En Panamá, los últimos días han sido muy difíciles para todos los ciudadanos de nuestro querido país. Hay un antes y un después del viernes 9 de octubre de 2026 que quizás nos acompañará el resto de nuestras vidas. El recuerdo del terremoto, que nos sigue afectando como nación, ha tenido diversas repercusiones en nuestra vida diaria. Vivimos pánico, desolación, tristeza y angustia en el momento del sismo y en los minutos, horas y días posteriores, entre réplica y réplica. Debemos aprovechar lo vivido para mejorar como personas, como familias y como sociedad.
En este momento de necesidad, hace falta que todos seamos conscientes y solidarios con los compatriotas más humildes, que han perdido sus hogares, escuelas, iglesias, mercados y otras infraestructuras necesarias para la vida comunitaria. Ahora más que nunca se necesitan los artículos de primera necesidad que podamos donar y las acciones de apoyo que podamos realizar.
Es una realidad que nuestra legislación ha fortalecido la planificación y la construcción de nuevas infraestructuras, sobre todo en las zonas urbanas. Pero en las zonas rurales la situación es distinta: allí muchas personas levantan sus hogares poco a poco, con esfuerzo constante y no necesariamente con las especificaciones de construcción más estrictas, y abundan además las estructuras antiguas.
En momentos adversos como estos salen a relucir nombres que antes nos resultaban indiferentes. Hasta hace unos días, para muchos, el físico y sismólogo Charles Francis Richter era un nombre más. Después de lo sucedido y de tantas réplicas, no será fácil olvidarlo. La escala que lleva su nombre fue la primera en medir la magnitud de los sismos, es decir, la energía que liberan. Es una escala abierta: los sismos de magnitud inferior a 2 suelen ser imperceptibles, y el mayor registrado en la historia, el de Valdivia (Chile) en 1960, alcanzó 9.5.
Hoy, para los grandes terremotos, se usa la escala de magnitud de momento, heredera de la de Richter. Según esa medición, el sismo que sufrimos fue de categoría mayor (entre 7 y 7.9). Se sintió en todo el país y en países vecinos, y causó los peores daños cerca del epicentro, en localidades de Los Santos, Herrera, Coclé y Veraguas.
Aunque los sismos no se pueden evitar, sí podemos tener planes de acción, con la colaboración del Estado, el sector privado y la ciudadanía, para afrontar estos fenómenos naturales que han ocurrido a lo largo de la historia y que seguirán ocurriendo. La gran conclusión de este sismo es que el pueblo panameño es un pueblo bendecido y protegido por Dios. Como país y como ciudadanos saldremos adelante de este triste episodio de nuestra historia y lo convertiremos en motivación y fuente de esperanza para avanzar juntos como nación.
El autor es profesor especial de la Universidad de Panamá/Centro Regional Universitario de Los Santos.


