En 2004 tuve la oportunidad de visitar Taiwán y realizar un recorrido que dejó en mí una reflexión que hoy cobra especial relevancia para Panamá.

Partimos desde Taipéi hacia Taichung en tren, una ciudad con una importante actividad industrial, comercial y cultural. Durante nuestra estadía tuvimos la oportunidad de conocer Hualien, un destino reconocido por su riqueza natural, al que llegamos mediante una conexión terrestre. Posteriormente, continuamos el recorrido hacia Kaohsiung, uno de los principales centros portuarios e industriales del sur de la isla.

Más allá de la experiencia del viaje, lo que llamó poderosamente mi atención fue comprender que el ferrocarril no era visto únicamente como un medio de transporte. Era parte de una visión nacional en la que las ciudades, regiones productivas, destinos turísticos y centros económicos estaban conectados dentro de un mismo sistema de desarrollo.

El tren no solamente reducía distancias físicas; reducía distancias económicas.

Esa experiencia permite entender una lección fundamental para Panamá: una infraestructura de transporte tiene verdadero valor cuando logra transformar las oportunidades de las personas y de los territorios que conecta.

Hoy, el proyecto del tren Panamá-David representa mucho más que una vía ferroviaria. Su verdadero impacto no estará solamente en transportar pasajeros entre la capital y las provincias occidentales, sino en su capacidad de convertirse en una herramienta para integrar al interior del país al desarrollo económico del siglo XXI.

Durante décadas, Panamá ha construido gran parte de su crecimiento alrededor del Canal, los puertos, la banca, los servicios internacionales y la actividad económica concentrada en el área metropolitana. Este modelo permitió importantes avances, pero también generó una realidad en la que muchas provincias quedaron alejadas de los principales motores de inversión y generación de empleo.

El interior del país posee enormes fortalezas: tierras productivas, riqueza cultural, biodiversidad, destinos turísticos, talento humano y una identidad propia. Sin embargo, muchas de esas ventajas no han podido convertirse plenamente en desarrollo económico debido a limitaciones históricas de conectividad, costos logísticos y falta de infraestructura complementaria.

Por eso, la pregunta más importante sobre el tren Panamá-David no debería ser solamente cuánto tiempo reducirá el viaje entre ciudades o cuántos pasajeros movilizará. La pregunta fundamental debe ser: ¿qué nuevas oportunidades económicas permitirá crear alrededor de su recorrido?

Para el productor del interior, el tren representa una esperanza legítima. Durante años, muchos agricultores y ganaderos han enfrentado dificultades para llevar sus productos a mercados más competitivos debido a los costos de transporte, la falta de infraestructura de almacenamiento y las limitaciones para acceder directamente a compradores nacionales e internacionales.

Pero el verdadero impacto económico del tren debe ir mucho más allá de transportar productos.

El gran objetivo debe ser crear alrededor del corredor ferroviario un ecosistema productivo que permita agregar valor. Esto significa desarrollar centros de acopio, cadenas de frío, plantas de procesamiento, sistemas modernos de empaque, certificaciones de calidad y servicios logísticos especializados.

Un productor de café, frutas, carne, leche o cualquier otro rubro agrícola no debería limitarse a vender materia prima. La verdadera transformación ocurre cuando esa producción puede convertirse en productos terminados, con mayor valor económico y mayor capacidad de competir en mercados internacionales.

La diferencia entre una economía que solamente produce y una economía desarrollada está precisamente en cuánto valor logra capturar dentro de su propio territorio.

En este sentido, Panamá puede aprender de experiencias internacionales. Taiwán comprendió que la infraestructura debía estar acompañada de una estrategia de integración económica. Su red de transporte permitió conectar centros urbanos, zonas industriales, regiones agrícolas y destinos turísticos dentro de una misma dinámica de desarrollo.

El tren Panamá-David tiene la oportunidad de cumplir una función similar: convertirse en una columna vertebral que conecte las capacidades del país.

Pero existe otro aspecto que merece especial atención: el turismo.

Panamá posee una riqueza turística extraordinaria que todavía tiene un enorme potencial por desarrollar. Sus provincias ofrecen playas, montañas, ríos, gastronomía, cultura, comunidades indígenas, tradiciones y una biodiversidad única.

Sin embargo, un destino turístico no se desarrolla únicamente porque tenga atractivos naturales. Necesita conectividad, servicios, promoción y una experiencia organizada para el visitante.

El tren puede convertirse en un gran corredor turístico nacional.

Las estaciones no deben ser diseñadas solamente como puntos donde suben y bajan pasajeros. Deben convertirse en puertas de entrada a las regiones: espacios donde el visitante encuentre información turística, artesanías, gastronomía local, operadores certificados y conexiones hacia los principales atractivos de cada provincia.

Un tren moderno podría estimular tanto el turismo internacional como el turismo interno, permitiendo que más panameños conozcan su propio país y que más comunidades participen de los beneficios económicos que genera esta actividad.

Otro elemento clave será entender que las estaciones pueden convertirse en nuevos polos de desarrollo.

La experiencia internacional demuestra que alrededor de una infraestructura estratégica pueden surgir nuevas actividades económicas. Una estación bien planificada puede atraer comercio, servicios, emprendimientos, centros tecnológicos, capacitación y nuevas inversiones.

El objetivo no debe ser solamente conectar comunidades con la capital, sino permitir que esas comunidades generen sus propias oportunidades.

Este punto es especialmente importante para las nuevas generaciones. Durante años, muchos jóvenes del interior han tenido que trasladarse hacia las áreas urbanas buscando mejores oportunidades educativas y laborales. Un país verdaderamente desarrollado no es aquel donde todos deben abandonar sus regiones para progresar, sino aquel donde cada ciudadano puede encontrar oportunidades cerca de donde nació.

Para lograrlo, el tren Panamá-David debe estar acompañado de una visión integral de Estado. La vía férrea por sí sola no transformará la economía. Necesita planificación territorial, educación técnica, conectividad digital, incentivos para la inversión, parques industriales, promoción turística y políticas que permitan aprovechar plenamente la nueva infraestructura.

El tren debe ser visto como la columna vertebral de una nueva etapa de desarrollo nacional.

Panamá ha tenido momentos históricos en los que una infraestructura cambió su destino. El ferrocarril transístmico del siglo XIX convirtió al istmo en una ruta estratégica entre dos océanos. El Canal de Panamá transformó el comercio mundial y colocó al país en el mapa económico internacional.

El desafío del siglo XXI es construir una infraestructura que conecte algo todavía más importante: las oportunidades de todos los panameños.

El verdadero éxito del tren Panamá-David no estará solamente en llegar más rápido de Panamá a David. Estará en lograr que los productores tengan mejores mercados, que los jóvenes tengan más oportunidades, que los turistas descubran nuevas regiones y que el desarrollo económico deje de concentrarse en unos pocos puntos del país.

Porque un tren no cambia una nación únicamente por los kilómetros de riel que se construyen.

La cambia por las oportunidades que logra mover a través de ellos.

El autor es productor agropecuario, miembro de Anagan y de Asoproc.