¿Puede Panamá avanzar en la transformación de su educación superior si la formación pedagógica del profesorado universitario se mantiene como una actividad complementaria? Es posible incorporar plataformas digitales, modernizar las aulas y adoptar herramientas de inteligencia artificial; sin embargo, ninguna tecnología mejora por sí sola la experiencia educativa. La transformación comienza cuando el docente dispone de los conocimientos, el acompañamiento y las condiciones necesarias para revisar su práctica educativa y responder a las necesidades del estudiantado. Por eso, hablar de transformación educativa exige hablar primero de quienes hacen posible el aprendizaje.
En las universidades, muchos profesionales cuentan con una sólida preparación en su disciplina y una reconocida trayectoria en sus respectivos campos. Esa experiencia representa un valor indiscutible, pero dominar una disciplina no equivale necesariamente a saber enseñarla. Un excelente profesional puede requerir preparación pedagógica para planificar el aprendizaje, aplicar metodologías activas, evaluar por competencias y ofrecer una retroalimentación que ayude al estudiante a progresar.
Esta distinción resulta fundamental porque la docencia universitaria ya no puede limitarse a exponer contenidos o reproducir presentaciones frente a un grupo. El profesor universitario debe asumir también funciones de mediación, orientación y diseño de experiencias de aprendizaje. Su labor implica promover el pensamiento crítico, relacionar la teoría con problemas reales y favorecer la participación del estudiante en la construcción del conocimiento. Estas competencias no se desarrollan automáticamente mediante el ejercicio profesional; requieren formación, práctica acompañada y reflexión.
En Panamá, esta discusión cobra especial relevancia en momentos en que las universidades enfrentan el desafío de responder a estudiantes con nuevas formas de aprender, a un entorno profesional en transformación y a tecnologías que están modificando aceleradamente la manera de acceder, producir y utilizar el conocimiento.
En ese contexto, fortalecer las capacidades docentes no debería considerarse una iniciativa complementaria, sino una decisión estratégica para la calidad de la educación superior.
El modelo panameño de aseguramiento de la calidad reconoce la importancia de esta responsabilidad. Los fundamentos y las matrices de evaluación del Consejo Nacional de Evaluación y Acreditación Universitaria de Panamá vinculan la cualificación, la actualización y el desempeño del profesorado con la calidad del proyecto académico.
Uno de los mayores riesgos, es tratar la formación docente como un requisito administrativo en lugar de un proceso permanente de mejora. El desafío consiste en evitar que la formación docente se convierta en un requisito administrativo. La entrega de una constancia debería representar el inicio de un proceso de aplicación, acompañamiento y mejora de la práctica.
Por ello, la efectividad de la formación debe analizarse a partir de sus resultados.
¿Cambió la manera de planificar? ¿Se diversificaron las estrategias de enseñanza? ¿Mejoró la retroalimentación? ¿Los estudiantes participan con mayor autonomía?
Si estas preguntas no forman parte del seguimiento, se pueden acumular horas de capacitación sin producir transformaciones observables en el aula.
También es necesario precisar qué entendemos por innovación. Los investigadores Brunner y Alarcón advierten que el uso excesivamente amplio de este concepto puede hacer que se confunda con términos como cambio, reforma o transformación, hasta restarle especificidad. Al retomar una definición de la Unesco, destacan que la innovación educativa debe ser deliberada, pero sobre todo planificada y orientada a resolver problemas y mejorar los aprendizajes. Innovar, por tanto, no consiste en incorporar novedades, sino en introducir cambios pertinentes frente a necesidades educativas concretas.
Utilizar un aula virtual únicamente para depositar documentos no constituye necesariamente una innovación. Tampoco lo es trasladar una clase expositiva a una videoconferencia o emplear inteligencia artificial sin criterios pedagógicos y éticos. El Informe de Seguimiento de la Educación en el Mundo 2023 de la Unesco advierte que las decisiones sobre tecnología deben considerar su pertinencia, equidad, sostenibilidad y respaldo en evidencia. Antes de preguntar cuál es la herramienta más reciente, conviene determinar qué problema educativo se busca resolver y qué aprendizaje se pretende fortalecer.
Las instituciones de educación superior del país podrían avanzar en tres direcciones: asegurar una preparación pedagógica básica para quienes se incorporan a la docencia; establecer programas permanentes de acompañamiento, mentoría y comunidades de práctica; y evaluar los efectos de estas acciones en el desempeño docente y el aprendizaje.
Esta conversación formó parte del Foro Internacional de Educación y Comunicación Social, organizado por la Universidad del Istmo, a través de la Facultad de Educación y Ciencias Sociales, del 18 al 20 de agosto de 2026. El encuentro abrió un espacio para reflexionar no solo sobre nuevas herramientas, sino también sobre las capacidades docentes, los modelos educativos y las decisiones que requiere la transformación de la educación en Panamá.
La transformación de la educación superior no ocurrirá por decreto ni llegará dentro de una nueva plataforma. Dependerá, en buena medida, de la decisión de invertir sostenidamente en quienes hacen posible el aprendizaje. Formar mejor al profesorado universitario significa formar mejores profesionales, investigadores y ciudadanos. Si aspiramos a universidades capaces de contribuir a la transformación de Panamá, debemos comenzar por fortalecer la manera en que acompañamos, reconocemos y formamos a sus docentes.
El autor es especialista en educación.

