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Formalizar la independencia sin destruirla

Formalizar la independencia sin destruirla
Elysée Fernández

Cada vez que se publican las cifras sobre empleo informal en Panamá, el debate gira alrededor de una misma pregunta: ¿cómo reducir la informalidad?

Quizá ha llegado el momento de hacernos una pregunta diferente.

¿Y si una parte importante de lo que llamamos informalidad es, en realidad, independencia laboral que todavía no hemos sabido integrar a la economía formal?

Cuando pensamos en un empresario, solemos imaginar oficinas, juntas directivas y grandes compañías. Sin embargo, el vendedor ambulante, la señora que prepara alimentos desde su casa, el estilista, la señora que pinta uñas a domicilio, el electricista independiente, el chichero, el raspadero, el plomero, el mecánico, el jardinero o quien presta servicios por cuenta propia también administra un negocio. Busca clientes, fija precios, compra insumos, asume riesgos y trabaja para generar utilidades.

Muchos de ellos no están esperando que alguien los contrate. Ya crearon su propio empleo.

Por eso, pensar que la solución consiste únicamente en convertirlos en asalariados desconoce una realidad económica, cultural y hasta psicológica. Hay personas que valoran profundamente su independencia. Prefieren administrar su tiempo, tomar sus propias decisiones y asumir el riesgo de emprender antes que trabajar bajo horarios rígidos o depender de un jefe.

El problema no es que una persona no tenga jefe.

El problema es que su independencia la deje fuera del sistema.

Actualmente, un trabajador independiente puede laborar diez o doce horas al día durante años, generar ingresos superiores a los de muchos asalariados, recibir pagos constantes mediante Yappy, transferencias bancarias o tarjetas, mantener clientes fieles y administrar un flujo de caja estable.

Sin embargo, cuando intenta comprar una vivienda, financiar un automóvil o solicitar un préstamo para hacer crecer su actividad, encuentra una barrera difícil de superar.

El sistema no reconoce adecuadamente sus ingresos.

No contar con una ficha de la Caja de Seguro Social, un salario fijo o una carta de trabajo puede pesar más que años de actividad económica demostrable.

La consecuencia es que miles de trabajadores productivos quedan excluidos de las herramientas que permiten construir patrimonio.

No tienen un historial financiero plenamente reconocido.

No acceden fácilmente a una hipoteca.

No consiguen financiamiento vehicular en condiciones razonables.

No encuentran seguros adaptados a su realidad.

No acumulan suficientes recursos para la jubilación.

Y muchas veces tampoco logran obtener crédito para expandir su negocio.

Cuando el sistema financiero tradicional les cierra las puertas, aparecen los prestamistas que cobran intereses excesivos. Son los modernos “mercaderes de Venecia”, que se aprovechan de personas con capacidad para generar ingresos, pero sin acceso al crédito formal.

Así, gran parte del esfuerzo del emprendedor termina pagando intereses en lugar de convertirse en inversión, crecimiento y patrimonio familiar.

Pero hoy Panamá tiene una oportunidad extraordinaria para cambiar esta realidad.

La inteligencia artificial puede convertirse en la gran aliada de esta transformación.

Durante décadas, las instituciones financieras evaluaron a las personas principalmente a partir de un salario fijo, una ficha de la Caja de Seguro Social o un historial crediticio tradicional. Ese modelo funcionó en una economía donde la mayoría de la población trabajaba para un empleador.

Pero el mundo ha cambiado.

Hoy millones de trabajadores independientes reciben pagos mediante transferencias bancarias, Yappy, tarjetas, billeteras digitales y otras plataformas electrónicas. Esa información, analizada con el consentimiento del cliente y respetando su privacidad, permite construir un perfil financiero mucho más completo.

La inteligencia artificial puede identificar patrones de ingresos, estabilidad del flujo de caja, comportamiento de pagos, estacionalidad del negocio, capacidad de ahorro y riesgo crediticio con mucha mayor precisión que los modelos tradicionales.

Eso significa que un banco podría aprobar una hipoteca no porque una persona tenga un salario fijo, sino porque ha demostrado durante años que administra exitosamente un negocio rentable.

Una aseguradora podría diseñar pólizas adaptadas a ingresos variables.

Una institución financiera podría ofrecer microcréditos con tasas competitivas, evitando que miles de emprendedores dependan de prestamistas informales.

Y el propio Estado podría utilizar el análisis de datos para diseñar políticas públicas más inteligentes, identificar sectores con alto potencial de crecimiento y crear incentivos que faciliten la transición hacia la formalidad.

La inteligencia artificial no debe verse únicamente como una herramienta para reemplazar empleos. También puede convertirse en una poderosa herramienta de inclusión económica.

La innovación tampoco debe limitarse a los bancos.

Las aseguradoras podrían desarrollar seguros prepago para trabajadores independientes. Si millones de personas utilizan teléfonos celulares prepago porque sus ingresos son variables, ¿por qué no permitir que también puedan recargar un seguro de salud, de vida o de accidentes según su capacidad de pago?

Del mismo modo, la Caja de Seguro Social podría evolucionar hacia esquemas de microaportes flexibles para trabajadores independientes, permitiéndoles construir protección social y una pensión sin obligarlos a adaptarse a un modelo pensado exclusivamente para empleados asalariados.

También deberíamos transformar la declaración de renta.

Para un pequeño emprendedor, declarar sus ingresos no debería significar automáticamente una nueva carga tributaria. Durante una etapa inicial podrían establecerse declaraciones simplificadas con impuesto cero o reducido.

El verdadero incentivo no debe ser el temor a una sanción.

Debe ser el acceso a oportunidades.

Una declaración de renta podría convertirse en el currículum financiero del trabajador independiente. Podría demostrar estabilidad, crecimiento y capacidad de pago. Serviría para acceder a una vivienda, financiar un vehículo, obtener un crédito productivo, contratar seguros o participar en programas de capacitación y apoyo empresarial.

La formalidad debe dejar de ser vista exclusivamente como una obligación tributaria.

Debe convertirse en una llave que abra puertas.

No toda la informalidad responde a una elección voluntaria. Muchas personas trabajan por cuenta propia porque no encontraron mejores oportunidades laborales. Esa realidad no debe ignorarse.

Pero tampoco debemos asumir que todos desean abandonar su independencia para convertirse en asalariados.

El verdadero desafío consiste en construir una economía donde una persona pueda conservar su autonomía sin quedar excluida del crédito, de la vivienda, de los seguros, de la protección social y de las oportunidades para crecer.

Panamá no necesita eliminar la independencia laboral.

Necesita reconocerla, fortalecerla e integrarla.

Necesita instituciones capaces de comprender que la economía del siglo XXI ya no funciona exclusivamente alrededor del empleo tradicional.

Necesita créditos basados en flujos reales de ingresos, hipotecas para trabajadores independientes, seguros prepago, microaportes flexibles a la seguridad social, declaraciones simplificadas e inteligencia artificial para evaluar mejor el riesgo y ampliar la inclusión financiera.

Durante el siglo XX construimos instituciones pensadas para una economía de asalariados.

El siglo XXI nos exige construir instituciones capaces de servir también a millones de trabajadores independientes.

La buena noticia es que hoy contamos con la tecnología para hacerlo.

La pregunta ya no es si es posible.

La pregunta es si tendremos la visión para aprovecharla.

El autor es empresario, consultor y Caballero de la Orden de Malta.


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