Los ochenteros del lugar recordarán que, por aquellos tiempos, de los estudiantes que se iban de la escuela sin permiso se decía que se habían «fugao»: «el man se fugó», «los tipos se fugaron después de Ciencias», decíamos, admirados por la osadía y conscientes del repelón que se les vendría encima al día siguiente por parte de la directora. Después vendría el acudiente, que también los repelaba ahí mismo. Pero una cosa es la escuela y otra una cárcel.
La fuga protagonizada por un altísimo número de privados de libertad (dos ya son multitud) es preocupante. Ya algunos bromean con que está tan dura la cosa en el país que hasta se están entregando de vuelta: reírnos para no llorar.
Pero lo que resulta sorprendente a nivel institucional es el repelón de la ministra de Gobierno a los reclusos, ella de pie y ellos sentados en el suelo, como si fuera un campamento, preguntándoles si ella se merece eso, como si estuviera frente a estudiantes en una escuela.
Es por situaciones como esta que no se toma en serio a este país. Sí a la reinserción, pero los reclusos no son una comunidad de vecinos ni un interlocutor válido en una mesa de diálogo. Están allí cumpliendo condena por una serie de delitos, y lo que tienen que hacer es cumplir las normas y atenerse a las consecuencias.
Irse allí a dialogar y a repelar es de un nivel institucional tan preocupante como la propia fuga. Y créanme, no son ganas de criticar; es por el mensaje de blandura de pan de molde que se envía a los ladrones y corruptos.
Es dejar al descubierto las incapacidades y la falta de certeza de castigo que campa tan a sus anchas como la inseguridad. No es un llamado al miedo; es señalar que, si seguimos dando soluciones baratas a problemas serios, pagaremos las consecuencias, empezando por la falta de confianza en el Estado, que es la antesala del caos.
El autor es escritor.
