La estanflación —esa combinación incómoda de bajo crecimiento, empleo débil e inflación persistente— no siempre llega como una crisis repentina. A veces aparece de forma sectorial: mientras algunos indicadores macroeconómicos lucen aceptables, miles de hogares sienten que el salario no alcanza, que el empleo formal escasea y que los costos esenciales suben más rápido que sus ingresos.
En Estados Unidos, la recesión de 1973-1975 mostró que la inflación no siempre nace de una economía recalentada. El choque petrolero elevó los costos de energía, transporte y producción, al mismo tiempo que aumentaba el desempleo. En 1975, la economía estadounidense enfrentó una mezcla amarga: actividad débil, desempleo cercano al 9% e inflación que venía de niveles de dos dígitos. La lección fue dura: cuando el problema está en la oferta, apretar la economía sin corregir sus cuellos de botella puede profundizar el dolor social.
La economía panameña aún puede crecer cerca del 4% y la inflación oficial promedio se mantiene relativamente baja, aunque la sensación de inflación sea mayor. Sin embargo, el país carga con fragilidades que podrían convertir uno o más choques externos en una presión interna prolongada: desempleo e informalidad, deuda pública elevada, déficit fiscal, incertidumbre en la inversión, dependencia de importaciones y una estructura productiva muy concentrada en servicios, logística y comercio.
A esta lista se suma un factor decisivo: el cambio climático. Si el fenómeno de El Niño 2026-2027 se fortalece, como se prevé, Panamá podría enfrentar un período de fuertes lluvias e inundaciones seguido por otro de menos lluvias, estrés hídrico, afectación agrícola, presión sobre la generación hidroeléctrica y mayor costo de alimentos y energía. En un país donde el agua dulce sostiene tanto el consumo humano, industrial, comercial y turístico como los sectores agrícola y ganadero, así como al Canal de Panamá, una sequía fuerte no es solo un problema ambiental; es un problema económico nacional, como ya sucedió durante el fenómeno de El Niño 2023-2024. Menos agua puede significar restricciones operativas, mayores costos logísticos y energéticos, menor ingreso fiscal y más presión sobre consumidores y empresas.
El peligro, entonces, es una “estanflación a la panameña”: sectores estratégicos creciendo mientras buena parte de la población y la microeconomía viven un estancamiento real. Una economía puede expandirse en cifras agregadas y, aun así, dejar atrás a trabajadores informales, productores rurales, pequeñas y medianas empresas y hogares de ingresos medios y bajos, e incluso poner de rodillas a familias y empresas aparentemente de altos ingresos, obligándolas a reducir sus bienes y gastos suntuarios. Allí está el riesgo político y social.
La respuesta no debe ser improvisada ni populista. Congelar precios de forma generalizada puede producir escasez; aumentar el gasto sin focalización puede agravar la deuda; subir impuestos sin mejorar la eficiencia estatal puede frenar la inversión, aunque no hacerlo también puede tener consecuencias. Panamá necesita una estrategia de al menos cinco años para salir lo mejor posible de una eventual crisis económica y social.
En 2026-2027, la prioridad debe ser proteger el acceso al agua, los alimentos y la energía, con subsidios focalizados y apoyo directo a productores afectados por sequías o inundaciones. También debe acelerar el mantenimiento y la inversión hídrica, porque la seguridad del agua es seguridad económica.
En 2027-2028, el país debe atacar la raíz productiva: agua, riego, almacenamiento, logística alimentaria, energías renovables, eficiencia energética, formación técnica, formalización laboral y diversificación de su economía. No se supera la estanflación solo repartiendo alivios; se supera aumentando la capacidad de producir más, mejor y a menor costo.
En 2028-2030, Panamá debe consolidar su resiliencia: una regla fiscal creíble, seguridad jurídica, gasto público medido por resultados, matriz energética diversificada, desarrollo de nuevos sectores económicos, aumento de la productividad general, diversificación de inversiones, mayor capacidad exportadora y un plan nacional de agua que conecte al Canal, las ciudades, el agro y la energía bajo una nueva entidad, con el objetivo de mejorar la disponibilidad del recurso en todo el país. El objetivo no es solo resistir el fenómeno de El Niño, sino ser menos vulnerable a futuros choques.
La peor decisión sería esperar a que los indicadores confirmen tarde lo que los hogares y las pequeñas y medianas empresas ya sienten temprano. La estanflación no se combate con discursos, sino con productividad, diversificación, disciplina fiscal, inversión hídrica y energética, y protección social inteligente. Si Panamá actúa ahora, puede evitar que una amenaza climática y otras amenazas externas se conviertan en una crisis económica de varios años.
El autor es ecologista y experto en desarrollo sostenible.

