Un terremoto no solo agrieta carreteras o deja viviendas inhabitables: pone a prueba al Estado. Este sismo dejó al descubierto una verdad incómoda: la vulnerabilidad de muchas comunidades del interior es mayor que la imagen de normalidad proyectada desde el Gobierno.
Los Santos, Herrera, Coclé y Veraguas enfrentan daños en viviendas e infraestructura. Familias perdieron sus hogares y necesitan agua, alimentos y refugio. Mientras tanto, el Gobierno anunció recursos millonarios para atender la crisis. Sin embargo, anunciar millones no equivale a convertirlos en ayuda efectiva. Después de tres días, muchos siguen preguntando: ¿dónde está la ayuda?
La diferencia entre el discurso y la realidad se vuelve especialmente dolorosa en la salud. Hospitales afectados han trasladado servicios a instalaciones provisionales y carpas. Pacientes y personal médico enfrentan dificultades bajo la lluvia. Una carpa no debe exponer a enfermos y recién nacidos a condiciones inadecuadas.
En medio de estas dificultades aparece una historia que merece reconocimiento. Un trabajador ofreció su bus de barbería para apoyar la atención de los recién nacidos de un hospital en Chitré. Puso su herramienta de trabajo al servicio de los más vulnerables. Ese gesto representa la solidaridad del pueblo panameño.
Sin embargo, su noble acción también plantea preguntas. ¿Por qué un ciudadano tiene que ofrecer su vehículo para contribuir a resolver una necesidad hospitalaria durante una emergencia de esta magnitud? ¿Está nuestro sistema de salud preparado para una tragedia?
La pregunta cobra relevancia al observar los recursos de distintas instituciones públicas. El Despacho de la Primera Dama y otras entidades, incluido el Canal de Panamá, cuentan con vehículos para diversas actividades. ¿Se evaluó si alguna unidad podía destinarse a apoyar la emergencia?
El trabajador merece aplausos, no críticas. La reflexión debe dirigirse a la preparación del Estado: la solidaridad no puede sustituir su responsabilidad.
También preocupa la falta de agua en comunidades afectadas. Sin agua potable aumentan los riesgos sanitarios y se dificulta mantener la higiene. Las autoridades deben informar qué sectores siguen sin suministro y cuándo se restablecerá. Es lamentable que este problema del agua no venga de ahora, sino de mucho antes.
Mientras tanto, ciudadanos recogen donaciones, trasladan alimentos, ofrecen refugio y ayudan a desconocidos. Una vez más, el pueblo ayuda al pueblo. Esa solidaridad nos enorgullece, pero no sustituye una respuesta pública coordinada.
La indignación aumenta al comparar estas carencias con los recursos desplegados en actos oficiales. Mientras pacientes y trabajadores sanitarios se adaptan a espacios provisionales expuestos a la lluvia, el público recuerda eventos presidenciales con camionetas de alta gama, escoltas y estructuras equipadas, incluso con aire acondicionado. La seguridad presidencial importa, pero también deben transparentarse las prioridades y el uso de los recursos.
No se trata de exigir que toda reparación ocurra en tres días ni de desconocer el trabajo de médicos, rescatistas, voluntarios y funcionarios. Se necesitan coordinación y resultados verificables: agua, alimentos, albergues, atención médica y viviendas seguras. La ciudadanía merece saber qué se ha distribuido y cómo se fiscalizará cada dólar.
El sismo desenmascaró la realidad del interior y una contradicción que Panamá no puede ignorar: mientras un ciudadano ofrece su herramienta de trabajo para ayudar a los recién nacidos, las familias esperan agua, los hospitales improvisan espacios bajo la lluvia y cientos de personas intentan reconstruir sus vidas.
La pregunta ya no es cuántos millones anunció el Gobierno, sino dónde están cuando una familia pierde su casa, un hospital necesita condiciones dignas o una comunidad pasa días sin agua. El Gobierno debe demostrar que los recursos llegan a quienes más los necesitan.
Exigimos que las autoridades rindan cuentas sobre los fondos anunciados, expliquen las demoras y garanticen asistencia inmediata. No dentro de meses, cuando la noticia desaparezca de los titulares, sino ahora, cuando la necesidad sigue golpeando a miles de panameños.
El interior no puede ser importante únicamente durante elecciones, tragedias o actos frente a las cámaras. Sus habitantes pagan impuestos, trabajan, producen y sostienen al país. Merecen hospitales seguros, agua potable, viviendas dignas y un Estado que no los abandone cuando más lo necesitan.
La solidaridad del pueblo ha quedado demostrada. Ahora le toca al Gobierno demostrar la suya.
Cuando la tierra tiembla, no es momento de medir la capacidad de un Gobierno por los millones que anuncia, sino por la rapidez con que llega a quienes lo han perdido todo. Y si el pueblo tiene que salvar al pueblo mientras el Estado observa, entonces el problema ya no es solamente el terremoto: es la realidad que este dejó al descubierto.
El autor es trabajador independiente.
