En esta ocasión describiré algunas paradojas que espero reduzcan la zozobra de quienes son víctimas de tantas experiencias absurdas, así como de aquellos a quienes rápidamente señalamos como locos. Me refiero a los valientes pensamientos de Albert Camus (1913-1960) y James Hillman (1926-2011).

Camus considera “absurdo” solicitar al universo explicaciones por todo lo extraño que enfrentamos a diario, a pesar de que nunca nos da ni nos dará respuestas. Cuestiona que la actividad humana esté diseñada para escapar de aquellos pesares que siempre vuelven. Sostiene que nos empeñamos en grandes proyectos futuristas que no perdurarán y no nos fijamos en las pequeñas cosas que encontramos en ese proceso. No acepta que nuestro presente sea el trabajo y que olvidemos que la vida es muy corta. Menos aún justifica pensar en el pasado.

Según Camus, ese “absurdismo” es lo que lleva a muchos al suicidio filosófico o físico. En el filosófico caen quienes terminan en las garras de los que ofrecen todo tipo de explicaciones y esperanzas, hasta para después de la muerte; entre ellas incluyó las retóricas religiosas, comunistas, nazis, burguesas y democráticas. Criticó corrientes filosóficas como la de Jean-Paul Sartre. Cuestionó hasta a los científicos por no solo querer explicar cómo ocurren las cosas, sino por qué ocurren. ¡Suerte que nací después! Camus advierte que los que promueven guerras para vencer las opresiones son los mismos que luego justifican el asesinato de todo aquel que se oponga al cambio. ¡Detractores le sobraron!

Sobre los más escépticos que optan por el suicidio físico, Camus los entiende. ¿Por qué darle largas a todo esto? ¿Por qué pasar por todo esto si no pedimos estar aquí? Son preguntas a las que Camus les otorga mucha razón, pero que combatió con vigor. Ningún condenado a muerte se suicida el día anterior a su ejecución, sostiene muy atinadamente.

En El mito de Sísifo (1942), Camus manifiesta que Sísifo podría pensar que la infinita tarea de subir la roca y verla rodar cuesta abajo no le es impuesta, sino que es suya, y la ejecuta con orgullo. Sus detractores consideraron absurdos esos pensamientos, cosa que nunca negó.

Camus cuestiona nuestra incesante búsqueda de sentido en las cosas, cuando podríamos darles sentido a todas. Entiende que la búsqueda de la felicidad en un mundo absurdo también es absurda, pero estima que no hacerlo implica dejarse vencer por lo primero.

En mi opinión, el dolor hay que enfrentarlo, pero en ocasiones me parece muy oportuno decirse a uno mismo: “Ya está bueno de esta vaina; hoy voy a bailar”. Tampoco comparto la insistencia de Camus en olvidar el pasado y no planear el futuro, porque ello incrementa ese vacío del presente. Considero incorrecta la interpretación de algunos analistas literarios y filosóficos, quienes afirman que Camus llama “absurdo” al universo. El universo es “indiferente” a todos los absurdos que ocurren en la Tierra, posiblemente porque en otros mundos lo podrían estar haciendo mucho mejor que nosotros.

Más recientemente, James Hillman, en El mundo está empeorando (1992), critica su propia profesión al indicar, con datos concretos, que las enfermedades mentales están en aumento a pesar de que sus tratamientos están cada día más disponibles —¿cómo será ahora?—. Entonces, ¿qué está pasando? Procuraré explicarlo con los conceptos de Hillman, no con sus términos, porque hace uso del “alma” con demasiada frecuencia. No comparto el uso de creencias personales en una profesión.

Según Hillman, los desequilibrios mentales se deben a que el mundo está empeorando psicológicamente y, lo que es peor, los psicólogos, psiquiatras y pacientes no lo saben. Sostiene que hemos duplicado la cantidad de síntomas mentales porque estamos empeñados en creer que el problema está en el individuo. Cada vez que una persona siente alguna molestia mental, se le sugiere descanso, abandono de fuentes de incomodidad o medicamentos. Insiste en que los supuestos síntomas son voces que nuestra alma está utilizando para manifestar que algo no está bien en su entorno.

Claro, Hillman no libera de culpa al individuo con problemas, porque estos también pueden enfermar a la sociedad. Pareciera un círculo vicioso, pero la búsqueda de la verdad, en lugar de una cura en nosotros mismos, permitiría hacer algo por ese mundo trastornado. Hillman sostiene que el individuo no es una roca que debe moldearse, porque eventualmente lo hará la sociedad. Considera que el ser humano está definido desde su nacimiento y que es la distorsión de ese objetivo predeterminado lo que ocasiona las inquietudes mentales. Todo ello lo expresa en la “teoría de la bellota”, en la que nos dice que el roble está diseñado desde su fruto.

Hillman cuestiona que idealicemos a los héroes mediáticos de la belleza, el deporte, la riqueza y la política, a pesar de que son los que más necesitan de algún tipo de tratamiento psicológico. Esos trastornos aparecen cuando abandonamos nuestro propio ser, cuando un árbol es solo madera, cuando todo se ve, se analiza y nada se siente. Pareciera emular a Erasmo de Rotterdam (1466-1536), quien, con su Elogio de la locura, resalta que enamorarse sería una locura porque no es una decisión razonada.

Invito a todo aquel que sienta que algo perturba su felicidad a que se tome un minuto, todos los días, para observar el rostro de algún familiar, amigo, compañero de trabajo, desconocido en la calle y hasta de aquel médico que lo atiende, como lo hizo Robin Williams en la película Patch Adams. Si logra ver una máscara en sus rostros o descubrir que tienen los ojos cerrados, posiblemente usted está mucho mejor que este servidor.

El autor es químico industrial y profesor de la Universidad de Panamá.