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DIPLOMACIA

El embajador de México en Panamá

El embajador de México en Panamá
El embajador de México en Panamá

Cuando tenía tres meses de edad, mi familia se mudó a Costa Rica, lugar donde mi papá iniciaría su primera aventura diplomática. Era la década de los 70 y, por diversas razones del destino, siempre seguí vinculado a la vida diplomática de un modo u otro.

Ese contexto histórico me permitió aprender a conocer este singular oficio desde distintos ángulos y facetas, teniendo además la posibilidad de entender que no hay un solo arquetipo de profesional de las relaciones exteriores, sino más bien muchos formatos y estilos.

A la tradicional distinción entre “de carrera” y “políticos”, la globalización del Estado y la sociedad, en todos sus quehaceres, sumó a expertos, académicos y empresarios que también se relacionaban con el mundo desde sus particulares espacios. Esto hizo que el estándar para desenvolverse en la esfera diplomática fuera más alto, ya que comenzó a demandar especialización y un mayor grado de sofisticación a la hora de representar y negociar intereses públicos de carácter internacional. La diplomacia “de coctel” o “de generalidades” experimentaba así una importante transformación. El resto de la historia es conocida. Surgen la diplomacia pública, digital, cultural y, en general, una nueva aproximación a la hora de desenvolverse en política exterior.

Cuando pienso en los perfiles que deambulan por este preámbulo descriptivo, hay uno que personifica con excelencia toda esa riqueza evolutiva que un diplomático de origen y profesional puede abrazar, y es el del actual embajador de México en Panamá, José Ignacio Piña, recientemente condecorado por el Estado panameño y próximo a asumir nuevas responsabilidades en Brasil.

Con dos periodos representando a México en el istmo, José Ignacio Piña fue un diplomático integral y efectivo, “de teléfono”, no “de libreta”, como solía citarse en época de negociaciones para distinguir a aquellos agentes que se limitaban a informar en papel a sus cancillerías, de los que ejecutaban directamente el curso de acción necesario para que las cosas acontecieran.

“De teléfono” y “llegadas”, porque José Ignacio Piña siempre ha sabido equilibrar la forma diplomática (esa que seguida como un mantra puede irritar o embarazar el impacto del objetivo) con la necesidad de un resultado oportuno y concreto. Así lo vimos comunicarse sin intermediarios y con natural eficacia con presidentes, ministros, parlamentarios, artistas y empresarios, en todos los niveles e intensidades, estos cuatro años en Panamá.

Lo vimos también accesible y ágil con los medios de comunicación, un ámbito en el que la diplomacia tradicional navega con menos fluidez, quizás por su atávica tendencia a la seguridad y las formas. Piña leía bien lo que los medios siempre querían. Ahí estaban la cuña adecuada y la noticia contundente, haciendo más evidente su rol como plenipotenciario del país azteca.

Pero lo más notable de estos rasgos es que siempre estuvieron al servicio de la relación bilateral. Un México que hoy inunda cultura, cooperación y presencia política en Panamá, y que ha compartido liderazgo colectivo para vincular al istmo en los principales procesos que movilizan el impulso de la región, como es el caso de la Alianza del Pacífico.

En todo esto, el embajador Piña fue un actor de reparto principal y también “en doble dirección”, ya que era común verlo acompañando la acción panameña en México con igual pasión con que representaba los intereses de su Cancillería.

Pero, además de sus destrezas profesionales, lo que más albergaremos de este mexicano es su señorío y cercanía. Me atrevo a afirmar que fue el embajador que mejor conoció Panamá y su gente, ya que entendió que la diplomacia no se ejerce en la calidez de los salones de un hotel o en el brindis de una celebración nacional, sino en la riqueza del tejido social diario y en la diversidad del territorio en el cual se está acreditado, y que él que conoció como el que más.

Un ejemplo para diplomáticos del presente y generaciones del futuro, Pepe Piña, como le conocemos sus cercanos, parte a Brasilia en lo que estamos seguros será solo un “hasta luego”. Porque el genuino embajador no necesita de credenciales para distinguir a su país y representarlo; lo sigue haciendo, de algún modo, siempre a partir del recuerdo, prestigio y legado cultivados.

El autor es abogado, profesor y exembajador


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