejado claro, en sus reflexiones sobre la república romana, la importancia de un régimen político orientado al bien común y al equilibrio entre sus distintas partes. Pero, incluso antes, debemos hablar de la República romana temprana, surgida en el siglo VI a. C. con la expulsión de Tarquinio el Soberbio. De allí nos viene el famoso lema SPQR. Al respecto, recomiendo el libro de Mary Beard sobre la historia de la antigua Roma.
Incluso, para ir un poco más allá, me gustaría hablar de un republicanismo radical, es decir, de ir a la raíz de los problemas. Y no se trata de un solo problema, sino de un conjunto de ellos. Por ejemplo, la falta de efectividad de la participación del pueblo en la toma de decisiones. Ya sabemos que la democracia representativa puede degenerar en demagogia, particularmente cuando los políticos dicen una cosa durante las campañas electorales y, una vez elegidos, hacen otra.
La idea de república, al menos en Occidente, hace referencia a la moderación y a los límites frente al poder absoluto. La república surge históricamente como una forma de frenar el poder del rey y evitar la tiranía. Nosotros tenemos una larga historia de tiranos y dictadores, retratados magistralmente por la literatura latinoamericana. Para tales efectos, recomiendo leer El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, y Yo el Supremo, de Augusto Roa Bastos, entre muchas otras obras. A veces pienso que algunos de nuestros gobernantes, aunque hayan sido elegidos democráticamente —y de eso no tengo ninguna duda—, añoran aquellos tiempos. Lastimosamente, vemos cómo afloran rasgos autoritarios.
Como su propio nombre lo indica, república viene de res publica: la cosa pública. ¿Qué quiere decir esto? Que lo público debe estar en el centro del debate. En una república, lo medular debe ser satisfacer las necesidades colectivas para garantizar derechos en un sentido público, establecer límites efectivos al ejercicio del poder y asegurar que el pueblo pueda participar realmente en la toma de decisiones. No basta, por tanto, con llamarnos república en la Constitución o en los discursos oficiales. Una república se construye y se demuestra en la práctica cotidiana, en la fortaleza de sus instituciones y en la capacidad de la ciudadanía para intervenir en los asuntos que son de todos.
El autor es doctor en filosofía.

